Mi nevera es un cementerio de comida que compré con buena intención
Espinacas del lunes convertidas en líquido verde el viernes. Tu nevera es donde las buenas intenciones van a morir.
Espinacas compradas el lunes con la mejor intención. Viernes: líquido verde en el fondo de la bolsa. Tu nevera es donde las buenas intenciones van a morir.
Esa bandeja de pollo que ibas a cocinar el martes. Esos aguacates que compraste pensando "esta semana como sano". Ese yogur griego que iba a ser tu snack saludable. Todo ahí. Caducado. Pudriéndose. Esperando a que abras la nevera con cara de culpa.
Porque la intención era real. Las ganas estaban. El plan existía. Pero entre "comprar la comida" y "cocinarla" hay un abismo que tu cerebro no sabe cruzar.
¿Por qué compras comida sana que acaba pudriéndose en la nevera?
Porque el momento de la compra y el momento de la cocina son dos universos distintos en tu cabeza.
En el supermercado estás motivado. Ves las espinacas y piensas "esta semana como bien". Ves el salmón y piensas "el martes me hago algo rico". Tu cerebro está en modo planificación, que es un modo que funciona de maravilla. El problema es que planificar y ejecutar son dos funciones completamente distintas. Y tu cerebro es un crack planificando y un desastre ejecutando.
El lunes compras. El martes, cuando toca cocinar, tu cerebro dice "pizza". Porque cocinar implica sacar ingredientes, cortarlos, encender el fuego, seguir una receta, no distraerte mientras algo se hace, limpiar después. Son 87 micro-tareas. Y pedir pizza es una.
Tu cerebro siempre va a elegir la opción con menos pasos. Es matemática pura. No es pereza. Es optimización cerebral mal calibrada.
Y esto es algo que le cuesta a mucha más gente de la que parece, aunque nadie hable de ello porque da vergüenza admitir que tiras comida todas las semanas.
El ciclo de la comida con buenas intenciones
Esto funciona siempre igual. Siempre. Es un bucle que se repite cada semana como si fuera un programa informático:
Paso 1: Vas al supermercado motivado. Compras verduras, proteínas, cosas que requieren cocinar.
Paso 2: Llegas a casa. Guardas todo en la nevera con orgullo. "Esta semana sí."
Paso 3: El primer día que toca cocinar, algo más fácil gana. Sobras. Un sándwich. Pedir comida.
Paso 4: El segundo día, lo mismo. Y la comida de la nevera se va empujando hacia el fondo.
Paso 5: El viernes, abres la nevera y hay un ecosistema ahí dentro. Cosas que ya no reconoces. Bolsas con líquido. Olores que te hacen cerrar la puerta rápido.
Paso 6: Tiras la mitad de lo que compraste. Con culpa.
Paso 7: El lunes, vuelves al supermercado. Motivado. "Esta semana sí."
Y se repite. Cada semana. Sin excepción.
No es que no te guste cocinar. Es que cocinar tiene demasiados pasos.
Mira, voy a ser honesto. A mí me gusta comer bien. De verdad. Disfruto una buena comida casera. El problema no es el resultado. El problema es el proceso.
Cocinar una cena sencilla requiere: decidir qué hacer, comprobar que tienes los ingredientes, sacarlos, prepararlos, cocinarlos en el orden correcto, vigilar tiempos, y limpiar después. Para una persona cuyo cerebro gestiona bien las secuencias, esto es automático. Para un cerebro que pierde el hilo entre "sacar la cebolla" y "cortarla", es una carrera de obstáculos.
Porque lo que pasa es esto: empiezas a cocinar. Sacas la cebolla. Vas a por la tabla de cortar. De camino ves que hay un mensaje en el móvil. Contestas. Vuelves. La cebolla sigue ahí pero ya no recuerdas si ibas a cortarla o a freírla primero. Y esa micro-confusión es suficiente para que todo el proceso se vuelva agotador.
Es exactamente lo mismo que pasa con las cosas simples que deberían ser fáciles y no lo son. Cocinar, en teoría, no es difícil. En la práctica, para ciertos cerebros, es un maratón cognitivo.
La culpa del desperdicio
Esto es algo de lo que no se habla lo suficiente.
Porque no es solo que la comida se pudra. Es que cada vez que tiras algo de la nevera, hay una capa de culpa. "Podría haberlo cocinado." "Cuánto dinero he tirado." "Otra vez." Y esa culpa se acumula semana tras semana.
Y encima, la culpa no ayuda. No te motiva a cocinar más la semana siguiente. Solo te hace sentir peor mientras compras las espinacas del lunes otra vez. Sabiendo, en el fondo, que probablemente van a acabar igual.
Es un bucle donde la culpa alimenta la parálisis y la parálisis alimenta la culpa. Clásico.
El supermercado como trampa de dopamina
Aquí hay algo interesante que a mí me costó entender.
Comprar en el supermercado es satisfactorio. Elegir productos, planificar menús, imaginar la semana. Es una actividad con novedad, con estímulo visual, con recompensa inmediata. Tu cerebro la disfruta.
Cocinar el martes no tiene nada de eso. Es repetitivo, es lento, requiere atención sostenida. Cero dopamina. Y tu cerebro funciona con dopamina como combustible.
O sea que compras motivado porque la compra da dopamina. Pero no cocinas porque cocinar no la da. Y el resultado es una nevera llena de comida que nadie va a tocar hasta que huela mal.
No es fuerza de voluntad. Es bioquímica. Tu cerebro persigue la novedad y evita lo tedioso. Y cocinar un martes por la noche es tedioso, aunque el resultado sea bueno.
Lo que ayuda (sin convertirte en chef)
No te voy a decir "aprende batch cooking" o "planifica menús semanales" porque si pudieras hacer eso consistentemente, no estarías leyendo esto.
Lo que a mí me funciona es lo más simple del mundo: comprar cosas que no necesitan cocinarse. O que requieren un solo paso.
Ensaladas en bolsa que solo hay que abrir. Fruta que se come directamente. Hummus y pan. Huevos, que en 5 minutos están hechos. Latas de atún. Cosas donde el paso de "nevera" a "plato" sea uno, no quince.
Es menos glamuroso que un plato de salmón con verduras asadas. Pero es comida real que realmente comes en vez de comida ideal que realmente tiras.
Y si algún día, de forma espontánea, te da por cocinar algo elaborado, pues genial. Pero no cuentes con que tu capacidad de mantener hábitos dure más de dos días. Monta tu sistema para los días normales, no para los días buenos.
Tu nevera no dice nada sobre tu valor como persona
Te lo digo por experiencia. Cada vez que abro la nevera y veo comida que hay que tirar, la primera reacción es "soy un desastre". Pero no es eso.
Es un cerebro que funciona mejor con tareas simples, con pasos mínimos, con gratificación inmediata. Y cocinar no cumple ninguna de esas condiciones.
No lo digo como diagnóstico. No soy médico. Pero si tu nevera es un cementerio semanal y esto te suena a algo más que simple pereza, puede valer la pena consultarlo con un profesional. Solo para entender qué está pasando.
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