Me distraigo con cualquier cosa: el ruido, una idea, nada

Una mosca, un coche, un pensamiento sobre qué cenar. Cualquier cosa te saca de lo que estás haciendo. Y no es falta de interés.

Una mosca.

Un coche pasando por la calle.

Un pensamiento sobre qué cenar.

Y ya está. Se fue. Eso que estabas haciendo, eso que llevabas quince minutos intentando arrancar, acaba de desaparecer de tu cabeza como si nunca hubiera existido. Y ahora estás mirando la mosca. O pensando en la cena. O en las dos cosas a la vez, que también puede ser.

Lo mejor es que ni siquiera eres consciente de cuándo ha pasado. No es que hayas decidido "voy a dejar de trabajar para pensar en macarrones". Es que tu cerebro lo ha hecho solo. Sin pedirte permiso. Sin avisar. Y cuando te das cuenta de que llevas tres minutos fuera, intentas volver y resulta que ya no te acuerdas de por dónde ibas.

Bienvenido al bucle.

No es que no te importe

Esto es lo primero que hay que aclarar, porque la gente de fuera tiene una teoría muy clara: "Si te distraes es que no te interesa lo suficiente".

Pues no.

Te interesa. Te importa. A veces te importa tanto que es precisamente eso lo que te bloquea. Pero tu atención no funciona como un interruptor de encendido y apagado. Funciona como un gato. Va donde le da la gana, cuando le da la gana, y no hay manera humana de negociar con ella.

Imagina que tu atención es un foco de teatro. La mayoría de la gente tiene un técnico de iluminación: "enfoca aquí, ahora aquí, ahora al otro actor". Tú no tienes técnico. Tienes un niño de cuatro años con el foco, apuntando al techo, a las cortinas, al público, a una señora de la tercera fila que lleva un sombrero interesante. Y tú, el actor, ahí en medio del escenario, intentando hacer tu monólogo mientras la luz se mueve sola.

No es que no quieras actuar. Es que no tienes control sobre dónde apunta la luz.

"Pero si antes podías concentrarte bien"

A ver, sí y no.

Lo que pasa es que antes tenías menos estímulos. Y los que tenías eran más fáciles de filtrar. Antes, distraerte en clase significaba mirar por la ventana. Ahora, distraerte significa que tienes el móvil con 47 apps, un ordenador con 23 pestañas abiertas, notificaciones entrando cada 40 segundos y el ruido del vecino taladrador que siempre elige los peores momentos para sus reformas.

El mundo ha multiplicado los estímulos. Tu capacidad de filtrarlos sigue siendo la misma. O sea, el problema no es que hayas empeorado. Es que el entorno se ha puesto mucho más difícil.

Y hay algo más: antes, la gente con atención "normal" también podía concentrarse sin esfuerzo. Ahora, ellos también se quejan. La diferencia es que a ti te pasa desde siempre. Y no solo con pantallas. Te pasa con el ruido de una cafetería. Con el sonido del frigorífico. Con una conversación en la mesa de al lado. Con tu propio pensamiento, que es el distractor más puñetero de todos porque no puedes ponerle modo avión.

La parte que de verdad fastidia

Lo peor no es distraerte.

Lo peor es la cascada que viene después.

Te distraes, pierdes el hilo, intentas volver, no te acuerdas de por dónde ibas, te frustras, la frustración te bloquea más, intentas forzar la concentración, no puedes, te sientes incapaz, y acabas dejándolo. Y luego te machacas: "Si es que no puedo hacer nada bien".

Eso es lo que fastidia. No la distracción en sí, sino lo que te dices después. Porque una persona que se distrae y vuelve sin drama no tiene un problema. Una persona que se distrae, se machaca, se bloquea y entra en espiral... esa persona lleva años pensando que algo falla en ella.

Y lo peor de lo peor: la gente de tu alrededor lo confirma. "Es que no escuchas." "Es que no prestas atención." "Es que parece que te da igual." Y tú piensas: a lo mejor tienen razón. A lo mejor soy yo. A lo mejor me cuesta todo más que a los demás y no hay más explicación que esta: no doy para más.

Pero no es eso.

Las cosas que has probado y no han funcionado

Fuerza de voluntad. Que es como intentar sujetar agua con las manos. Cuanto más aprietas, más se escurre.

Apps de productividad. Que las descargas con mucha ilusión, las configuras durante dos horas, las usas tres días y luego se quedan ahí como un recordatorio de otro intento fallido.

Temporizadores. Técnica Pomodoro. Listas de tareas. Bloqueadores de webs. Auriculares con ruido blanco. Te has montado toda una infraestructura para algo que los demás hacen sin pensar: sentarte y hacer una cosa.

Y a veces funcionan. Un poco. Un rato. Pero luego dejan de funcionar. Porque no estás tratando el problema real. Estás poniendo tiritas en algo que necesita otra cosa.

¿Sabes lo que es sentir que no puedes concentrarte en nada aunque tu vida dependa de ello? Que te da igual si es trabajo, una conversación, una película que te gusta. Que tu cerebro decide por su cuenta cuándo se engancha y cuándo se va, y tú estás ahí de pasajero. Pues eso.

¿Y si no es falta de disciplina?

Mira, hay una cosa que a mí me reventó la cabeza cuando la descubrí.

Lo que tú llamas "me distraigo con cualquier cosa" tiene un mecanismo real detrás. No es que seas vago. No es que no te esfuerces. Es que tu cerebro tiene un sistema de filtrado de estímulos que funciona diferente al de la mayoría.

La mayoría de la gente, cuando está haciendo algo, su cerebro filtra automáticamente lo que no es relevante. El ruido del frigorífico, la conversación del vecino, el pensamiento aleatorio sobre qué cenar. Todo eso se queda en segundo plano. En tu caso, ese filtro no funciona igual. Todo entra con la misma prioridad. El trabajo, la mosca, la cena, el ruido del taladro. Para tu cerebro, todo es igualmente importante. Y eso no es una decisión tuya. Es neurología.

Esto se relaciona con algo llamado concentración fragmentada. Que no es "no tener concentración", sino tenerla rota en trocitos. Puedes concentrarte, pero a ráfagas. Cinco minutos aquí, tres allá. Y hay quien pierde el hilo de las conversaciones sin saber por qué. No porque no le importe lo que le están contando, sino porque su atención ha decidido irse a pensar en otra cosa en el peor momento posible.

¿Te suena?

Pues hay un nombre para esto. Y no, no es "ser un desastre".

Hay un patrón detrás de todo esto. De la distracción constante. De no poder filtrar estímulos. De que tu concentración funcione a trozos en vez de en bloques. Y cuando lo entiendes, cuando le pones nombre, algo cambia. No desaparece. Pero cambia. Porque ya no es "soy incapaz". Es "mi cerebro funciona de otra manera y ahora puedo hacer algo con eso".

No lo digo a la ligera. Lo digo porque lo he vivido.

Nota: este artículo refleja mi experiencia personal y la de muchos lectores. No es un diagnóstico ni sustituye la valoración de un profesional de salud mental. Si te ves reflejado, el siguiente paso es hablar con alguien cualificado.

¿Y ahora qué?

Si has llegado hasta aquí sin distraerte, enhorabuena. Lo digo en serio.

Y si has llegado pero te has ido y has vuelto tres veces, también enhorabuena. Porque eso es exactamente de lo que estoy hablando, y el hecho de que sigas aquí dice más de ti que de tu atención.

Puede que esto tenga nombre. Y puede que ese nombre cambie cómo te ves.

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