Empiezo una tarea y acabo haciendo otra sin saber cómo

Abres el documento para trabajar, 20 minutos después estás limpiando el escritorio y no sabes cómo has llegado ahí. No es pereza: tu cerebro ha decidido por ti.

Abres el documento para el informe. Tienes claro lo que hay que hacer. Te sientas, abres el Word, miras el cursor parpadeando.

20 minutos después estás limpiando el escritorio.

Cómo has llegado ahí es un misterio. No has decidido "voy a ponerme a limpiar en vez de currar". No ha habido un momento de "esto me aburre, voy a hacer otra cosa". Simplemente estabas escribiendo el informe y ahora estás ordenando bolígrafos por colores. Y lo peor es que ni siquiera te has dado cuenta del cambio hasta ahora.

Bienvenido al desvío invisible.

¿Cómo acabo haciendo algo que no tenía ninguna intención de hacer?

Mira, esto es lo que pasa. Estás con el informe. Escribes una línea. Necesitas un dato, abres otra pestaña. Mientras carga, ves una notificación. La notificación te recuerda que tenías que contestar un email. Abres el email. El email menciona una reunión. Piensas en la reunión. Para la reunión necesitas unos papeles. Los papeles están en el escritorio. El escritorio está hecho un desastre. Empiezas a ordenar.

Y ya está. Has pasado del informe al escritorio en seis pasos, cada uno perfectamente lógico. Pero ninguno planificado.

Es como uno de esos juegos de fichas de dominó. Tú empujas la primera y el resto van cayendo solas. Solo que las fichas las ha colocado tu cerebro sin consultarte, y la última ficha acaba siempre en algún sitio absurdo. Limpiando la cocina. Investigando vuelos a Japón. Reorganizando la carpeta de descargas del ordenador como si tu vida dependiera de ello.

Y lo haces con una concentración brutal. O sea, te metes de lleno. Pero en la cosa equivocada.

¿No es simplemente que no me apetece y busco excusas?

Pues no.

Esto es lo que la gente de fuera no entiende. No es que prefieras limpiar el escritorio antes que hacer el informe. Si alguien te preguntara "¿qué preferirías estar haciendo ahora mismo?", dirías "el informe, tío, que lo necesito para mañana". No hay ningún placer en ordenar bolígrafos. No es procrastinación clásica, esa de "me voy a Netflix porque esto es un rollo".

Es otra cosa.

Es que tu cerebro ha hecho un cambio de tarea sin avisarte. Ha tomado la decisión por ti, sin tu permiso, y tú te enteras cuando ya llevas 15 minutos metido en otra historia. Es como cuando no puedes concentrarte en nada, pero con un matiz peor: sí estás concentrado. Solo que en lo que no toca.

La fuerza de voluntad no tiene nada que ver aquí. Porque no has elegido distraerte. No has elegido cambiar de tarea. Ha pasado solo. Y no puedes luchar contra algo que no has visto venir.

¿Por qué mi cerebro se va solo a otra cosa?

A ver, voy a intentar explicar esto sin sonar a libro de texto.

Tu cerebro necesita estimulación para funcionar. Como gasolina. La mayoría de cerebros pueden sacar esa estimulación de cualquier tarea, aunque sea aburrida. Hacer un informe no es emocionante, pero su cerebro dice "bueno, hay que hacerlo" y genera suficiente energía para mantenerse ahí.

Algunos cerebros no funcionan así. Necesitan más estimulación para arrancar y mucha más para mantenerse. Y cuando la tarea no da suficiente, el cerebro empieza a buscar por su cuenta. Sin pedirte permiso. Como un radar que escanea el entorno buscando algo, lo que sea, que genere un poquito más de activación.

Y lo encuentra. Siempre lo encuentra. Una notificación. Un pensamiento suelto. Algo fuera de sitio. Y se engancha. Porque eso nuevo, eso inesperado, genera un puntito de estimulación que la tarea original no estaba dando.

No es que seas vago. Es que tu cerebro tiene un buscador de estimulación que funciona en piloto automático. Y es la hostia de eficiente. Tan eficiente que ni te enteras de que se ha activado hasta que ya es demasiado tarde.

Es como tener un perro que se escapa cada vez que abres la puerta. Tú no quieres que se vaya. Pero el perro ha visto una ardilla y ya no hay nada que hacer. Tu cerebro ha visto una ardilla. Y tú estás ahí, con la correa vacía, preguntándote cómo has acabado limpiando el escritorio.

¿Lo peor? Que te ves haciéndolo y no puedes parar

Esta es la parte que más jode.

Porque a veces sí te das cuenta. A mitad del desvío piensas: "Espera. ¿Qué estoy haciendo? Tenía que hacer el informe". Y lo sabes. Eres completamente consciente de que deberías volver. Tu cabeza te grita "VUELVE AL INFORME". Pero tus manos siguen ordenando el escritorio. O siguen buscando vuelos. O siguen con lo que sea que tu cerebro haya decidido que es más interesante ahora mismo.

Es como estar sentado en el asiento del copiloto de tu propio cuerpo. Ves por dónde va. Sabes que va mal. Pero el volante no responde.

Y eso genera una frustración que es difícil de explicar a quien no la ha vivido. Porque no es "no quiero hacerlo". Es "quiero hacerlo y no puedo obligarme a mí mismo". Es sentir que te cuesta todo más que a los demás sin entender por qué.

Y la gente te dice "pues ponle ganas". Y tú piensas: tío, si las ganas las tengo. Lo que no tengo es el mando.

Después viene la culpa. "Otra vez he perdido la tarde." "Otra vez he empezado algo y he acabado en otra galaxia." "¿Qué me pasa?" Y te machaques. Cada vez. Porque desde fuera parece tan simple. Siéntate y hazlo. Pero tú te sientas, y tu cerebro se levanta.

¿Y si esto que me pasa tiene nombre?

Mira, durante años pensé que era un desastre. Que me faltaba disciplina. Que los demás podían y yo no porque algo estaba mal en mí, pero no sabía qué.

Resulta que lo que estaba mal tenía nombre. Se llama TDAH.

Y no, no es solo "niños que no paran quietos". Es exactamente esto: empezar una tarea y acabar haciendo otra sin saber cómo. Es tener el foco roto y que tu atención se mueva sola. Es no poder elegir dónde poner tu concentración porque tu cerebro la mueve como le da la gana.

El TDAH no es falta de atención. Es atención desregulada. Tienes atención de sobra. Lo que no tienes es el control sobre dónde va. Y eso explica por qué puedes pasarte tres horas hiperfocado limpiando la cocina pero no puedes hacer una sola cosa a la vez cuando se trata de algo que necesitas hacer de verdad.

Cuando yo descubrí esto, no se arregló todo de golpe. Pero dejé de pelearme conmigo mismo. Dejé de pensar que era vago, que era un desastre, que me faltaba algo. No me faltaba nada. Mi cerebro funcionaba diferente. Y eso se puede gestionar.

Importante: esto no es un diagnóstico. Es mi experiencia. Si te ves reflejado en lo que acabas de leer, el siguiente paso es hablar con un profesional. Un psiquiatra o neuropsicólogo puede evaluarte y darte respuestas reales.

¿Quieres empezar a entenderlo?

No soy médico. Pero sí alguien que pasó 30 años sin saber qué le pasaba. Si quieres empezar a entenderlo:

Hacer el test

Relacionado

Sigue leyendo