No puedo contestar emails a tiempo y se me acumulan

Tienes 47 emails sin leer y no es porque no quieras contestarlos. Esto no es falta de educación. Es algo que le pasa a mucho más gente de la que crees.

Tienes 47 emails sin contestar. No, espera. 63. O igual ya van por 90. En algún momento dejaste de contar porque contar ya dolía más que no mirar.

Y lo peor no es la bandeja de entrada. Lo peor es que lo ves. Cada vez que abres el correo, ahí están. Con sus asuntos. Con sus nombres. Con su "espero tu respuesta". Y tú los lees. Los entiendes. Sabes que tienes que contestar. Y cierras la aplicación.

Y no sabes muy bien por qué.

¿Por qué se acumulan los emails aunque los leas?

A ver, vamos por partes.

Porque la gente de fuera lo ve y piensa: "No contestas porque no quieres". O porque eres desorganizado. O porque no te importa la persona. Y tú sabes que eso no es verdad, pero tampoco puedes explicar qué demonios pasa exactamente.

Lo que pasa, te lo digo por experiencia, es esto: leer un email y contestar un email son dos cosas completamente distintas para tu cerebro.

Leer es pasivo. Entra información, la procesas, asientes. Hecho. Pero contestar requiere arrancar. Requiere que tu cabeza tome una decisión, construya una respuesta, juzgue si está bien, y la envíe. Y ese proceso de arranque, para algunos cerebros, es como intentar encender una hoguera con una cerilla mojada.

No es que no quieras encender la hoguera. Es que la cerilla no prende. Y cuantos más emails se acumulan, más grande se hace la hoguera, y más imposible parece encenderla con una cerilla mojada.

El bucle infernal del email acumulado

Hay un momento en que esto deja de ser "tengo que contestar emails" y se convierte en otra cosa.

Se convierte en una deuda emocional.

Cada email sin contestar es una pequeña culpa pendiente. Una persona que espera. Una promesa rota, aunque nadie te la haya dicho en voz alta. Y esa culpa, en vez de empujarte a contestar, paraliza más. Porque ahora no solo tienes que contestar el email. Tienes que contestar el email con el peso de haber tardado tanto. Y si han pasado tres semanas, ¿qué dices? ¿Disculpas por no haber contestado antes? ¿Finges que no ha pasado tiempo? ¿Empiezas a redactar y lo dejas a medias?

Mira, es literalmente más fácil no contestar y seguir mirando el email con horror.

Que es lo que haces. Ya te digo.

Y encima hay una segunda capa. Porque esto no es solo con emails del trabajo. Te pasa con emails de amigos. Con el de Hacienda que no entiendes del todo. Con el del médico al que tienes que confirmar cita. Con el de tu madre preguntando cómo estás.

O sea, no es que seas un profesional desorganizado. Es que tu cabeza trata todos los emails pendientes como si fueran esa tarea que llevas semanas sin poder empezar. Y si te suena eso, igual ya sabes a qué me refiero: hay cosas simples que se convierten en montañas sin que entiendas por qué.

No es que te dé igual la gente

Esto es lo que más me jodía cuando me di cuenta de que tenía este problema.

Porque yo sí me importa la gente. Me importa mucho. Y cuando alguien me escribe y tarda semanas en recibir respuesta, no es porque haya decidido que no merece mi tiempo. Es todo lo contrario. A veces el email que más tiempo me cuesta contestar es el de alguien que me importa de verdad, porque le doy tanta importancia que necesito encontrar el momento perfecto para responder bien. Y el momento perfecto nunca llega.

Y mientras tanto, tres semanas.

El problema es que esto tiene un coste brutal en las relaciones. La gente no sabe lo que pasa por tu cabeza. Ve el silencio. Ve que no contestas. Y saca sus conclusiones.

Conclusiones que no tienen nada que ver con la realidad pero que son imposibles de rebatir porque, en efecto, no has contestado.

Es como que te cueste todo más que a los demás pero de una forma invisible, que nadie ve y que tú tampoco puedes enseñar.

¿Hay algo que funcione?

Te voy a contar lo que a mí me funciona. Sin garantías, porque cada cabeza es un mundo. Pero algo es algo.

Lo primero que cambió las cosas fue entender que contestar en el momento en que lees es una habilidad, no un instinto. No todo el mundo lo tiene. Y si no lo tienes, puedes crear una estructura que lo supla.

Para mí eso fue tener un bloque de tiempo fijo. No "cuando pueda". No "cuando tenga ganas". Un bloque en el calendario, el mismo día, a la misma hora. Viernes a las 11. Correos. Todos los que pueda. Los que no llego, para el siguiente viernes. Sin culpa.

Lo segundo fue bajar el listón de lo que cuenta como respuesta válida. Tenía la idea de que contestar un email bien requería escribir tres párrafos perfectos. Y eso hacía que cada respuesta fuera una pequeña tesis doctoral que nunca empezaba. Pues mira, "gracias, lo miro esta semana" también es una respuesta. Imperfecto pero enviado.

Lo tercero, y esto quizá suene raro, fue entender que el problema no era pereza. Era gestión de activación. Mi cerebro no arranca solo ante tareas que no generan urgencia ni novedad. Y un email en una bandeja de entrada es exactamente eso: sin urgencia, sin novedad, sin recompensa inmediata. Parece una tontería, pero cuando entiendes por qué no arrancas, dejas de llamarte vago y empiezas a buscar soluciones reales.

Si procrastinas y luego te odias por ello, este mecanismo te va a sonar mucho.

La bandeja de entrada como síntoma

Igual esto ya lo sabías. Igual llevas tiempo sospechando que el problema de los emails no es el email en sí.

Que la bandeja de entrada acumulada es solo el síntoma más visible de algo más grande. Que no es que seas desorganizado. Que no es que no te importe la gente. Que hay algo en cómo procesa tu cerebro que hace que ciertas tareas, aunque sean simples y aunque las quieras hacer, no arranquen.

A mí me pasó mucho tiempo antes de tener un nombre para eso. Cuando lo tuve, no se arregló todo de golpe. Pero al menos supe dónde mirar.

Si sospechas que algo parecido pasa en tu cabeza, hay una forma de empezar a entenderlo. Hice un test con 43 preguntas. 10 minutos. Gratis. No es un diagnóstico, que eso solo lo da un profesional, sino un punto de partida para entender si tu cerebro funciona con otras reglas.

Si algo de lo que has leído te ha sonado demasiado familiar, igual merece la pena echarle un vistazo: hacer el test.

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