No sé cómo actuar en situaciones sociales formales: me siento fuera de lugar
Reuniones, cenas formales, eventos de trabajo. Todos parecen saber qué hacer menos tú. No eres raro. Tu cerebro funciona distinto.
Bodas, cenas de empresa, reuniones con gente que no conozco. Si me dieran a elegir entre ir a un evento formal y que me sacaran una muela, lo pensaría. En serio.
No es que sea antisocial. Puedo hablar con cualquiera en un bar, hacer reír a desconocidos en la cola del supermercado, mantener una conversación de dos horas con el taxista. Pero ponme en una situación con protocolo, con reglas sociales no escritas, con eso de "hay que saber cuándo hablar y cuándo callarse", y me convierto en un robot defectuoso.
La última vez que fui a una cena formal fue hace unos meses. Una cena de esas con mantel, cubiertos de más, y gente que habla de cosas que no me interesan con una sonrisa que parece obligatoria. Y yo estaba ahí, en mi silla, pensando tres cosas a la vez: "¿cuál es el tenedor del pan?", "¿cuánto rato llevo sin hablar?" y "¿por qué todo el mundo parece saber las reglas de este juego menos yo?".
¿Por qué me siento fuera de lugar en situaciones formales?
Pues porque las situaciones formales tienen reglas. Y esas reglas son implícitas. Nadie te las explica. Se supone que las sabes. Se supone que las aprendiste en algún momento de tu vida. Y yo me las salté. O se me olvidaron. O mi cerebro decidió que no eran lo suficientemente interesantes como para guardarlas en la memoria a largo plazo.
Las conversaciones informales funcionan por impulso. Dices lo que piensas, la otra persona responde, hay chistes, hay interrupciones, hay caos. Y el caos es mi terreno natural. En el caos soy bueno. Me muevo como pez en el agua.
Pero las conversaciones formales funcionan por turnos. Hay que esperar. Hay que medir lo que dices. Hay que leer el ambiente. Hay que saber cuándo es apropiado hacer un chiste y cuándo no. Y mi cerebro no lee ambientes. Mi cerebro lee personas individuales, pero el "ambiente" general de una situación social se me escapa como arena entre los dedos.
Es como ir a jugar un partido de fútbol y que cuando llegas resulta que están jugando a ajedrez. Yo llego dispuesto a correr y a gritar, y me encuentro con que hay que estar sentado, quieto, calculando cada movimiento. Y mi cuerpo entero grita "no, esto no es lo mío".
¿Qué hago cuando no sé qué decir?
Hago cosas raras. Eso es lo que hago.
Una vez en una reunión de trabajo formal, hubo un silencio incómodo de esos que duran cinco segundos pero parecen cinco minutos. Y yo, en vez de quedarme callado como una persona normal, solté un dato completamente aleatorio sobre pulpos. Algo que había leído esa mañana. No tenía nada que ver con nada. La gente me miró. Alguien se rio por compromiso. Yo quise que me tragara la tierra.
Es que mi cerebro no soporta los silencios. Y cuando hay un silencio en una situación formal, mi cerebro entra en modo pánico y dice "di algo, di lo que sea, pero di algo". Y lo que sale nunca es lo apropiado. Porque lo apropiado requiere un filtro, y mi filtro tarda demasiado en activarse. Para cuando el filtro dice "no, eso no lo digas", ya lo he dicho.
Luego me paso dos días pensando en ese momento. Reproduciéndolo en mi cabeza. Inventando treinta versiones alternativas de lo que podría haber dicho. Odiándome un poco. Justo como cuando hablo demasiado y luego me arrepiento. Solo que multiplicado por diez porque el contexto era formal.
¿Es posible aprender a funcionar en estos contextos?
Sí y no. Mira, no te voy a engañar.
He mejorado. Pero no porque haya aprendido las reglas sociales. He mejorado porque he aprendido a compensar. Tengo mis trucos.
El primero: preguntar. En situaciones formales, la persona que pregunta tiene ventaja. Porque no tiene que hablar de sí misma, no tiene que ser graciosa, no tiene que decir nada brillante. Solo tiene que mostrar interés. Y preguntar es fácil. "¿Y tú a qué te dedicas?" "¿Cómo conoces a [persona]?" Mientras el otro habla, yo tengo tiempo para procesar, para prepararme, para recargar el filtro social.
El segundo: tener un límite de tiempo. Si sé que voy a estar en una situación formal, me pongo un límite. Una hora. Hora y media como mucho. Después de eso, mi capacidad de parecer normal se agota. Y es mejor irse con dignidad que quedarse hasta que mi cerebro decida que ya no puede más y haga algo raro.
El tercero: tener un ancla. Una persona de confianza que esté en el evento. Alguien con quien pueda intercambiar miradas cuando la cosa se ponga rara. Alguien que me conozca lo suficiente como para saber que cuando empiezo a hablar demasiado rápido es porque estoy nervioso, y que me pueda redirigir con naturalidad. No un niñero. Un cómplice.
El cuarto: aceptar que no encajo en todos los contextos. Y que eso no me hace peor persona. Hay gente que brilla en cenas formales y se marchita en un bar. Yo soy al revés. Y está bien. Mi energía social tiene un formato concreto. Funciona en caos, en informalidad, en conversaciones que saltan de tema. No funciona en situaciones donde hay que seguir un guion que nadie te ha dado.
Y una cosa más: no fingir. He pasado años intentando parecer alguien que sabe comportarse en estos contextos. Copiando gestos, esperando a que otro hablara primero para saber qué tono usar, sonriendo cuando todos sonreían aunque no supiera por qué. Y eso me agotaba más que el evento en sí. Ahora intento ser yo. Y si eso significa que soy el tío raro que suelta un dato sobre pulpos en un silencio incómodo, pues mira, al menos es auténtico.
Lo que he aprendido con los años es que la mayoría de la gente en situaciones formales también está incómoda. Solo que disimulan mejor. O tienen más práctica. Y cuando tú rompes el hielo con algo auténtico - aunque sea raro - a veces se genera una conexión más real que con dos horas de conversación de protocolo. No siempre. Pero más de lo que piensas.
El problema es que mi cerebro no distingue entre "esto ha ido mal" y "esto podría haber ido mejor". Para mí, si no ha ido perfecto, ha sido un desastre. Y eso me hace evitar las situaciones formales como si fueran radiactivas. No porque siempre vayan mal. Porque mi cabeza me convence después de que fueron un desastre, aunque objetivamente fueran normales.
Si te pasa esto, si te sientes como un extraterrestre cada vez que hay un código de vestimenta o un protocolo que seguir, si te agobia que te necesiten todo el rato en estos contextos donde no puedes ser tú mismo, puede que tu cerebro no esté hecho para las reglas no escritas. Y puede que eso tenga una explicación.
No digo que sea la única explicación. Pero si además de esto te cuesta mantener el contacto con la gente, te agotan las interacciones sociales más de lo normal, y sientes que todo te cuesta más que a los demás, merece la pena explorarlo. No para ponerte una etiqueta. Para entenderte un poco mejor.
Si sientes que las situaciones sociales te agotan de una forma que no puedes explicar, consulta con un profesional. Mientras tanto, tengo un test de 43 preguntas que puede darte una primera pista sobre cómo funciona tu cerebro. Hacer el test TDAH.
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