Mi coche es una extensión de mi desorden: botellas, papeles y misterios

Botellas vacías, un cargador que no es mío, recibos de 2019. Mi coche es un museo del caos. Y por mucho que lo limpie, vuelve al mismo estado.

Si quieres saber cómo es mi cabeza por dentro, mira el asiento de atrás de mi coche.

Ahora mismo, mientras escribo esto, hay: tres botellas de agua vacías, un cable USB que no sé de dónde ha salido, dos recibos de un supermercado de hace no sé cuántos meses, una sudadera que lleva ahí desde septiembre, un bote de protector solar medio derretido, y algo que creo que en su día fue un plátano.

No estoy orgulloso de esto. Pero tampoco voy a fingir que me sorprende.

¿Cómo llega un coche a ese estado?

No es de golpe. Eso es lo más traicionero. No es que un día decidas convertir tu coche en un vertedero. Es gradual.

Llegas, abres una botella de agua, la terminas, y en vez de llevártela cuando sales del coche, la dejas en el posavasos. "La cojo luego." Luego compras otra. Otra botella al posavasos. Recibes un recibo. Lo dejas en la guantera. Otro recibo. Otro. Un día necesitas la sudadera, te la quitas, la tiras al asiento de atrás. "La subo a casa cuando aparque."

Y así, botella a botella, recibo a recibo, sudadera a sudadera, tu coche se convierte en una versión comprimida de todos los "luego" que no han llegado nunca.

Es como un cementerio de intenciones. Cada objeto es un "lo recojo después" que nunca se recogió.

Lo limpio a fondo y en dos semanas está igual

Esta es la parte que me frustra de verdad.

Porque no es que no lo limpie. Lo limpio. A veces me da el punto y paso dos horas dejándolo impecable. Aspiro. Froto. Tiro bolsas enteras de basura. Lo dejo oliendo a nuevo. Me siento en el asiento del conductor y pienso "esta vez lo voy a mantener así".

Dos semanas después, miro hacia atrás y hay una botella.

Una semana más. Tres botellas y un recibo.

Un mes. El museo del caos ha vuelto a abrir sus puertas.

Mi mesa es un caos pero sé dónde está todo. Con el coche es lo mismo. Bueno, casi. En el coche a veces encuentro cosas que no sabía que había perdido, lo cual es una especie de lotería involuntaria.

El problema no es que no sepa mantener un coche limpio. El problema es que mi sistema de mantenimiento no funciona. No tengo el mecanismo de "acabo de usar algo, lo devuelvo a su sitio". Lo que tengo es el mecanismo de "acabo de usar algo, lo suelto donde estoy y sigo con mi vida".

¿Te suena esto?

A ver, si tu coche está impecable, probablemente no entiendas nada de lo que estoy diciendo. Pero si estás leyendo esto y estás asintiendo, sigue leyendo.

Porque el coche desordenado no es el problema. Es el síntoma.

El desorden en el coche es la manifestación física de algo que pasa en tu cabeza. No priorizas las tareas de mantenimiento. No porque no te importen. Sino porque tu cerebro no las registra como urgentes. Y lo que no es urgente, para ciertos cerebros, no existe.

Recoger una botella vacía no es urgente. Subir la sudadera a casa no es urgente. Tirar los recibos no es urgente. Y como no es urgente, tu cerebro lo aparca. Literalmente.

Esto enlaza directamente con por qué dices cinco minutos y tardas cuarenta. No es que no quieras ser rápido o limpio o organizado. Es que tu percepción del tiempo y de las prioridades funciona diferente.

¿Y esto tiene alguna explicación o soy un cerdo?

No eres un cerdo. Bueno, a lo mejor un poco. Pero el desorden crónico tiene una explicación que va más allá de "eres un guarro".

Mi psicóloga me explicó que la dificultad para mantener el orden es uno de los patrones más comunes en adultos con TDAH. No el desorden puntual. El crónico. El que se repite aunque limpies. El que vuelve siempre al mismo estado por mucho esfuerzo que pongas.

¿Por qué? Porque mantener el orden requiere una cosa que se llama mantenimiento ejecutivo. Es la capacidad de tu cerebro de hacer pequeñas tareas de organización de forma automática y constante. Coger la botella, tirarla, coger el recibo, guardarlo. Son microtareas que la mayoría de la gente hace sin pensar.

Pero si tu función ejecutiva no va fina, esas microtareas no se automatizan. Cada una de ellas requiere un esfuerzo consciente que tu cerebro decide que no merece la pena hacer en ese momento. Y al acumularse, el resultado es el caos.

No te estoy diagnosticando. Si tu coche es un desastre pero el resto de tu vida está en orden, probablemente no pasa nada. Pero si el desorden se extiende a tu casa, tu escritorio, tu mochila, tus cajones, y llevas así toda la vida, igual merece la pena que lo mire alguien que sepa de esto.

Porque todo te cuesta más que a los demás. Y eso incluye mantener limpio un puñetero coche.

¿Qué hago? ¿Vivo con el caos?

Puedes. No te voy a juzgar. Yo lo hice durante años.

Pero si quieres que el coche no se convierta en un museo cada dos semanas, esto es lo que a mí me funciona:

Una bolsa. Una bolsa de basura pequeña colgada del asiento del copiloto. Cuando acabo una botella, va a la bolsa. Cuando recibo un recibo, va a la bolsa. Cuando la bolsa está llena, la tiro al salir del coche.

Es un sistema tan simple que me da vergüenza que funcione. Pero funciona porque no requiere esfuerzo ejecutivo. No tengo que decidir dónde va cada cosa. Todo va al mismo sitio. Y cuando el sitio está lleno, se vacía entero.

La clave es crear sistemas que trabajen con tu cerebro, no contra él. No vas a cambiar cómo funciona tu cabeza. Pero puedes crear atajos que hagan que el desorden no se acumule tan rápido.

Lo peor es cuando alguien se sube a tu coche

Hay un momento de terror puro que conoce toda persona con el coche desordenado: cuando alguien tiene que sentarse en el asiento de atrás.

"Espera, espera, que quito unas cosas." Y empiezas a meter botellas debajo del asiento, a empujar papeles a un lado, a coger la sudadera y lanzarla al maletero como si fueras un portero parando un penalti.

La otra persona finge que no ha visto nada. Tú finges que es algo excepcional. "Normalmente no está así." Mentira. Siempre está así. Pero la vergüenza social te lleva a limpiar en treinta segundos lo que no has limpiado en tres semanas.

Y eso es lo que más me fastidia. Puedo hacerlo. Sé hacerlo. En medio minuto el asiento está presentable. Pero mi cerebro no activa esa acción a no ser que haya una razón social inmediata para hacerla.

Sin testigos, el caos puede crecer indefinidamente. Con testigos, soy el tío más rápido recogiendo un coche que vas a conocer en tu vida.

Es lo que hay.

Tu coche no es un desastre. Es un espejo.

Si tu coche es una extensión de tu desorden, no necesitas más disciplina. Necesitas un sistema que tu cerebro pueda seguir sin esfuerzo.

Y si ese desorden se repite en cada área de tu vida desde que tienes memoria, igual el problema no eres tú.

¿Quieres saber si hay algo más detrás de tu desorden crónico? Tengo un test de 43 preguntas que te da un punto de partida. Gratis, 10 minutos, sin diagnóstico. Solo para empezar a entender por qué, por mucho que limpies, todo vuelve al mismo estado. Hacer el test de TDAH

Relacionado

Sigue leyendo