Mis emociones son todo o nada: no tengo punto medio
O estás eufórico o estás hundido. No hay término medio. Esa montaña rusa emocional no es capricho, es cómo funciona tu cerebro.
Lunes: me levanto con una energía absurda. Hago 15 cosas antes de las 12. Estoy convencido de que esta semana va a ser la mejor de mi vida. Todo tiene sentido. Todo es posible.
Martes: no me puedo levantar de la cama. No quiero hablar con nadie. Las 15 cosas del lunes me parecen una estupidez. Nada tiene sentido. Nada es posible.
Miércoles: sigo en el sofá pensando que soy un fraude.
No hay punto medio. No hay un "estoy regular". Es todo o nada. Euforia o derrumbe. Un interruptor que solo tiene dos posiciones y ninguna de las dos es cómoda.
¿Por qué no puedo sentir las cosas con normalidad?
A ver, vamos a por ello.
Tu cerebro tiene un sistema de regulación emocional. Es como un termostato. Cuando hace frío, enciende la calefacción. Cuando hace calor, la apaga. El objetivo es mantener la temperatura estable.
Ahora imagina que tu termostato está roto. En vez de regular la temperatura, la pone al máximo o al mínimo. 40 grados o 2 grados. Nada entre medio. Y tú, viviendo dentro de esa casa, intentando fingir que estás cómodo.
Pues eso es lo que le pasa a tu sistema emocional. No es que sientas cosas diferentes a los demás. Es que las sientes sin regulador. Todo llega a máxima potencia. Lo bueno es increíble. Lo malo es devastador. Y el paso de uno a otro puede ser instantáneo.
Un email bonito a las 10 de la mañana te pone en modo "la vida es bella". Un comentario raro a las 11 te hunde. Y a las 12 alguien te invita a comer y vuelves a estar arriba. Y así. Todo el puñetero día.
¿Esto le pasa a más gente?
Sí. A mucha más de la que crees.
Pero la mayoría no lo dice. Porque cuando le cuentas a alguien que pasas de euforia a tristeza en 20 minutos, te miran como si estuvieras loco. O te dicen que eres "muy inestable". O peor: que eres dramático.
Y no es drama. Es agotamiento.
Porque mantener esa montaña rusa todo el día cansa. Cansa de verdad. Cuando te acuestas después de un día de emociones extremas, estás reventado. No has hecho nada físico. No has corrido una maratón. Pero tu cerebro ha procesado más subidas y bajadas que una atracción de feria. Y eso, aunque nadie lo vea, es un desgaste brutal.
Yo he tenido días en los que he llorado, me he reído a carcajadas, me he enfadado y me he emocionado. Todo antes de comer. Y cuando alguien me pregunta "¿qué tal el día?", digo "bien" porque explicar lo que ha pasado dentro de mi cabeza requeriría un documental de tres horas.
Si alguna vez te ha pasado que te frustras con cosas pequeñas y luego te avergüenzas de tu propia reacción, es parte del mismo patrón. La intensidad no es proporcional al estímulo. Y la vergüenza que viene después es otra emoción a máximo volumen.
El problema no es lo que sientes, es la velocidad
Esto es clave.
La gente que te dice "yo también me pongo triste" no está mintiendo. Pero hay una diferencia. Su tristeza llega gradualmente, dura un rato y se va. La tuya aparece de golpe, te aplasta, y puede desaparecer igual de rápido para dar paso a otra cosa completamente distinta.
Es como comparar un río con un tsunami. Los dos son agua. Pero uno fluye y el otro arrasa.
Y lo jodido es que como las emociones cambian tan rápido, la gente de tu alrededor no puede seguir el ritmo. Estás feliz y de repente estás mal. Estás motivado y de repente no quieres saber nada. Y eso crea una desconexión enorme con los demás. Porque ellos no entienden qué ha cambiado. Y tú, muchas veces, tampoco.
Hay una razón neurológica por la que esto pasa. Tu cerebro funciona sin ese regulador de volumen emocional que la mayoría de gente tiene. Y eso no es una metáfora. Es literalmente un déficit en la corteza prefrontal que afecta a cómo procesas, modulas y respondes a las emociones.
¿Se puede salir de esto?
No se "sale" como quien sale de una habitación. Pero se gestiona.
El primer paso, y te lo digo por experiencia, es dejar de juzgarte por la intensidad de lo que sientes. No eres débil. No eres dramático. Tu cerebro tiene un sistema emocional que funciona con otras reglas. Y cuando aceptas eso, dejas de pelearte contigo y empiezas a trabajar con lo que hay.
¿Es fácil? No. ¿Funciona siempre? Tampoco. Pero es mejor que vivir pensando que eres un caso perdido emocional.
A muchas personas, entender por qué todo les cuesta más que a los demás les cambia la perspectiva. Porque resulta que lo del todo o nada no es un defecto de carácter. Es un síntoma de algo concreto. Y ponerle nombre a eso no lo arregla, pero te da un punto de partida que no tenías.
Esto no sustituye una evaluación profesional. Si las emociones extremas están afectando a tu vida, habla con un psicólogo o psiquiatra. No es debilidad. Es sentido común.
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