Mis proyectos personales mueren cuando se acaba la emoción
La primera semana es éxtasis. La cuarta ya no existe. Tus proyectos no mueren por falta de talento. Mueren cuando la dopamina se va.
La primera semana es éxtasis puro. La segunda es esfuerzo. La tercera es obligación. La cuarta ya no existe. Tu proyecto murió cuando se acabó la dopamina del principio.
Y lo sabes. En el fondo lo sabes desde el día uno. Pero la emoción inicial es tan potente que te convence de que esta vez será diferente. Esta vez llegarás al final. Esta vez no lo dejarás.
Spoiler: lo dejas.
¿Por qué tus proyectos solo funcionan cuando son nuevos?
Pues porque lo nuevo es crack para tu cerebro. En serio.
Cuando arrancas un proyecto nuevo, todo es novedad. La idea es brillante. Las posibilidades son infinitas. Cada decisión es emocionante. Elegir los colores, diseñar la estructura, investigar, planificar. Tu cerebro está en una fiesta de dopamina y no quiere que se acabe.
Pero se acaba. Siempre se acaba. Porque la novedad tiene fecha de caducidad. Y cuando el proyecto pasa de "idea brillante" a "trabajo real", el cerebro hace las maletas y se va a buscar la siguiente idea brillante.
No es que seas vago. Es que tu cerebro funciona con un sistema de recompensa que premia la exploración por encima de la ejecución. Explorar mola. Ejecutar es repetitivo. Y lo repetitivo es kryptonita para ciertos cerebros.
La curva de la muerte de los proyectos
Déjame que te dibuje el patrón, que seguro que lo reconoces.
Semana 1: ilusión a tope. Trabajas hasta las 2 de la mañana porque no puedes parar. No por disciplina. Porque tu cerebro no te deja parar. Es hiperfoco puro.
Semana 2: la emoción baja un poco. Pero sigues. Hay inercia. Y las decisiones fáciles ya están tomadas, así que ahora toca el trabajo de verdad.
Semana 3: las tareas se vuelven repetitivas. Ya no hay decisiones emocionantes que tomar. Es poner ladrillos. Y poner ladrillos no te da subidón. Te da pereza.
Semana 4: abres el proyecto, lo miras durante 30 segundos, lo cierras, y abres otra cosa. Cualquier otra cosa. Una nueva idea, quizá. Porque esa sí es emocionante.
Y el proyecto anterior se queda ahí. En un limbo. No lo cierras oficialmente. No dices "lo dejo". Simplemente dejas de abrirlo. Se convierte en un fantasma digital que ocupa espacio en tu disco duro y en tu conciencia.
Esto es exactamente lo que pasa cuando te cansas de todo muy rápido. No es el proyecto. Eres tú. O mejor dicho, es cómo tu cerebro procesa la repetición.
El cementerio de proyectos que tienes en el ordenador
No me digas que no tienes una carpeta (o varias) llena de proyectos empezados y nunca terminados.
El blog que ibas a lanzar. La app que ibas a desarrollar. El canal de YouTube que ibas a crear. El curso que ibas a grabar. La tienda online. El portfolio. El podcast.
Cada uno tiene su carpeta. Cada carpeta tiene entre 3 y 15 archivos. Algunos ni los recuerdas. Otros te dan un pinchazo de culpa cada vez que los ves.
Y cada vez que empiezas algo nuevo, ese cementerio crece. Y la culpa también.
Porque no es solo el proyecto abandonado. Es la historia que te cuentas: "nunca termino nada". "Soy un desastre." "No soy capaz de comprometerme con nada." Y esa historia se refuerza cada vez que abres una carpeta nueva con una idea genial que sabes, en el fondo, que va a acabar igual.
Es el mismo patrón que cuando la idea más brillante del mundo dura tres semanas. Brillante al principio. Invisible al final.
No es falta de talento. Es falta de dopamina.
A ver, esto es importante.
El talento no tiene nada que ver. He visto gente brillante con 200 proyectos empezados y cero terminados. Y gente con menos talento pero más constancia que ha sacado adelante cosas increíbles.
La diferencia no es la capacidad. Es el sistema de recompensa del cerebro.
Si tu cerebro necesita novedad para activarse, cada proyecto tiene una vida útil limitada. Porque la novedad se agota. Y cuando se agota, tu cerebro interpreta el proyecto como "aburrido" y deja de asignarle recursos. Así, sin más. Sin avisarte. Sin preguntarte.
Y tú te quedas ahí, mirando el proyecto, sabiendo que deberías seguir, pero sin la más mínima gota de energía para hacerlo. Porque la energía no era tuya. Era de la novedad. Y la novedad se fue.
Si esto te suena a que te cuesta más que a los demás, no estás loco. Hay cerebros que funcionan así. Y no es un defecto. Es una forma diferente de procesar la motivación que, eso sí, necesita estrategias distintas a las que usa todo el mundo.
Lo que ayuda (un poco)
No te voy a engañar. No hay una solución mágica que haga que todos tus proyectos lleguen al final. Pero hay cosas que reducen la tasa de muerte.
La primera: hacer el proyecto más pequeño. Brutalmente más pequeño. Si tu ventana de emoción dura tres semanas, el proyecto tiene que caber en tres semanas. No en tres meses. No "ya veremos cuánto tarda". Tres semanas. Punto.
La segunda: hacerlo público. Contarle a alguien que lo estás haciendo. Porque cuando solo depende de ti, abandonar es invisible. Cuando alguien sabe que lo estás haciendo, abandonar tiene un coste social. Y tu cerebro responde al coste social.
La tercera: aceptar que el 80% terminado es mejor que el 100% abandonado. Imperfecto pero publicado, que diría yo.
Y si este patrón no es solo con proyectos sino con todo (trabajo, relaciones, hobbies, rutinas), quizá valga la pena mirarlo con un profesional. Sin dramatismo. Solo por saber.
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