No recuerdo qué he desayunado esta mañana
No es Alzheimer. No es demencia. Pero si cada mañana tu cerebro borra lo que acabas de hacer hace una hora, algo está pasando.
Son las doce de la mañana. Alguien te pregunta qué has desayunado. Y te quedas en blanco.
No un blanco momentáneo. Un blanco real. No sabes si has comido tostadas o cereales. No sabes si era zumo o café. A lo mejor ni siquiera estás seguro de haber desayunado. Hace tres horas. En tu propia cocina.
Y te entra un escalofrío raro. Porque piensas "¿estoy bien? ¿Cómo es posible que no recuerde algo de hace tres horas?"
Te lo digo yo: sí, estás bien. O al menos no es lo que crees que es.
¿Es normal no recordar lo que has hecho hace unas horas?
Depende de a quién le preguntes.
Para la mayoría de la gente, desayunar es un evento tan automático que no genera ningún recuerdo emocional. Tu cerebro lo clasifica como rutina y le asigna la prioridad más baja. No es que lo olvide activamente. Es que nunca lo llega a grabar con suficiente detalle como para recuperarlo después.
Pero hay una diferencia entre "no me acuerdo exactamente qué desayuné" y "no tengo ni idea de si he desayunado o no". La primera es normal. La segunda es otra cosa.
Cuando tu memoria de trabajo es especialmente limitada, no solo pierdes los detalles. Pierdes el evento entero. Es como si alguien hubiera cogido el archivo, lo hubiera mirado dos segundos y lo hubiera tirado a la papelera antes de guardarlo.
Y no pasa solo con el desayuno. Pasa con conversaciones que has tenido hace media hora. Con tareas que acabas de terminar. Con cosas que alguien te ha pedido y que a los cinco minutos tu cerebro ya ha descartado.
Tu cerebro no es un disco duro. Es una pizarra que se borra sola.
Imagínate una pizarra pequeña. Muy pequeña. Caben tres cosas. Cada vez que escribes algo nuevo, se borra algo de lo que ya estaba. No tienes control sobre qué se borra. No hay criterio lógico. Simplemente desaparece.
Eso es la memoria de trabajo cuando no funciona como debería. Y el desayuno, que es una acción rutinaria, sin carga emocional, sin novedad, sin dopamina, es lo primero que se borra.
En cambio, si esta mañana durante el desayuno hubieras derramado el café encima del portátil, te acordarías perfectamente. Porque eso sí genera emoción. Sorpresa. Estrés. Dopamina. Y tu cerebro graba lo que tiene carga emocional.
Lo rutinario no tiene carga. Y por eso desaparece.
¿Y por qué me preocupa tanto?
Porque vivimos en un mundo donde olvidar cosas es sinónimo de deterioro. Dices "no recuerdo qué he desayunado" y la gente piensa en Alzheimer, en demencia, en que algo va muy mal. Y tú también lo piensas. Porque es lo que nos han enseñado.
Pero hay muchas razones por las que la memoria falla. Y la mayoría no tienen nada que ver con deterioro cognitivo. Tienen que ver con cómo tu cerebro prioriza la información. Y en algunos cerebros, esa priorización está desequilibrada.
No es que tu memoria sea mala. Es que tu memoria es selectiva de una forma que tú no controlas. Recuerdas una conversación de hace diez años con todo detalle. Pero no recuerdas si has cerrado la puerta al salir de casa.
Y eso te hace sentir que todo te cuesta más. Porque la gente a tu alrededor parece funcionar con una memoria fiable. Y tú sientes que la tuya tiene agujeros.
Lo que descubrí cuando dejé de asustarme
Te voy a ser honesto.
Cuando empecé a investigar por qué me pasaba esto, me esperaba encontrar algo terrible. Me hice pruebas. Fui al médico. Y lo que descubrí fue mucho más mundano y mucho más común de lo que pensaba.
Se llama TDAH. Y uno de sus síntomas menos conocidos es exactamente esto: una memoria de trabajo que no retiene lo rutinario. Que descarta lo que no tiene carga emocional. Que te deja con huecos en el día a día que no tienen sentido desde fuera pero que son perfectamente lógicos cuando entiendes el mecanismo.
No es demencia. No es deterioro. Es un cerebro que funciona con otro sistema operativo. Y cuando lo entiendes, dejas de asustarte cada vez que no recuerdas qué has comido.
Si quieres entender mejor cómo funciona esto y sobre todo qué puedes hacer, echa un vistazo a cómo entrar en una habitación y olvidar a qué has venido es el mismo mecanismo. Entenderlo cambia todo.
Esto no sustituye el diagnóstico de un profesional. Si sospechas que hay algo detrás de estos olvidos, consulta con un psicólogo o psiquiatra. Pero si quieres un punto de partida, hice un test de 43 preguntas. Diez minutos. Gratis. Puedes hacerlo aquí.
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