No contesto mensajes hasta que es socialmente raro no contestar
Ves el mensaje, sabes que tienes que contestar, y no contestas. No es mala educación. Es que tu cerebro no puede arrancar sin presión. Y esto tiene nombre.
Ves el mensaje. Lo lees. Piensas "ahora lo contesto". Y te olvidas.
No porque no te importe. No porque seas mala persona. Sino porque tu cerebro archivó ese mensaje en alguna carpeta que no existe y siguió a lo suyo como si nada.
Y el mensaje ahí. Esperando. Acumulando días.
¿Por qué contestas cuando ya es socialmente raro no contestar?
Porque ese es el patrón, ¿no? No contestas cuando llega el mensaje. No contestas cuando lo ves. No contestas cuando recuerdas que no has contestado. Contestas cuando ya han pasado cuatro días y empieza a ser más raro no contestar que contestar con retraso.
Ahí sí. Ahí tu cerebro se activa. Ahí hay urgencia suficiente para arrancar.
Y la urgencia es la clave de todo esto.
Porque no es que no quieras contestar. Es que contestar no tiene suficiente peso para que tu cerebro lo priorice por encima de absolutamente cualquier otra cosa que esté pasando en ese momento. Una notificación. Un pensamiento. El ruido de la calle. Da igual. Todo gana contra "tengo que contestar ese mensaje".
Hasta que la situación social se vuelve lo suficientemente incómoda. Entonces el mensaje gana.
No es mala educación. Es que tu cerebro necesita que las cosas ardan un poco.
Mira, conozco esta dinámica de primera mano.
Tengo mensajes de WhatsApp de hace semanas que sé perfectamente que están ahí. Los he visto. He pensado en contestarlos. He formulado mentalmente la respuesta. Y no he contestado. Porque formular la respuesta mentalmente le pareció suficiente a mi cerebro, que siguió adelante con su vida sin preguntarme.
Y luego pasa el tiempo. Y cuanto más tiempo pasa, peor es la sensación al abrir el hilo. Porque ya no es solo contestar. Es contestar y dar una explicación de por qué tardaste tanto. Que tampoco tienes. Porque la explicación real suena rara: "se me fue, perdona".
Así que el mensaje se queda sin contestar un poco más. Porque ahora hay una capa extra de incomodidad encima.
Es exactamente el mismo bucle que con los emails que se acumulan y no puedes contestar a tiempo. El mismo mecanismo. Distinta plataforma.
El momento en que el mensaje "pesa" lo suficiente
El cerebro que funciona así no trabaja con listas de prioridades. No dice "esto es importante, lo hago primero". Dice "esto tiene suficiente carga emocional para activarme ahora mismo, lo hago. Esto no la tiene, a la nevera mental".
Y contestar un mensaje de un amigo, por mucho que te importe ese amigo, rara vez tiene la carga emocional suficiente para activar nada. No hay urgencia. No hay consecuencias inmediatas. No hay un plazo. El mensaje puede esperar. Y espera.
Lo gracioso es que cuando hay urgencia, cuando el amigo te pregunta por segunda vez o cuando ya llevas tanto tiempo sin contestar que empieza a ser una situación, ahí sí contestas. Inmediatamente. Incluso con fluidez.
O sea que el problema no es contestar mensajes. El problema es arrancar sin presión externa.
Y eso es algo que le cuesta a mucha más gente de la que imaginas, y que tiene bastante poco que ver con la voluntad.
Lo que pasa dentro mientras el mensaje espera
Voy a describirte algo que quizá reconozcas.
Ves el mensaje. Tu cerebro registra que hay que contestarlo. Pero en ese mismo instante, hay otras 47 cosas compitiendo por la atención. Y el mensaje, que no tiene urgencia, se pierde en el ruido.
No lo olvidaste. Está ahí, en alguna parte. Pero cada vez que surge, viene con una carga extra. "Ya llevo dos días sin contestar." "Ahora qué le digo." "¿Le explico por qué tarde?" Y cuanta más carga acumula, más difícil es arrancar. Porque lo que era una respuesta de 30 segundos se ha convertido en una micro-gestión emocional.
Es como esas cosas simples que duran 5 minutos y no puedes hacer. En teoría son triviales. En práctica, algo en el cerebro las convierte en un obstáculo de dimensiones absurdas. Y no sabes por qué, y eso lo hace peor.
Quizá no seas maleducado. Quizá tu atención funcione con otras reglas.
Te lo digo sin dramatismo, que bastante tienes ya.
Hay un patrón muy concreto en personas cuya atención no funciona de manera estándar: responden a la urgencia, al interés y a la novedad. Pero no responden bien a las tareas sin deadline, a los mensajes sin consecuencias inmediatas, a las cosas que "se pueden hacer en cualquier momento" porque "en cualquier momento" en la práctica significa "nunca".
Eso no es pereza. No es descortesía. Es que el sistema de regulación de la atención no prioriza de la misma manera que en la mayoría de la gente.
Y en adultos con TDAH esto es especialmente frecuente. No de libro. No de manual de psicología. De experiencia real de personas que llevan años pensando que son un desastre social y que un día descubren que su cerebro simplemente necesita cosas distintas para arrancar.
Esto no lo digo como diagnóstico, que no soy médico y no me corresponde. Si algo de esto te suena demasiado familiar, lo que toca es consultarlo con un profesional de verdad.
El truco que no arregla el problema pero ayuda
No hay un sistema perfecto para esto. Te mentiría si te dijera que desde que sé cómo funciona mi cerebro contesto todos los mensajes en 24 horas. No es verdad.
Pero sí hay una cosa que me ayuda: reducir la fricción al mínimo absoluto en el momento exacto en que veo el mensaje.
Si no puedo contestar ahora, en vez de "lo contesto luego" hago una cosa: marco el mensaje. O me mando una nota. Algo que externalice el recordatorio fuera de mi cabeza, que es donde las cosas van a morir.
Porque "lo recuerdo yo" con un cerebro que olvida en tiempo real es una promesa que nunca se cumple.
Parece una tontería. Pero la diferencia entre tenerlo en la cabeza y tenerlo anotado en algún sitio físico es la diferencia entre contestar y no contestar. Ya te digo.
---
Si reconoces este patrón y quieres entender mejor cómo funciona tu atención, hice un test de 43 preguntas. Gratis. Sin diagnóstico, pero con suficiente información para saber si vale la pena hablar con un profesional. Hacer el test TDAH.
Sigue leyendo
Me olvido de comer y no es que no tenga hambre
Son las cuatro de la tarde y no has comido. No estás a dieta. Es que tu cerebro se olvidó de que tienes un cuerpo que necesita cosas básicas.
Me obsesiono con una conversación que tuve hace días
Llevas tres días repasando una conversación que el otro ya olvidó. No es manía. Tu cerebro funciona con un mecanismo concreto.
Los olvidos que me hacen sentir tonto aunque no lo sea
No es una vez. Es cada día. Olvidar el móvil, la reunión, el nombre. Y sentirte cada vez más estúpido sin entender por qué.
Salgo de casa y vuelvo tres veces porque siempre olvido algo
Llaves, móvil, cartera. Revisas los tres. Sales. Vuelves. Se te olvidó el almuerzo. Tu ritual matutino.