Me siento un estorbo en los planes de grupo aunque me inviten
Te invitan, pero sientes que sobras. Que están siendo educados. Que en el fondo preferirían que no fueras. No es inseguridad normal. Es un patrón que tiene explicación.
Te invitan a la cena. Dices que sí. Y desde el segundo en que aceptas, tu cerebro empieza a trabajar en contra.
"Seguro que me han invitado por compromiso." "Si no voy, ni lo notan." "Voy a ser el que sobra en la conversación." "Mejor digo que no puedo y me quedo en casa."
Y lo peor es que sabes que es irracional. Sabes que te han invitado porque quieren que estés. Pero saberlo y sentirlo son dos cosas completamente distintas.
¿Por qué sientes que sobras aunque te incluyan?
Porque tu cerebro no funciona con la información racional. Funciona con la emocional. Y la información emocional que lleva acumulada durante años es: "No encajas. Molestas. Estás de más."
No porque sea verdad. Sino porque cada interacción social donde te perdiste en la conversación, donde dijiste algo fuera de contexto, donde te quedaste callado sin saber qué aportar, donde te fuiste antes de tiempo porque ya no podías más, cada una de esas situaciones dejó un residuo emocional.
Y ese residuo se ha convertido en una convicción: "En los grupos, yo sobro".
Es como una base de datos corrupta. La información que tiene no es exacta, pero es la única que tu cerebro consulta cuando le preguntas "¿debería ir a esta quedada?".
El ensayo mental de todos los desastres posibles
Imagínate que antes de cada evento social, tu cerebro hiciera un simulacro completo de todo lo que puede salir mal.
Pues eso es lo que pasa.
Te imaginas llegando y no sabiendo dónde sentarte. Te imaginas intentando unirte a una conversación y que nadie te escuche. Te imaginas diciendo algo raro y que todo el mundo se quede en silencio. Te imaginas siendo el que se queda solo mirando el móvil mientras los demás hablan entre ellos.
Y todo eso pasa antes de llegar. Antes de que ocurra nada real. Tu cerebro ya ha vivido el fracaso social completo en modo simulación. Y cuando llegas al evento, ya estás agotado.
Es como cuando no puedes estar en grupos grandes mucho tiempo. Solo que aquí el agotamiento empieza antes de llegar. La fiesta ya ha terminado en tu cabeza cuando físicamente ni ha empezado.
La sensibilidad al rechazo que nadie te explicó
A ver, lo que voy a contarte no es excusa para no hacer planes. Es contexto para que entiendas qué pasa dentro.
En adultos con TDAH hay un componente que se llama disforia sensible al rechazo. Que básicamente significa que tu cerebro reacciona al rechazo, real o percibido, con una intensidad desproporcionada.
No estamos hablando de "me molesta un poco que no me inviten". Estamos hablando de "me invitan y mi cerebro decide que en realidad no me quieren ahí y me hundo emocionalmente antes de cruzar la puerta".
Esto no aparece como criterio diagnóstico oficial en el DSM-5, pero la comunidad clínica que trabaja con TDAH en adultos lo reconoce ampliamente. Y es una de las razones por las que tantas personas con TDAH tienen dificultades sociales que no se explican por timidez ni por ansiedad social clásica.
Es una hipersensibilidad a cualquier señal, real o imaginaria, de que no eres bienvenido.
Lo que me ayuda a ir aunque mi cerebro diga que no
Mira, voy a ser honesto. Hay planes a los que no voy. Hay eventos que cancelo. Hay veces que mi cerebro gana y me quedo en casa.
Pero también he aprendido un par de cosas.
La primera: la sensación de estorbo no es información fiable. Mi cerebro me dice que sobro en todos los grupos. Literalmente en todos. Si le hiciera caso, no iría a ningún sitio nunca. Así que he aprendido a tratarlo como ruido de fondo, no como dato real.
La segunda: ir a las cosas con un plan de escape. Saber que puedo irme cuando quiera. Que no tengo que quedarme hasta el final. Que ir una hora ya cuenta. Eso baja la presión lo suficiente para que pueda decir que sí.
Y la tercera: rodearme de gente que entiende que a veces necesito desaparecer. Que no interpretan mi "me voy pronto" como desinterés. Que saben que volver a casa no significa que me aburra de ellos, sino que mi cerebro necesita recargarse.
Sé que todo me cuesta más que a los demás. Incluido ir a una cena con amigos. Y aceptar eso, sin machacarte por ello, es el primer paso para dejar de sentirte un estorbo.
Esto no es un diagnóstico. Si te reconoces aquí y te está afectando a la vida social, habla con un psicólogo o psiquiatra. Ellos pueden evaluarlo de verdad.
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