Me prometo cosas cada noche y las olvido cada mañana
A las 12 de la noche tienes un plan perfecto. A las 8 de la mañana ya no existe. No es que no quieras cumplir. Es que algo se pierde por el camino.
Son las 12 de la noche. Estás en la cama. Y de repente lo ves todo claro.
Mañana te levantas a las 7. Desayuno sano. Gym a las 8. Trabajo enfocado de 10 a 1. Por la tarde avanzas con ese proyecto que llevas meses posponiendo. Cenas pronto. Te acuestas a las 23.
El plan es perfecto. Lo sientes en los huesos. Esta vez sí. Esta vez lo vas a hacer.
Te duermes con esa certeza.
Te despiertas y el plan no existe. No es que lo hayas descartado. Es que literalmente no está. Como si alguien hubiera entrado por la noche y lo hubiera borrado de tu cerebro. Pones la alarma en silencio, miras el móvil 40 minutos, y el día arranca exactamente igual que todos los anteriores.
¿Dónde se van las promesas nocturnas?
Se van con la dopamina que las creó.
Mira, a las 12 de la noche tu cerebro está en un estado particular. El día ya se acabó. No hay tareas pendientes inmediatas. No hay presión. Y en ese momento de calma aparece la claridad. Tu cerebro ve el plan, se emociona con la posibilidad, y libera dopamina. Esa dopamina te da la sensación de que ya lo has conseguido.
Es como si planificar fuera hacer. Tu cerebro no distingue bien entre las dos cosas. La emoción del plan y la emoción del logro se sienten muy parecidas. Así que a las 12 de la noche ya has cobrado la recompensa.
Y por la mañana, cuando toca ejecutar, no queda nada. La dopamina se fue. La emoción se fue. Y lo que queda es levantarse a las 7 sin ningún combustible.
Es como ir a un concierto pero solo escuchar la prueba de sonido. Ya oíste la música. El concierto real ya no te emociona.
El ritual nocturno que todos conocemos
La versión de ti a las 12 de la noche es una persona increíble. Ambiciosa. Disciplinada. Organizada. Con visión. Con plan. Con ganas.
La versión de ti a las 8 de la mañana es otra persona. Literalmente. Porque tu cerebro no funciona igual a las 12 de la noche que a las 8 de la mañana. Y las promesas de una versión no aplican a la otra.
Yo lo llamo "el yo nocturno". El tipo que hace planes. Que escribe listas. Que se compromete. Y luego desaparece cuando toca cumplir. Es como tener un socio que firma contratos y luego no se presenta a trabajar.
Y lo peor es que te propones cosas por la mañana y por la noche no has hecho ninguna. O sea, no solo fallan las promesas nocturnas. También fallan las matutinas. Es un doble fallo que te deja con la sensación de que no puedes confiar en ti mismo.
La culpa de la mañana
Cada mañana que no cumples lo que prometiste, se acumula un poco de culpa. Y esa culpa no te motiva. Te paraliza. Porque llega la noche siguiente y vuelves a hacer promesas, pero esta vez con menos convicción. "Probablemente no lo haré, pero bueno, lo intento."
Es un ciclo brutal. Promesa, incumplimiento, culpa, nueva promesa más débil, incumplimiento, más culpa. Hasta que dejas de hacer promesas. Y ahí es cuando sientes que has perdido el control.
Pero no has perdido el control. Nunca lo tuviste. No de la forma en que crees. Tu cerebro funciona con un combustible que tú no controlas y las promesas nocturnas no llenan el depósito. Solo te dan la ilusión de que está lleno.
No es falta de voluntad
Voy a ser muy directo con esto.
Si pudieras cumplir esas promesas solo con querer, ya lo habrías hecho. No te falta gana. No te falta ambición. No te falta inteligencia. Te falta la capacidad de transferir la activación de la noche a la mañana. Y eso no se entrena con fuerza de voluntad.
Esa desconexión entre la intención y la ejecución, esa brecha entre lo que planificas y lo que haces, es una de las señales más sutiles y más comunes de TDAH en adultos. No la más conocida. No la más obvia. Pero sí una de las más frustrantes. Porque te hace sentir que no puedes confiar en ti mismo.
Esto no sustituye el diagnóstico de un profesional. Pero si llevas años haciendo promesas nocturnas que mueren al amanecer, y te cuesta todo más que a los demás sin saber por qué, quizá merece la pena hablar con un psicólogo o psiquiatra.
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