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Lo que Nadia Comaneci nos enseña sobre perfeccionismo y TDAH

Nadia Comaneci logró el primer 10 perfecto en los Juegos Olímpicos con 14 años. Su historia esconde una lección brutal sobre hiperfoco, perfeccionismo y cerebros distintos.

tdahfamosos

En 1976, una niña de 14 años entró a una barra de equilibrio en Montreal y ejecutó una rutina tan perfecta que el marcador electrónico no supo qué hacer con la puntuación.

El sistema estaba programado para mostrar hasta 9.9. No contemplaba el 10.

Así que apareció "1.00" en el tablero.

El mundo tardó unos segundos en entenderlo. La puntuación real era 10.00. El primer 10 perfecto en la historia de la gimnasia olímpica. Y lo había conseguido una adolescente rumana llamada Nadia Comaneci.

Lo que nadie te cuenta es la parte que hay detrás de ese número.

¿Qué tiene que ver el perfeccionismo con el TDAH?

Aquí viene la parte que te va a incomodar si tienes TDAH: el perfeccionismo y el TDAH no son opuestos.

La gente asume que el TDAH va de desorden, caos y mediocridad. "Esos que no terminan nada." "Los que se distraen con todo."

Y sí, hay mucho de eso. Pero también existe otra cara: el cerebro con TDAH que encuentra algo que le importa de verdad y entonces no puede parar.

Se llama hiperfoco. Y cuando el hiperfoco se mezcla con el perfeccionismo, ocurren dos cosas posibles.

La primera: llegas al 10.

La segunda: te quemas antes de llegar.

El hiperfoco que produce resultados extraordinarios

Nadia Comaneci empezó a entrenar con Béla Károlyi a los seis años. Seis años. Y no lo dejó. Durante años, su vida giró en torno a un solo eje: la gimnasia.

No hay confirmación de que Comaneci tenga TDAH. Ella misma no lo ha mencionado públicamente. Pero su perfil de comportamiento —la capacidad de concentración extrema en su disciplina, la repetición obsesiva de movimientos hasta la perfección, la dificultad para entender límites físicos cuando estaba enfocada— encaja de manera llamativa con lo que los investigadores describen como hiperfoco.

Y ojo: el hiperfoco no es solo "estar muy concentrado." Es una absorción total. El mundo exterior desaparece. Las horas pasan sin que te des cuenta. El hambre, el cansancio, el dolor... todo se apaga.

Para un cerebro neurotípico, eso es difícil de mantener de forma sostenida. Para ciertos cerebros TDAH, ocurre de manera casi involuntaria cuando el tema es el correcto.

La pregunta no es si Comaneci tenía TDAH. La pregunta es qué podemos aprender de su historia sobre cómo funciona la obsesión productiva.

El problema que nadie ve desde fuera

El 10 perfecto es el resultado visible.

Lo que no se ve son los años de entrenamientos de seis horas diarias. Las lesiones ignoradas. El peso controlado con una precisión que rozaba lo enfermizo. La presión del régimen comunista rumano, que la trató más como un activo del Estado que como una persona.

Nadia Comaneci estuvo a punto de suicidarse en 1977, un año después de su triunfo olímpico. Tenía 15 años.

El perfeccionismo que la llevó al 10 también la llevó al límite.

Esto es exactamente lo que le ocurre a muchos cerebros TDAH con hiperfoco: el mismo mecanismo que produce resultados extraordinarios puede volverse contra ti. No hay señal de parada interna. No hay moderación natural. O es todo o es nada.

Si te identificas con esto, no estoy describiendo un superpoder. Estoy describiendo un patrón que necesitas entender para no destruirte con él.

La diferencia entre hiperfoco sano y hiperfoco destructivo

Hay una línea fina entre los dos, y la diferencia no está en la intensidad.

El hiperfoco sano tiene momentos de salida. Puedes desconectar aunque cueste. Tienes otras cosas en tu vida, aunque sean pocas. Cuando terminas una sesión intensa, el cuerpo descansa aunque la mente no quiera.

El hiperfoco destructivo no tiene off. La actividad se convierte en identidad. Si no estás haciéndolo, no sabes quién eres. El descanso se siente como traición o como fracaso.

Y el perfeccionismo lo amplifica todo.

Si cada imperfección se vive como catástrofe, cada pausa se vive como pérdida de tiempo, y cada resultado menor al 10 se vive como fracaso... el cerebro no aguanta ese ritmo mucho tiempo.

Los deportistas con TDAH que han hablado públicamente de su experiencia comparten algo común: los que han llegado lejos sin romperse han aprendido a gestionar el perfeccionismo, no a eliminarlo. Lo han usado como combustible con válvula de escape, no como motor sin frenos.

¿Perfeccionismo o miedo disfrazado?

Aquí viene la pregunta incómoda.

Muchas veces, lo que llamamos perfeccionismo no es amor por la excelencia. Es miedo.

Miedo a que si no es perfecto, no valga. Miedo a que si falla, confirme algo que ya sospechaba de sí mismo. Miedo al juicio, a la decepción, al rechazo.

En cerebros TDAH, este patrón es especialmente frecuente. Años de mensajes del entorno —"eres un despistado," "podrías hacerlo mejor si te esforzaras," "eres inteligente pero..."— generan una herida particular: la sensación de que tienes que demostrar que eres suficiente.

Y la manera de demostrarlo es hacerlo perfecto.

El problema es que el 10 nunca satisface el miedo subyacente. Lo apaga un momento y luego vuelve. Así que buscas el siguiente 10.

Simone Biles

Eso también es una lección.

Lo que el cerebro hiperactivo puede aprender de Nadia

La historia de Comaneci no es una historia de fracaso. Es una historia de supervivencia y de reinvención.

Después de años de dificultades, huyó de Rumanía en 1989. Reconstruyó su vida. Se casó con Bart Conner, también gimnasta olímpico. Fundó una academia de gimnasia. Trabaja como embajadora del deporte.

Ha aprendido, de alguna manera, a vivir con lo que es.

Lo que el cerebro hiperactivo en el deporte puede aprender de su historia tiene poco que ver con la gimnasia y mucho con los patrones mentales:

Primero, el hiperfoco es una herramienta, no una personalidad. Puedes usarlo sin que te use a ti, pero requiere conciencia de lo que está pasando.

Segundo, el perfeccionismo sin red de seguridad destruye. Los 10 perfectos cuestan. Si los buscas sin acompañamiento, sin descanso, sin perspectiva, el precio es demasiado alto.

Tercero, la identidad no puede estar en el rendimiento. Cuando el "yo soy lo que hago" se rompe, no queda nada. Construir algo más robusto no es debilidad, es supervivencia.

El 10 que nadie programó

Vuelvo al tablero de Montreal que no sabía cómo mostrar el 10.

Hay algo poético en eso. El sistema no lo contemplaba. No estaba preparado para lo que ella era capaz de hacer.

Los cerebros TDAH a menudo son así. El entorno no sabe qué hacer con ellos. Los sistemas no están diseñados para su forma de funcionar. Los marcadores muestran "1.00" cuando deberían mostrar "10.00."

Pero la clave no está en convencer al tablero. Está en saber tú lo que vale lo que acabas de hacer.

Y en no destruirte en el proceso de demostrarlo.

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Si reconoces estos patrones en ti mismo, el primer paso es entender cómo funciona tu cerebro. El test de TDAH te da una primera imagen de lo que está pasando ahí dentro.

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