Mozart vs Beethoven: dos genios de la música, dos cerebros caóticos
Mozart componía como un poseso y no podía estar quieto. Beethoven tenía explosiones de furia y se mudó 30 veces. Dos genios, dos formas de no encajar.
Dos hombres. Dos pianos. Dos cerebros que no se parecían en nada.
Y sin embargo, cuando lees sus biografías seguidas, te quedas con la misma sensación rara: "esto me suena de algo".
No la parte de componer sinfonías, que eso ya queda fuera de mi alcance. La parte de no poder parar. La parte de la furia incomprensible. La parte de la mente que va más rápido que el mundo que la rodea y choca con todo.
Mozart y Beethoven son los dos genios de la música clásica más estudiados de la historia. Y son también dos perfiles que, vistos desde hoy, apuntan a algo muy concreto.
Aunque ya aviso: ninguno de los dos tiene diagnóstico posible. Son especulaciones con base histórica, no certezas médicas. Y eso importa.
¿Qué sabemos de Mozart que llama la atención?
Wolfgang Amadeus Mozart empezó a componer a los cinco años.
Cinco años. Cuando la mayoría de los niños están intentando atarse los cordones, Mozart ya escribía minuetos que los adultos a su alrededor no podían creer que fueran de un crío.
Pero no era solo precocidad. Era algo más específico.
Mozart era, por todos los testimonios de su época, incapaz de estar quieto. Se movía constantemente. Tamborileaba con los dedos sobre cualquier superficie. Se levantaba de las sillas en medio de las conversaciones. Hacía chistes inapropiados en el peor momento posible. Tenía una tendencia hacia el humor escatológico que sus contemporáneos encontraban desconcertante en alguien de su talento: cartas a su prima llenas de referencias que harían enrojecer a cualquier editor del siglo XVIII, bromas de mal gusto en reuniones formales, comentarios que nadie esperaba.
No era que Mozart no supiera leer la sala. Es que parece que no podía filtrar lo que le cruzaba por la cabeza antes de que saliera.
Luego está la parte del dinero. Mozart ganó fortunas a lo largo de su vida. En serio, una cantidad de dinero que a día de hoy equivaldría a ser rico de verdad. Y murió con deudas. A los 35 años, arruinado, en una fosa común de Viena.
No es que fuera un mal negociador. Es que el dinero le entraba por un lado y le salía por el otro sin que pareciera ser consciente de cómo ni por qué. Los contratos que firmaba eran desastrosos. Los compromisos que adquiría, imposibles de cumplir. La gestión del tiempo, un caos.
Y lo más llamativo: la composición en sí misma. Mozart decía que las obras le llegaban completas a la cabeza. No como metáfora, sino literalmente: escuchaba la pieza entera antes de escribirla. Luego la copiaba, casi sin correcciones, a una velocidad que dejaba atónitos a los copistas. El hiperfoco puro. Cuando componía, el mundo desaparecía.
¿Y Beethoven? Beethoven era otro problema completamente distinto
Ludwig van Beethoven no era divertido.
Mozart era el tipo que hacía reír en la cena aunque no tocara. Beethoven era el que se levantaba de la mesa sin avisar, tiraba cosas al suelo, y tres horas después aparecía con el inicio de una sinfonía escrita de un tirón.
Las explosiones de furia de Beethoven son legendarias. No exageraciones de biógrafo: testimonios directos de gente que lo conoció. Ira desproporcionada ante malentendidos menores. Reacciones imposibles de predecir. Incapacidad de mantener relaciones estables durante mucho tiempo porque el detonador estaba permanentemente demasiado cerca.
Y luego está la mudanza.
Beethoven se mudó de casa más de treinta veces a lo largo de su vida en Viena. Treinta. En la misma ciudad. A veces se mudaba dos o tres veces en el mismo año. No porque le echaran siempre, aunque eso también pasaba. Sino porque algo en él necesitaba cambiar el entorno cuando el entorno dejaba de funcionar para su cabeza.
Eso no es excentricidad. Eso es una relación muy específica con el espacio físico que muchas personas con TDAH reconocerán.
La otra cara de Beethoven era el hiperfoco. Cuando algo le interesaba de verdad, desaparecía. Sus contemporáneos contaban que no salía del cuarto durante días, que olvidaba comer, que aparecía con la ropa del revés sin haberlo notado. El mundo exterior simplemente dejaba de existir mientras componía.
Y la pieza más increíble de todo: compuso su Novena Sinfonía siendo completamente sordo.
No parcialmente sordo. Completamente. Sin poder escuchar ni una nota. La música existía solo en su cabeza, con una claridad que ningún sonido real podría haberle dado a esas alturas. Llevó el hiperfoco a un extremo que resulta difícil de imaginar incluso si eres músico.
¿En qué se parecen?
En más de lo que parece a primera vista.
Los dos tenían una relación caótica con el mundo práctico. Mozart con el dinero, Beethoven con los espacios y las personas. Los dos tenían episodios de trabajo absolutamente absorbente seguidos de periodos donde todo se desmoronaba. Los dos generaban en su entorno una mezcla de admiración y agotamiento que sus propios contemporáneos describían sin encontrarle del todo la explicación.
Los dos componían a una velocidad y con una intensidad que dejaba a sus contemporáneos fuera de juego.
Y los dos tuvieron vidas que, desde fuera, parecen un desastre logístico con momentos de genialidad absoluta intercalados. No el modelo del artista serio y disciplinado que trabaja ocho horas al día con metódica dedicación. Sino algo mucho más irregular, mucho más caótico, mucho más parecido a lo que describe alguien con TDAH cuando habla de cómo funciona su semana.
¿En qué se diferencian?
En casi todo lo demás.
Mozart era social. Le encantaba la gente, los salones, las fiestas, los aplausos. Necesitaba el reconocimiento externo de una manera que era casi física. Su hiperactividad era extrovertida: se manifestaba hacia afuera, en movimiento, en palabras, en humor, en interacción.
Beethoven era lo contrario. Se alejaba de la gente. Las relaciones le costaban. La hipoacusia progresiva empeoró ese aislamiento, pero ya antes de quedarse sordo había una tendencia a replegarse, a volverse hacia adentro, a construir un mundo interior donde las normas sociales pesaban menos.
Mozart componía rápido y con aparente facilidad. Beethoven corregía sin parar: sus cuadernos de trabajo son una pesadilla de tachaduras, versiones descartadas, ideas retomadas años después.
Mozart murió joven, a los 35, sin haber llegado a entender del todo por qué su vida era tan difícil de gestionar a pesar del talento. Beethoven murió a los 56, sordo, solo, y con la satisfacción de haber completado un trabajo que él mismo sabía que era extraordinario.
Dos arcos vitales completamente distintos. Dos formas distintas de no encajar.
¿Se puede afirmar que tenían TDAH?
No.
Ya sé que esta parte decepciona un poco. Pero importa decirlo.
El TDAH es un diagnóstico clínico que requiere una evaluación actual, con criterios concretos, con exclusión de otras causas. Aplicarlo retroactivamente a alguien que murió hace dos siglos, por muy sugestivos que sean los patrones, es especulación.
Lo que sí podemos decir es que ambos tenían perfiles que encajan con lo que hoy llamamos TDAH en algunos aspectos significativos. La impulsividad conductual de Mozart. Las dificultades de regulación emocional de Beethoven. El hiperfoco en los dos. La relación caótica con el mundo práctico en los dos.
No hace falta diagnosticar a Mozart y Beethoven para que el TDAH sea válido. Su vida no necesita servir de argumento para que la tuya tenga sentido.
Pero sí resulta útil, creo, ver que esos mismos patrones que hoy se reconocen como parte de cómo funciona un cerebro concreto, han existido siempre. En personas que cambiaron la historia de la música. Y también en personas que no cambiaron nada y simplemente intentaban sobrevivir a su propia cabeza.
Lo que queda al final
Mozart era el cerebro hiperactivo hacia afuera: movimiento, palabras, humor, conexión social, dinero que se evapora sin explicación.
Beethoven era el cerebro volcánico hacia adentro: furia, aislamiento, mudanzas, hiperfoco extremo, composición desde el silencio absoluto.
Dos formas distintas del mismo cableado, quizás. O dos personalidades extraordinarias que simplemente no encajaban en los moldes de su época. Probablemente las dos cosas a la vez.
Lo que sí es cierto es que los dos dejaron una marca que doscientos años después todavía no hemos terminado de entender del todo.
Y los dos, de una manera u otra, vivieron con una cabeza que el mundo a su alrededor nunca terminó de comprender.
Eso también resulta familiar.
Si sientes que tu cabeza funciona a un ritmo diferente al del resto, entender cómo funciona ese ritmo es el primer paso.
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