Me comparo con versiones de mí que nunca han existido
No te comparas con otros. Te comparas con una versión perfecta de ti que nunca existió. Y siempre pierdes. Porque contra lo imaginario no se puede ganar.
No me comparo con otros. Bueno, sí, a veces. Pero mi comparación favorita - la que de verdad me destruye - es conmigo mismo. Con versiones de mí que nunca han existido.
El yo que habría empezado antes. El yo que no habría dejado la carrera. El yo que habría aprovechado todas las oportunidades que dejé pasar. El yo que duerme 8 horas, hace ejercicio cada día, nunca procrastina y publica contenido de calidad sin esfuerzo.
Ese yo no existe. Nunca ha existido. Es un personaje de ficción que mi cerebro creó para torturarme. Y lo peor es que funciona. Porque cada vez que me comparo con esa versión perfecta imaginaria, la versión real - la que soy - siempre pierde.
Siempre.
¿Por qué me comparo con alguien que no existe?
Porque tu cerebro necesita un estándar contra el que medirse. Y como el estándar real - tus circunstancias, tu contexto, tus limitaciones - es complicado y matizado, tu cerebro lo simplifica. Crea un "yo ideal" que tiene todo lo bueno y nada de lo malo. Y te dice: "Mira. Así deberías ser."
Es como jugar contra un personaje de videojuego con todos los stats al máximo. Tú eres el personaje del tutorial, con las habilidades de inicio y el equipo básico. Y tu cerebro te dice que deberías estar al mismo nivel que el personaje legendario que nunca jugó la partida.
No es justo. No es lógico. Pero tu cerebro no hace justo ni lógico. Tu cerebro hace emocional. Y emocionalmente, compararte con tu yo ideal se siente como un fracaso constante.
Esto además se conecta con la desregulación emocional. Porque la comparación genera frustración. Y la frustración, en un cerebro que no regula bien, no se queda en "bueno, no soy perfecto y ya". Se convierte en "soy un desastre, no sirvo para nada, nunca voy a conseguirlo". La autoestima sube y baja y en los bajones es cuando el yo ideal aparece a recordarte todo lo que no eres.
¿Cómo dejo de compararme con una fantasía?
Lo primero: identificar al personaje. Cuando noto que estoy comparándome con alguien, paro y pregunto: "¿Esta persona existe? ¿Ha vivido mi vida? ¿Tiene mi cerebro?" Si la respuesta es no, la comparación no es válida. Es como comparar un tomate real con un tomate de anuncio. El de anuncio no es un tomate. Es una foto retocada de un tomate. Tu yo ideal no es tú. Es una foto retocada de ti.
Lo segundo: compararte con el tú de antes. No con el tú ideal. Con el tú real de hace un año. De hace 6 meses. De la semana pasada. ¿Sabes más? ¿Haces más? ¿Entiendes mejor cómo funciona tu cabeza? Si la respuesta es sí, estás avanzando. Da igual que no sea al ritmo del tú imaginario. Estás avanzando.
Lo tercero: aceptar que el yo ideal es una herramienta de tortura, no una meta. Porque nunca llegas. Nunca es suficiente. Siempre que avanzas, el yo ideal avanza más. Es un horizonte: cuanto más caminas hacia él, más lejos está.
Y lo cuarto: hablar de esto. No en tu cabeza, donde las reglas las pone tu cerebro y siempre pierdes. Fuera. Con alguien. Porque cuando dices en voz alta "me estoy comparando con una versión de mí que no existe" suena tan absurdo que a veces eso es suficiente para parar.
¿Por qué este patrón es tan difícil de romper?
Porque está ligado a cómo procesas las emociones. No es un pensamiento suelto. Es un patrón emocional. Cada vez que algo no sale como esperabas, tu cerebro activa la comparación. Cada vez que alguien te critica, el yo ideal aparece para recordarte que él no habría recibido esa crítica. Cada vez que fracasas, el yo ideal te dice que él no habría fracasado.
Y como tu cerebro siente las emociones con más intensidad que la media, cada comparación duele más. No es un pinchazo. Es un golpe. Y los golpes repetidos dejan marca.
Pero aquí viene lo que me costó años entender: el yo ideal no es una meta. Es un síntoma. Un síntoma de un cerebro que no se regula bien emocionalmente y que busca un estándar imposible para explicar por qué todo le cuesta más que a los demás.
Si esto te suena - si vives comparándote con alguien que no existe y siempre sales perdiendo - no es ambición. No es perfeccionismo sano. Es un patrón. Y los patrones se pueden entender con un profesional que te ayude a verlos desde fuera.
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