No puedo mantener una rutina de skincare: compro todo y lo uso tres días
Compras cremas, sérums, limpiadores. Lo usas tres días con disciplina militar. Y después no lo vuelves a tocar en semanas.
Tengo un estante en el baño que parece una tienda de cosmética. Limpiador, tónico, sérum de vitamina C, crema hidratante, protector solar, contorno de ojos. Todo comprado con la ilusión de alguien que acaba de descubrir el secreto de la eterna juventud.
Lo usé todo durante tres días. Tres días perfectos. Mañana y noche. El ritual completo. Me miraba al espejo después y pensaba "este es el nuevo yo, esta versión de mí que se cuida la piel, que es disciplinado, que tiene una rutina".
Al cuarto día, se me olvidó por la mañana. "Bueno, esta noche lo hago doble." Por la noche también se me olvidó. Al quinto día ni me acordé de que tenía productos. Al sexto empezó a acumularse polvo encima del sérum de vitamina C. Y ahora llevo dos meses sin tocar nada. Los botes siguen ahí. Mirándome. Juzgándome. Cada vez que entro al baño.
¿Por qué puedo empezar algo con disciplina y abandonarlo en tres días?
Pues porque el día uno todo es nuevo.
Nuevo = interesante. Interesante = dopamina. Dopamina = mi cerebro coopera.
El día uno de cualquier rutina es el mejor día. Estás motivado. Has visto un vídeo de un tío con la piel perfecta que dice que solo necesitas estos cinco productos. Has hecho la compra. Has organizado los botes por orden de uso. Te sientes productivo solo por haberlos puesto en fila.
El día dos todavía hay inercia del uno. "Venga, que ayer lo hice genial, vamos a por el segundo día." El día tres la novedad ya se está agotando. El día cuatro ya no es nuevo. Es rutina. Y mi cerebro odia la rutina como un vampiro odia el ajo.
No es que pierda interés en cuidarme la piel. Es que pierda interés en hacer lo mismo todos los días. La repetición me mata. Mi cerebro necesita novedad constante para funcionar, y una rutina de skincare es lo opuesto a la novedad. Es literalmente hacer lo mismo, en el mismo orden, con los mismos productos, todos los días, para siempre.
Para siempre. Imagínate decirle eso a un cerebro que no puede ni comprometerse a un plan de fin de semana.
¿Cuánto dinero he gastado en cosas que uso tres días?
Pues mira, prefiero no calcularlo. Pero si lo calcularas, seguramente podría haberme comprado un coche pequeño con todo lo que he gastado en cosas que he usado menos de una semana.
No solo skincare. Guitarras que he tocado dos tardes. Libros que he leído treinta páginas. Suscripciones a gimnasios que he ido cuatro veces. Agendas que he rellenado enero y febrero y en marzo ya estaban vacías. Apps de meditación que he usado la semana de prueba gratis y luego se me ha seguido cobrando tres meses porque se me olvidó cancelar.
Es siempre el mismo patrón. Descubrimiento - ilusión - compra - uso intensivo - abandono. Cinco pasos. Cada vez. Con todo.
Y cada vez que abandono algo, me siento culpable. Porque pienso "si de verdad me importara, seguiría". Y ese pensamiento es una trampa, porque implica que el compromiso se mide por la constancia. Y para alguien cuyo cerebro no puede mantener la constancia con nada, eso significa que nada te importa nunca lo suficiente. Lo cual es mentira.
¿Hay forma de mantener una rutina siendo así?
Hay formas de hacer trampa. Que es lo que hago.
La primera: reducir al mínimo. Yo no puedo hacer cinco pasos de skincare. No puedo. Así que hago uno. Un bote. Una crema. La que sea más importante. Y la pongo encima del cepillo de dientes. Literalmente encima. Así, cuando voy a lavarme los dientes, la tengo que mover. Y ya que la muevo, me la pongo. No es un sistema elegante, pero funciona más que tener cinco botes que no toco.
La segunda: no comprar en modo hiperfoco. Cuando descubro algo nuevo y estoy en modo "esto va a cambiar mi vida", tengo prohibido comprar nada hasta que pasen 48 horas. Si después de 48 horas sigo queriendo, lo compro. El 80% de las veces, a las 48 horas ya se me ha olvidado que existía.
La tercera: vincular. Si puedo vincular la crema a algo que ya hago, funciona mejor. Lavarse los dientes es una de las pocas rutinas que tengo consolidadas. No me preguntes cómo, pero la tengo. Así que si la crema va justo después del cepillado, a veces mi cerebro la encadena como parte del mismo acto. No siempre. Pero más que si fuera un paso suelto.
La cuarta: perdonarme. Si no me pongo la crema un día, no pasa nada. No se ha roto la racha. No he vuelto al día uno. Simplemente he tenido un día en el que mi cerebro no cooperó. Y mañana puedo volver a intentarlo sin culpa. Esto parece una tontería, pero es lo más importante de la lista. Porque el perfeccionismo de "o lo hago perfecto o no lo hago" es lo que me ha matado cada rutina que he intentado mantener. Si un fallo significa empezar de cero, mi cerebro prefiere no empezar.
Ahora mismo uso un producto. Uno solo. Una crema hidratante que me pongo después de lavarme la cara, que me lavo cuando me lavo los dientes, que me lavo porque tengo la costumbre. Es una cadena. Si se rompe un eslabón, se rompe todo. Pero la mayoría de los días aguanta. Y eso es más de lo que conseguí nunca con mi estantería de siete productos.
Y los botes del estante siguen ahí, por cierto. No los he tirado. Porque una parte de mí piensa que algún día volveré a usarlos. Que algún día voy a tener un brote de motivación y voy a hacer la rutina completa otra vez. Y probablemente la haga. Tres días. Y vuelva a dejarlo. Pero al menos esta vez lo haré sabiendo por qué. Y eso, aunque no cambie el resultado, cambia cómo me siento al respecto.
Porque esto me pasa con todo. Con no poder mantener la casa limpia, con ir a comprar sin lista, con cualquier cosa que requiera hacerlo todos los días sin excepción. Mi cerebro no está diseñado para la repetición. Está diseñado para la exploración. Y eso no es un defecto. Pero sí que complica las puñeteras rutinas.
Si te identificas con esto, si tu casa está llena de proyectos a medio empezar y productos a medio usar, si los propósitos de año nuevo te duran hasta el 15 de enero, puede que no sea falta de disciplina. Puede que sea cómo funciona tu cerebro. Y cuando lo entiendes, dejas de comprarte el sérum de 30 euros que sabes que no vas a usar y empiezas a construir sistemas que funcionen con tu cabeza, no contra ella.
No soy dermatólogo ni psicólogo. Pero si llevas años sin poder mantener ni una sola rutina sin importar lo motivado que estés al principio, puede que merezca la pena explorar por qué. Tengo un test de 43 preguntas que puede darte una pista. Hacer el test TDAH.
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