Las tareas importantes son siempre las que más evito

Puedes pasar horas haciendo cosas. Pero la tarea que marca la diferencia se queda sin hacer. No es pereza. Hay una explicación para esto.

Puedes pasar horas haciendo cosas que no importan. Responder emails, reorganizar carpetas, limpiar el escritorio del ordenador por décima vez.

Pero la tarea importante. La que marca la diferencia. La que llevas semanas postergando.

Esa se queda sin hacer.

Y lo más curioso es que no es que no lo sepas. Sabes perfectamente cuál es. Sabes que tienes que hacerla. Sabes lo que pasa si no la haces. Y aun así, a las seis de la tarde llevas cuatro horas haciendo todo lo demás menos esa.

¿Por qué?

¿Por qué hacemos lo urgente pero evitamos lo importante?

A ver, esto tiene una lógica aplastante que nadie te cuenta.

Las cosas urgentes tienen una fecha. Una presión. Un coste visible si no las haces. El email que tienes que contestar antes del mediodía. La llamada que tienes pendiente. El pedido que vence esta tarde. Esas cosas tienen consecuencias inmediatas y concretas si las ignoras, y tu cerebro lo sabe.

Pero la tarea importante. La que de verdad mueve las cosas. Esa puede esperar.

O eso parece. Porque la tarea importante no tiene un coste visible a corto plazo si la dejas para mañana. El coste es invisible, diferido, abstracto. No pasa nada si no la haces hoy. No pasa nada si no la haces mañana. Pero pasan meses, y sigues sin haberla hecho. Y entonces te das cuenta de que pasan cosas. Pero para entonces ya es tarde.

Tu cerebro es un animal de recompensas inmediatas. Si hace algo y recibe feedback rápido, lo vuelve a hacer. Si hace algo cuyo resultado tarda semanas en aparecer, lo evita. No porque seas vago. Porque así funciona el sistema de recompensa humano, que por cierto fue diseñado para evitar que te comiese un mamut, no para ayudarte a escribir ese proyecto que llevas sin arrancar desde octubre.

El ritual de la productividad falsa

Voy a confesarte algo.

He pasado tardes enteras sintiéndome productivo sin haber tocado ni una sola cosa importante. Lo llamo productividad de decorado. Todo tiene aspecto de actividad. El escritorio ordenado. La bandeja de entrada limpia. Treinta y siete tabs cerrados. Notas tomadas de una reunión que quizás no necesitaba existir. Y al final del día, la sensación de que has currado mucho.

Pero esa tarea que importa de verdad. Ahí sigue.

Hay algo casi reconfortante en hacer cosas que no importan. Son fáciles. Tienen un inicio y un fin claro. Se pueden marcar como hechas. Y cuando las marcas, tu cerebro suelta una pequeña dosis de dopamina y dice "bien hecho". Y tú quieres más de eso.

La tarea importante, en cambio, es ambigua. Grande. Con bordes difusos. No sabes exactamente por dónde empezar. No sabes cuándo habrás terminado. No sabes si lo estarás haciendo bien. Y esa incertidumbre le da grima a tu cerebro, que prefiere ir a por algo que tenga recompensa garantizada. Aunque ese algo sea reorganizar el escritorio por décima vez.

Es como si tu cerebro tuviese un radar interno para evitar el malestar, y la tarea importante emite exactamente la señal que ese radar detecta.

El momento en el que te das cuenta de que el problema no eres tú

Hay un punto en el que deja de tener sentido culparte.

Porque si llevas meses, años, décadas evitando exactamente el mismo tipo de tareas, y lo has intentado con listas, con apps, con compromisos contigo mismo, con alarmas, con accountability partners, con bloques de tiempo, con temporizadores, y siempre pasa lo mismo...

A lo mejor el problema no es que seas un desastre.

A lo mejor tu cerebro funciona con un sistema de prioridades diferente. Uno que no distingue bien entre "importante" y "urgente", que da más peso a la recompensa inmediata que a la consecuencia futura, y que se congela justo delante de las cosas que más importan.

Y eso, que puede sonar a excusa, resulta que tiene nombre y explicación. A mucha gente le cuesta todo más que a los demás no por falta de voluntad, sino porque su cerebro regula diferente la atención, la motivación y el inicio de tareas. Hay un patrón que aparece una y otra vez: dificultad para arrancar lo que no genera estímulo inmediato, ejecución perfecta bajo presión extrema, y bloqueo total ante lo que debería ser prioritario pero no es urgente.

Si esto te suena familiar, no te lo estoy diciendo para etiquetarte. Te lo digo porque entender el mecanismo es el primer paso para no seguir dándole vueltas a la llave de un coche que no enciende así.

Esperar a tener ganas no funciona

La solución obvia que todo el mundo propone es "ponte a ello". "Empieza aunque no tengas ganas". "Hazlo y luego te sentirás mejor".

Y técnicamente es verdad.

Pero hay un problema: no puedo empezar algo si no tengo ganas. No es pereza. Es que la señal que debería disparar el inicio simplemente no llega. Tu cerebro necesita dopamina para activarse, y si la tarea no la genera, el arranque no ocurre. Puedes sentarte delante de ella cuarenta y cinco minutos esperando a que llegue la motivación. Pero la motivación no viene primero. Y si no entiendes eso, te pasas la vida esperando algo que funciona al revés.

Lo que sí funciona, aunque es contraintuitivo, es crear condiciones artificiales que generen la señal que le falta a la tarea. Urgencia artificial. Apuestas ridículas. Ruido o silencio específico. Cambios de entorno. Bloques de tiempo muy cortos. Estructuras que hagan el inicio menos ambiguo.

No es magia. Es hackear el sistema de recompensas de un cerebro que no responde bien a lo abstracto.

Pero para hacer eso, primero tienes que aceptar que el problema no se resuelve con más disciplina. Se resuelve con más información sobre cómo funciona tu cabeza.

Si procrastinas siempre lo mismo, puede que no sea coincidencia

Aquí viene el puente que a mí me costó tiempo cruzar.

Hay gente que procrastina de forma puntual. Evita una tarea concreta porque le da pereza o porque no le gusta. Y ya está. Se recuperan. Lo hacen.

Y hay gente que procrastina todo aunque sabe exactamente lo que tiene que hacer. No es una tarea específica. Es el patrón. Siempre las mismas tareas bloqueadas. Siempre la misma sensación de saber y no poder. Siempre la misma pregunta sin respuesta de por qué hoy tampoco ha pasado.

Ese segundo grupo tiene una experiencia muy distinta. Y en muchos casos eso apunta a algo más que a "malos hábitos". Apunta a una diferencia real en cómo funciona el cerebro para regular la atención, el inicio y la motivación.

En concreto, puede apuntar al TDAH en adultos. No el estereotipo de niño que no para quieto, sino el adulto funcional que saca las cosas adelante, pero a un coste personal enorme, y que lleva años pensando que el problema es él.

No es un diagnóstico. Soy programador, no psiquiatra. Pero si quieres entender si esto puede aplicarte, hay un punto de partida razonable.

Si reconoces este patrón, quizá valga la pena hacer el test de TDAH. Son 10 minutos. Es gratis. No te dice si tienes o no tienes nada, pero sí te da información para empezar a hacerle las preguntas correctas a un profesional. A mí me cambió bastante haberlo hecho, la verdad.

Si lo que lees ahí te resuena, también tienes más contexto en este post sobre procrastinación y TDAH.

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