No puedo desconectar ni estando de vacaciones

Vacaciones en la playa y tu cabeza sigue en los proyectos. No eres adicto al trabajo. Tu cerebro no sabe apagar el ruido sin ayuda externa.

Primer día de vacaciones. Playa. Sol. No hay nada que hacer. Todo el mundo relajado.

Y yo mirando el techo de la habitación del hotel a las dos de la mañana pensando en un email que tengo que mandar el lunes. Un email que ni siquiera es urgente. Pero que mi cerebro ha decidido que es lo más importante del universo a las dos de la puñetera mañana.

Bienvenido a mis vacaciones.

¿Por qué no puedes dejar de pensar en el trabajo?

Pues mira, la respuesta fácil es "porque eres adicto al trabajo". Y la respuesta fácil está mal.

No soy adicto al trabajo. De hecho, hay días que no puedo ni empezar. El problema no es que me guste trabajar. El problema es que mi cerebro no tiene un botón de apagado.

Imagínate una radio que está siempre encendida. Siempre. Cuando trabajas, la radio sintoniza el trabajo y más o menos sirve. Cuando estás de vacaciones, la radio sigue encendida pero no tiene nada útil que emitir. Así que empieza a hacer ruido blanco. Pensamientos aleatorios. Preocupaciones inventadas. Tareas que no existen. Proyectos futuros que no van a ningún lado.

Y tú ahí, en la playa, con el cerebro haciendo ruido a todo volumen mientras tu pareja te pregunta si quieres mojito o piña colada y tú ni la has oído.

Entre semana al menos la radio tiene señal. Hay cosas que hacer, problemas que resolver, tareas que completar. El ruido se canaliza en algo productivo. Pero sin esas tareas, el ruido no desaparece. Se vuelve caótico.

¿Cómo desconecta la gente normal?

No sé. De verdad que no sé.

He preguntado. He preguntado a amigos, a mi novia, a compañeros de trabajo. Y todos me dicen variaciones de "pues simplemente no pienso en ello". Como si fuera tan fácil. Como si "simplemente" fuera un verbo que mi cerebro entiende.

Y lo he intentado. De verdad. He dejado el móvil en la habitación. He intentado meditar. He intentado "estar presente". Y funciona unos tres minutos hasta que mi cerebro encuentra algo nuevo con lo que obsesionarse.

Porque el problema no es que piense en el trabajo por gusto. Es que mi cerebro necesita algo en lo que pensar. Siempre. Es incapaz de estar en modo avión. No tiene esa función.

Y cuando no le das algo, se lo busca solo. Y suele encontrar lo peor: las preocupaciones que tenías aparcadas, los proyectos a medias, las decisiones sin tomar. Todo eso sale de vacaciones contigo sin que nadie le compre billete.

¿Tiene esto nombre o solo soy un desastre?

Tiene nombre. Y no, no eres un desastre.

Es TDAH. O más específicamente, la hiperactividad mental que viene con el TDAH y que todo el mundo ignora porque no es un niño saltando en clase.

En adultos, la hiperactividad muchas veces no es física. Es mental. Es un cerebro que no para. Que genera pensamientos constantemente. Que salta de un tema a otro sin motivo. Que necesita urgencia para funcionar y cuando no la tiene, fabrica urgencias falsas.

Según la OMS, el TDAH en adultos afecta aproximadamente al 2.5-3% de la población mundial. Y una de las quejas más frecuentes en adultos diagnosticados es exactamente esta: la incapacidad de desconectar. De dejar la mente en blanco. De disfrutar del silencio sin que el cerebro lo llene de ruido.

No lo digo como diagnóstico. Lo digo como pista. Si te identificas con esto, habla con un profesional. De verdad. No con un artículo en internet. Con un psicólogo o psiquiatra que sepa de TDAH en adultos.

¿Qué hago yo para desconectar un poco?

Te mentiría si te dijera que he encontrado la solución perfecta. No la tengo.

Pero he encontrado cosas que ayudan. Y la principal es aceptar que desconectar al 100% no es realista para mí. No va a pasar. Y si dejo de intentar forzarlo, la presión de "debería estar relajado" desaparece. Y sin esa presión, paradójicamente, me relajo un poco más.

También ayuda tener algo que hacer en vacaciones que no sea trabajo pero que le dé a mi cerebro suficiente estímulo. Un libro que me enganche. Un sitio nuevo que explorar. Un paseo largo. Algo que le dé señal a la radio para que deje de hacer ruido blanco.

Porque mi cerebro necesita estímulo como la gente necesita oxígeno. Y me cuesta más que a los demás hacer las cosas precisamente porque gasto una cantidad absurda de energía intentando gestionar un cerebro que no se calla nunca.

Parece una tontería, pero desde que dejé de intentar "desconectar como la gente normal" y empecé a desconectar como me funciona a mí, las vacaciones dejaron de ser una fuente de ansiedad. No son las vacaciones de revista, pero al menos no vuelvo peor de lo que me fui.

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