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Miedo al compromiso con TDAH: no es que no quieras, es que te aterra

Tu cerebro necesita novedad para funcionar y cada compromiso se siente como una jaula. No es que no quieras, es tu TDAH.

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Cada vez que algo va bien, tu cerebro empieza a buscar la salida.

No es que no quieras compromiso. Es que cada compromiso se siente como una jaula para un cerebro que necesita libertad y novedad para funcionar. Un contrato, una relación estable, un plan a tres meses vista. Para la mayoría de la gente eso es seguridad. Para ti es una cuenta atrás.

Y la gente que te quiere no lo entiende. Te miran y ven a alguien que "huye cuando las cosas se ponen serias". Lo dicen tus parejas, tus amigos, tu familia. Tú lo sientes diferente. No es que huyas. Es que algo dentro de ti se activa, una alarma que suena cada vez que una puerta se cierra, aunque sea la puerta correcta.

¿El TDAH provoca miedo al compromiso?

Sí. Pero no como crees.

No es que el TDAH te haga incapaz de comprometerte. Es que tu cerebro funciona con dopamina, y la dopamina se lleva fatal con la previsibilidad.

Cuando conoces a alguien, todo es nuevo. Cada conversación es un estímulo. Cada quedada es una sorpresa. Tu cerebro está en la gloria porque hay novedad constante, y la novedad es dopamina pura. Estás presente, atento, encantador. La otra persona piensa "nunca nadie me había escuchado así".

Y es verdad. Nadie la escuchaba así porque nadie tenía un cerebro tan hambriento de estímulo como el tuyo.

Pero pasan los meses. La relación se estabiliza. Las conversaciones se repiten. Las rutinas aparecen. Y tu cerebro, que antes estaba en modo fiesta, ahora está en modo "esto ya lo he visto". La dopamina baja. Y tú interpretas esa bajada como "ya no siento lo mismo".

No es que no sientas. Es que tu cerebro ha dejado de recibir la recompensa que necesita para mantener la atención. Y sin atención, todo se desmorona.

¿Por qué saboteas lo que va bien?

Porque tu historial te ha enseñado algo muy concreto: vas a fallar.

Piénsalo. Llevas años empezando cosas y dejándolas a medias. Proyectos, hobbies, relaciones. Has visto el patrón tantas veces que ya lo esperas. Y si vas a fallar de todas formas, tu cerebro prefiere ser él quien decide cuándo. Controlar la caída en vez de sufrirla.

Es un mecanismo de defensa. No es que no quieras quedarte. Es que quedarte significa exponerte a un fracaso que sientes inevitable. Esa sensibilidad al rechazo tiene nombre y es una de las compañeras más fieles del TDAH. Tu cerebro anticipa el dolor y decide salir antes de que llegue.

El resultado es que la otra persona ve a alguien que se enfría de repente. Que empieza a poner distancia. Que busca excusas para no hacer planes. Y tú por dentro estás hecho un lío porque una parte de ti quiere quedarse y otra parte está gritando "sal de aquí antes de que la cagues".

¿Es miedo al compromiso o es necesidad de novedad?

Las dos cosas. Y se alimentan mutuamente.

Tu cerebro necesita novedad para funcionar. Eso es neurología, no elección. Cuando llevas tres meses en una relación y ya no hay sorpresas, tu cerebro te empieza a vender la idea de que necesitas algo diferente. No porque lo necesites de verdad, sino porque es la forma que tiene de buscar dopamina.

Y como cada vez que has intentado quedarte en algo estable has sentido esa inquietud, has aprendido a asociar estabilidad con malestar. Compromiso con aburrimiento. Rutina con cárcel.

Pero aquí va la parte importante: ese patrón no es una condena. Es un patrón. Y los patrones se pueden entender, gestionar e incluso usar a tu favor.

El truco no es forzarte a aguantar como si fueras un soldado. El truco es entender que tu cerebro necesita novedad dentro de la estabilidad. No cambiar de relación cada seis meses. Sino meter novedad dentro de la relación que tienes. Planes diferentes, conversaciones reales, proyectos compartidos que os saquen del modo automático.

¿Qué pasa cuando no lo gestionas?

Un ciclo. Siempre el mismo.

Fase uno: entusiasmo. Todo es increíble, intenso, vibrante. Tu hiperfoco se activa y la otra persona piensa que ha encontrado a la persona más atenta del mundo.

Fase dos: la novedad baja. Empiezas a sentir inquietud. Te distraes más. Estás pero no estás. La otra persona lo nota y pregunta "¿estás bien?". Tú dices que sí, pero algo ha cambiado.

Fase tres: el sabotaje. Empiezas a buscar fallos. A magnificar problemas pequeños. A reaccionar desproporcionadamente por cosas que no lo merecen. Tu cerebro está justificando la salida que ya ha decidido.

Fase cuatro: la ruptura. Y la culpa. Porque una parte de ti sabe que no era para tanto. Que la otra persona no hizo nada malo. Que el problema estaba dentro, no fuera.

Y luego el ciclo se repite con alguien nuevo. Y otra vez. Y otra vez.

Hasta que un día te das cuenta de que no es mala suerte, no es que no encuentres "a la persona adecuada". Es que tu cerebro tiene un patrón que necesitas entender para poder romperlo.

¿Se puede tener una relación estable con TDAH?

Claro que sí. Pero hay que hacer cosas que otros no necesitan hacer.

Primero: saberlo. Entender que ese impulso de salir corriendo no es intuición. Es tu cerebro buscando estímulo. No le hagas caso automáticamente.

Segundo: hablarlo. La comunicación en pareja cuando tienes TDAH funciona diferente. Necesitas poder decir "oye, estoy en modo inquieto, no tiene que ver contigo" sin que la otra persona se hunda. Y para eso, la otra persona tiene que entender cómo funciona tu cerebro.

Tercero: meter novedad a propósito. No esperar a que aparezca sola. Planes nuevos, retos compartidos, cosas que os saquen de la rutina antes de que la rutina te saque a ti de la relación.

Y cuarto: perdonarte. Porque has pasado años pensando que eras incapaz de comprometerte, que había algo roto en ti, que no eras de relaciones largas. Y no era eso. Era un cerebro que nadie te explicó cómo funcionaba.

No eres incapaz de compromiso. Solo necesitas un compromiso que tu cerebro pueda sostener. Y eso empieza por entender que no estás roto. Funcionas diferente.

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