No soy capaz de comprometerme a largo plazo con nada
Empiezas con todo, te comprometes de verdad, y a las semanas ya estás buscando la salida. No es miedo al compromiso. Es otra cosa.
He empezado más cosas de las que puedo contar. Relaciones con proyectos. Compromisos con rutinas. Pactos conmigo mismo. Promesas a las tres de la mañana de que esta vez iba a ser diferente.
Y en todas, el patrón es el mismo: arranco como si me fuera la vida, y a las pocas semanas estoy buscando la puerta de salida.
No por cobardía. No por indiferencia. Es que algo dentro de mí se apaga. Y cuando se apaga, da igual que el compromiso siga ahí. Mi cuerpo ya no responde.
¿Es que tengo miedo al compromiso?
No. Para. Antes de lanzarte a esa conclusión fácil.
Miedo al compromiso es no querer comprometerte. Lo tuyo es distinto. Tú quieres. De verdad. Lo quieres con todas tus fuerzas. Lo demuestras los primeros días, las primeras semanas. Nadie que te vea en esa fase pensaría que vas a abandonar.
Pero la fase inicial no es el problema. El problema es todo lo que viene después.
Comprometerte a largo plazo implica mantener el esfuerzo cuando ya no hay emoción. Cuando la novedad murió. Cuando lo que queda es repetir lo mismo cada día sin que nadie te aplauda ni te lo agradezca. Y para algunos cerebros, eso es como pedir que corras un maratón con las zapatillas llenas de plomo.
No es que no puedas. Es que tu cerebro te pone trabas que otros no tienen.
El compromiso que dura exactamente tres semanas
Hay un patrón que he visto en mí y en mucha gente. Tres semanas. A veces cuatro. Ese es el tiempo que dura la novedad.
Las primeras semanas todo va genial. Vas al gimnasio. Escribes en el diario. Sigues la dieta. Estudias el idioma. Y luego, como un reloj, alrededor de la semana tres, todo se desmorona.
No pasa nada especial. No hay un evento que lo provoque. Simplemente un día te levantas y no sientes nada. Cero. Como si nunca te hubiera importado. Y piensas: "Si de verdad me importara, no me sentiría así."
Pues no. Eso no es verdad.
Lo que pasa es que la dopamina de la novedad se ha gastado. Y tu cerebro, que funciona a base de estímulo, se queda sin gasolina. El compromiso sigue dentro de ti. Pero tu motor no arranca sin combustible.
Es como tener un coche con el depósito vacío. Puedes girar la llave 87 veces. Si no hay gasolina, no hay movimiento. Y la llave, en este caso, es tu fuerza de voluntad.
Lo que la gente no entiende
La gente que puede comprometerse a largo plazo no lo hace porque tenga más carácter que tú. Lo hace porque su cerebro les permite empujar en automático cuando no hay emoción.
Su sistema ejecutivo funciona. El tuyo se atasca.
Y cuando lo intentas explicar, te miran como si fuera una excusa. "Pues ponle más ganas." "Es cuestión de disciplina." "Si quisieras de verdad, lo harías."
Ya. Díselo a las 47 cosas que he querido de verdad y he dejado a medias.
Yo he querido con todas mis fuerzas mantener rutinas que no duraban más de dos semanas. He querido acabar proyectos que me importaban. He querido ser la persona que cumple. Y no podía.
No era falta de ganas. Era que mi cerebro tiene un sistema de activación que no obedece a la voluntad. Obedece a la dopamina. Y cuando no hay, no hay.
¿Y si no es un defecto de carácter?
Te voy a decir algo que a mí me habría cambiado la vida si me lo hubieran dicho antes.
Esa incapacidad de mantener compromisos a largo plazo, esa sensación de que empiezas todo y no terminas nada, esa frustración constante de empezar con energía y apagarte al poco tiempo... en muchos casos tiene una explicación que no es "eres un desastre".
Se llama TDAH. Y en adultos no se parece a lo que te contaron en el colegio. Se parece a esto. A una persona capaz, inteligente, con ganas, que no consigue sostener el esfuerzo más allá de la fase de novedad.
No estoy diciendo que sea tu caso. Esto no sustituye una evaluación con un profesional. Pero si llevas toda la vida sintiéndote así y culpándote por ello, quizá el problema no eres tú. Quizá es que nadie te ha explicado por qué te cuesta todo más que a los demás.
Cuando yo lo descubrí, no se arregló de golpe. Pero dejé de castigarme. Y empecé a construir compromisos que mi cerebro pudiera sostener. Más cortos. Con más recompensas. Con más estructura externa.
No perfectos. Pero sostenibles.
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