Mi rutina perfecta existe solo en mi cabeza: nunca la ejecuto
Tienes la rutina perfecta diseñada al detalle. Sabes exactamente qué hacer. Pero nunca la haces. El problema no es el plan.
Tengo la rutina perfecta. La tengo en la cabeza, completa, con horarios, con bloques, con tiempo para todo. Me levanto a las 7, medito 10 minutos, desayuno tranquilo, trabajo 4 horas en bloque, como sano, hago ejercicio, leo 30 minutos antes de dormir. Perfecta.
Nunca la he hecho.
Ni un solo día. Ni uno. Existe en mi cabeza como una película preciosa que nunca se ha rodado. Y lo más raro es que no me falta información. Sé exactamente qué hacer. Cuándo hacerlo. Cómo hacerlo. Lo tengo todo. Excepto la parte de hacerlo.
¿Por qué puedo planificar la rutina perfecta pero no ejecutarla?
Porque planificar y ejecutar son dos funciones completamente diferentes del cerebro. Planificar es imaginar. Es creativo. Es divertido. Te sientes productivo mientras lo haces. Tu cerebro recibe dopamina por cada decisión que toma, por cada bloque que coloca, por cada detalle que añade.
Ejecutar es otra historia. Ejecutar es repetir. Es aburrido. Es hacer lo mismo cada día sin variación. Y para ciertos cerebros, la repetición es como kryptonita. No es que no puedan. Es que algo dentro se apaga cuando la tarea no tiene novedad.
Y aquí viene lo jodido: la rutina perfecta, por definición, es repetitiva. Es hacer lo mismo cada día. Que es exactamente lo que tu cerebro no puede hacer.
O sea, te has diseñado una trampa. Has creado el plan perfecto para un cerebro que no es el tuyo.
La fantasía de la rutina
Hay algo que nadie dice sobre las rutinas: la fantasía de tenerla es más placentera que la realidad de hacerla.
Cuando imaginas tu rutina perfecta, todo funciona. Te levantas motivado. No hay imprevistos. No hay días malos. No hay ese momento en el que suena la alarma y tu cuerpo entero dice "no".
Pero la realidad tiene ruido. Tiene noches que no duermes bien. Tiene días que no tienes ganas de nada. Tiene momentos en los que el sofá te llama con una fuerza que la meditación no puede competir.
Y como la realidad nunca se parece a la fantasía, nunca empiezas. O empiezas y fallas el primer día y piensas "bueno, mañana empiezo de cero". Y mañana pasa lo mismo. Y pasado. Y así hasta que la rutina perfecta lleva seis meses viviendo solo en tu cabeza.
Es lo mismo que pasa cuando empiezas algo y no lo terminas. El inicio es emocionante. La continuación no.
El perfeccionismo invisible
Hay otra capa. Y es el perfeccionismo.
Si tu rutina es perfecta, tiene que ejecutarse perfectamente. Si un día fallas un bloque, ya no es perfecta. Y si ya no es perfecta, ¿para qué seguir? Es como una racha en una app de hábitos. Llevas 15 días y fallas uno. La racha se rompe. Y tu cerebro dice: "Bueno, ya da igual."
Es un todo o nada. O hago la rutina completa o no hago nada. Y como hacer la rutina completa es casi imposible, el resultado es nada. Cada día.
Esto es lo que yo llamo el perfeccionismo invisible. No parece perfeccionismo porque no estás obsesionado con los detalles. Pero estás obsesionado con el todo. Si no puedes hacerlo perfecto, no lo haces.
¿Qué funciona en lugar de la rutina perfecta?
La rutina imperfecta. La que tiene huecos. La que permite fallar sin hundirse.
En vez de "me levanto a las 7, medito, desayuno, trabajo 4 horas", prueba con "me levanto y hago una cosa". Una. La que sea. La que puedas. Algunos días será meditar. Otros será sentarte a trabajar directamente con el café en la mano. Otros será simplemente ducharte y ya.
Porque no puedes ser constante de la forma que te han vendido. No puedes hacer lo mismo cada día sin variación. Pero puedes tener una intención diaria flexible que se adapte a cómo estás ese día.
La rutina perfecta de tu cabeza no va a pasar. Nunca. Y cuanto antes lo aceptes, antes puedes empezar con algo que sí funcione. Algo feo. Algo imperfecto. Algo que existe fuera de tu cabeza.
Y si llevas años diseñando rutinas que nunca ejecutas, y cada vez que fallas te sientes peor, y la distancia entre lo que quieres hacer y lo que puedes hacer te parece enorme, hay una razón. Y no es que seas vago.
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