Necesito validación constante para sentirme bien con lo que hago

Haces algo y necesitas que alguien te diga que está bien. Sin esa confirmación, no confías en lo que has hecho. No es inseguridad normal.

Terminas un trabajo. Lo revisas. Te parece que está bien. Pero no estás seguro. Necesitas que alguien lo vea. Que alguien te diga "sí, está bien". Y hasta que esa persona no te lo dice, estás en un limbo. No puedes avanzar. No puedes relajarte. No puedes confiar en tu propio criterio.

Y cuando por fin alguien te dice "está genial", la tranquilidad dura exactamente lo que dura un suspiro. Porque la siguiente tarea ya está ahí. Y con ella, la siguiente ronda de "¿estará bien?". Y vuelta a empezar.

Es agotador. No solo para ti. Para todos los que están alrededor. Pero sobre todo para ti.

¿Por qué no puedo confiar en mi propio criterio?

Porque llevas años recibiendo señales de que tu criterio falla. Años de "deberías haberlo hecho así". Años de errores que no viste venir. Años de cosas que a los demás les salían bien a la primera y a ti no. Y después de tantas señales, tu cerebro tomó una decisión lógica: no confiar en sí mismo.

Es como un GPS que se ha equivocado tantas veces que ya no te fías de él. Puede que esta vez la ruta sea correcta. Pero después de haberte llevado a tres callejones sin salida, prefieres preguntarle a alguien que confirme que vas por buen camino.

El problema es que preguntar una vez es razonable. Preguntar cada 200 metros es agotador. Y preguntar cada 200 metros sabiendo que probablemente vas bien pero sin poder creerlo es desesperante.

Y no es que seas una persona insegura por naturaleza. Es que tu experiencia te ha enseñado que no puedes fiarte de ti mismo. Y esa lección, una vez aprendida, es muy difícil de desaprender.

La validación como oxígeno

Hay gente que trabaja y al terminar piensa: "Bien, hecho, siguiente." Sin más. Sin necesidad de que nadie valide lo que acaba de hacer. Tú no puedes hacer eso. Tú necesitas la validación como el oxígeno. Sin ella, te ahogas. Con ella, puedes respirar. Pero solo hasta que necesitas la siguiente bocanada.

Y esto afecta a todo. Al trabajo. A las relaciones. A las cosas que publicas. A las decisiones que tomas. Cada cosa que haces viene con una pregunta implícita: "¿Está bien?" Y esa pregunta no te la haces una vez. Te la haces cien veces. Antes, durante y después.

Si te suena que me cuesta celebrar mis logros porque siempre veo lo que falta, es la misma moneda. Por un lado, no celebras. Por otro, necesitas que alguien celebre por ti. Porque tu validación interna no funciona.

Y la gente a tu alrededor se cansa. No porque no te quieran. Porque nadie puede ser el sistema de validación permanente de otra persona. Y cuando empiezan a dar menos feedback, tú lo interpretas como "algo va mal". Y la espiral empieza otra vez.

Cuando la validación no llega

Eso es lo peor. Cuando no hay nadie que te diga si lo que has hecho está bien o mal. Cuando mandas un email y no hay respuesta. Cuando publicas algo y no hay reacción. Cuando entregas un trabajo y no hay feedback.

Ese silencio es insoportable. Porque tu cerebro lo llena. Lo llena con todas las interpretaciones posibles. Y casi todas son negativas. "No ha contestado porque no le ha gustado." "No ha dicho nada porque es tan malo que no sabe ni qué decir." "Si fuera bueno, habría dicho algo."

Y sabes que eso no es racional. Sabes que la gente tiene su vida y que no contestar no significa nada. Pero tu cerebro no funciona con lógica cuando se trata de validación. Funciona con miedo. Miedo a no ser suficiente. Miedo a que confirmen lo que ya sospechas: que no eres tan bueno como intentas aparentar.

Es como tener un medidor de autoestima que se vacía solo. Que necesita que alguien lo recargue constantemente. Y que entre recarga y recarga, baja y baja y baja hasta que estás convencido de que todo lo que haces es un desastre.

¿Y si no es solo inseguridad?

A ver, te voy a decir algo. Esa necesidad de validación externa. Esa incapacidad de confiar en tu propio juicio. Esa relación entre lo que haces y lo que alguien dice de lo que haces. No es "baja autoestima" sin más. Es la consecuencia de un cerebro que lleva años funcionando de forma diferente y acumulando evidencia de que algo falla.

Y eso tiene un nombre. Se llama TDAH. Y la disforia sensible al rechazo es una de sus caras más dolorosas. No es solo que el rechazo duela más. Es que la ausencia de validación se siente como rechazo. Y el cerebro no distingue entre "no me han dicho que está bien" y "me han dicho que está mal".

No soy tu médico. Esto no sustituye ir a un profesional. Pero si te suena todo esto y además llevas años sintiendo que todo te cuesta más que a los demás, quizá hay una pieza que falta en tu puzzle.

Si te has sentido identificado, hice un test de 43 preguntas. Diez minutos. Gratis. No diagnostica nada, pero puede ser el primer paso para entender por qué necesitas que te digan que está bien para creer que está bien. Puedes hacerlo aquí.

Relacionado

Sigue leyendo