Mudarse de ciudad para cambiar de vida: mi experiencia

No te enamoras de una ciudad, sino de la versión de ti que puedes ser allí. Por qué mudarme a Polonia lo cambió todo: fue una elección consciente.

Te dejo el vídeo arriba, pero aquí lo tienes escrito y con calma.

Estos días me salía un trend en TikTok que me removió por dentro. Ese en el que aparece la imagen de una ciudad y de repente te sueltan una frase: no te enamoras de una ciudad, sino de la versión de ti que sientes que puedes llegar a ser en ese sitio.

Y madre mía la carga que tiene esa frase. Cuanto más lo pienso, más sentido me hace. Así que voy a intentar explicarte por qué me tocó tanto.

¿Te enamoras de la ciudad o de la versión de ti que serías allí?

Yo creo que de la versión de ti. Y te lo digo desde mi propia mudanza a Polonia.

Cuando la gente me pregunta por qué elegí Wrocław, por qué me fui a vivir ahí, o por qué digo que esa ciudad tiene algo que la hace sentir como mi hogar, la respuesta no va del sitio. Wrocław no tiene una magia especial escondida en las calles. Lo que pasa es lo que representa para la persona que estoy construyendo estando allí.

El lugar te parece mágico no por lo que es, sino por lo que ves que puedes ser tú dentro de él. Esa es la teoría. Y encaja demasiado bien con lo que he sentido.

La mente que vuela y los delirios de grandeza

Tengo TDAH. Y una de las cosas que trae es una mente que vuela muchísimo, con una capacidad enorme de imaginar y de pensar. Eso tiene su parte buena. Siempre he creído que podía aspirar a algo muchísimo mejor.

El problema es que en algún momento eso se convirtió en delirios de grandeza. En ese "hasta dónde soy capaz de llegar" que no se apaga nunca.

Creo que esto le pasa a casi todo el mundo. En los 20 piensas que puedes conseguirlo todo, absolutamente todo lo que te propongas. Y cuando entras en los 30 y empiezas a avanzar, te das cuenta de que las cosas no eran tan así.

Al final acabas identificándote menos con tus delirios de grandeza y más con Álvaro en la piscina de Teruel diciéndote que lo que de verdad se busca es la tranquilidad.

Y sí, creo que cuando empiezas a vivir y a hacer lo que realmente quieres, es cuando empiezas a abrazar tu mediocridad. Ojo, no digo conformarte con cualquier cosa. Digo ser realista con hasta dónde eres capaz de llegar, y sobre todo con hasta dónde quieres llegar de verdad. Que no es lo mismo.

La palabra que lo cambia todo: elección

Toda mi vida he tirado a expensas de expectativas. De esa creencia de que podía conseguir algo muy bestia, y de hacer todo aquello que se supone que tenía que hacer.

Y no me arrepiento de nada. Pero si soy honesto, en casi todos los sitios en los que he estado, he estado más porque tocaba estar que por elección propia. Sí, yo elegí ir. Yo elegí hacer esas cosas. Pero no es el mismo tipo de elección consciente. Creo que me entiendes.

Con Polonia fue distinto. Yo decidí venir. Yo decidí construir una vida aquí. Yo decidí crear todo lo que va a venir, sin que me importe si llega a mucho, a poco o a nada. Lo hago porque lo he elegido.

Y la carga mental que te quita eso es una bestialidad. De repente vives con la ilusión de hacer lo que en el fondo has elegido, aunque a veces no salga como esperas y aunque no sea perfecto. Estás levantando tu vida sobre algo que quizás no era lo que soñabas, pero que es lo que quieres. Y aunque no sea perfecta, es tu vida, y la vives de la mejor manera que sabes.

Cuando entiendes eso, lo ves todo con otros ojos.

Esto me pasa a mí, pero se aplica a mil situaciones. Cuando pospones una decisión hasta que se toma sola, en realidad estás dejando que otro elija por ti. Y no hay tranquilidad ahí. La tranquilidad aparece cuando la elección la haces tú.

¿Y no es más fácil dejar que la vida decida por ti?

A corto plazo sí. Elegir cansa, y con un cerebro TDAH el coste de decidir se dispara. Por eso arrastramos las decisiones importantes hasta que el tiempo las cierra por nosotros.

Pero el precio de no elegir es vivir una vida que no sientes tuya. Y eso pesa mucho más.

Te pongo un ejemplo real. Hace unos meses se casó uno de mis mejores amigos. Yo hablaba con otro y le decía: estamos en esa edad en la que todos se casan, tienen hijos, y yo no sé ni qué narices quiero hacer con mi vida. A los 34 todo el mundo te empieza a decir que igual deberías construir algo, que se te pasa el arroz. Y yo por dentro pensaba: bueno, ya, cuando llegue el momento. Porque a nivel de qué quería hacer, no tenía absolutamente nada claro.

Desde que llegué aquí pienso las cosas de otra manera. Y no porque haya cambiado nada de lo que hago. Ha cambiado cómo lo siento y cómo me lo tomo. Cuál es esa versión de mí que me veo capaz de ser estando aquí. Y con esa tranquilidad, cosas que antes veía difusas o que ni creía que fueran para mí empiezan a aparecer como una posibilidad real.

Es increíble lo mucho que te puede cambiar una sola elección. Yo esa mezcla de irme lejos y decidir de cero ya la había vivido en el road trip de Zaragoza a Polonia, aunque entonces no supe ponerle nombre.

Elegir también es arriesgarse

Claro que elegir implica que puedas equivocarte. Que las cosas salgan mal. Que nada de lo que creías acabe siendo como lo imaginabas.

Pero es tu decisión. Y creo que el día que lleguemos a viejos y nos preguntemos si hemos vivido bien, si hemos vivido según lo que de verdad queríamos, y si hemos sabido querernos incluso a nosotros mismos, la respuesta solo será un sí rotundo si elegimos nosotros.

Esa duda entre seguir donde estás o cambiar de rumbo es la que más paraliza. Si la estás viviendo con tu trabajo o tu negocio, te dejo esto sobre cuándo pivotar y cuándo persistir, que va justo de eso.

Así que te devuelvo la pregunta que a mí me dejó pensando. ¿Te has enamorado alguna vez de una ciudad? ¿O de la versión de ti que aparece cuando estás allí?

Si sientes que tu cabeza va a mil y que eso te lleva más a la parálisis que a decidir, quizás sea cosa de cómo funciona tu cerebro. Puedes hacer el test de TDAH y salir de dudas.

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