Me obsesiono con algo durante dos semanas y después desaparezco

Dos semanas de intensidad brutal. Luego silencio total. No es que te aburras, es que tu cerebro ya exprimió toda la novedad.

Dos semanas. Ese es mi número mágico.

Dos semanas de no poder hablar de otra cosa. De investigar hasta las tres de la mañana. De comprarme cosas, apuntarme a foros, devorar vídeos, seguir cuentas nuevas. Dos semanas de convencer a todo mi entorno de que esto es lo mío, de que esta vez he encontrado mi cosa, de que esto va a ser diferente.

Y luego, como si alguien hubiera apagado un interruptor, nada.

No es que me canse gradualmente. No es un declive suave. Es un apagón. Un día estoy completamente metido y al siguiente no puedo ni mirar lo que ayer me tenía en llamas. Y lo peor no es el abandono. Lo peor es la cara de la gente que ya se esperaba exactamente esto.

¿Por qué siempre son dos semanas y no dos meses?

Porque tu cerebro tiene un depósito de novedad. Y dos semanas es más o menos lo que tarda en vaciarse.

Pues mira, funciona así. Cuando descubres algo nuevo que te emociona, tu cerebro suelta dopamina a lo bestia. Todo es interesante. Todo es estimulante. Cada descubrimiento dentro de esa cosa nueva genera un subidón. Pero los descubrimientos van disminuyendo. El día 3 aprendes cosas nuevas. El día 7 ya intuyes cómo funciona todo. El día 12 ya no hay sorpresas. Y sin sorpresas, tu cerebro cierra el grifo.

Es como esos juegos de móvil que los primeros días son adictivos y a las dos semanas los desinstales sin pensarlo. El juego no ha cambiado. Tú tampoco. Simplemente tu cerebro ya exprimió todo lo que podía exprimir y necesita la siguiente fuente de novedad.

Y eso crea un patrón que se repite con una precisión casi cómica.

La colección de obsesiones de dos semanas

Voy a ser honesto. Mi lista de obsesiones abandonadas da para un museo.

Ajedrez. Dos semanas estudiando aperturas como si me fuera la vida en ello. Me compré un tablero, me descargué tres apps, empecé a ver partidas comentadas a las once de la noche. Hoy ese tablero está debajo de una pila de ropa.

Cocina japonesa. Dos semanas comprando ingredientes que no sabía pronunciar. Salsas raras, un cuchillo especial, arroz de sushi. Hice ramen casero una vez. Una. El cuchillo sigue en su caja.

Escalada. Dos semanas yendo al rocódromo con una intensidad que asustaba a los habituales. Compré magnesio, zapatos de escalada, vi 47 vídeos sobre técnica. No he vuelto a pisar el rocódromo desde octubre.

Y lo gracioso es que durante esas dos semanas, yo estaba CONVENCIDO de que esto era diferente. Que esta vez era real. Que esta obsesión iba a durar. Y si alguien me hubiera dicho "en quince días no vas a acordarte", me habría ofendido.

Esto no es ser caprichoso

A ver, que lo digo porque alguien tiene que decirlo.

No eres caprichoso. No eres superficial. No te falta compromiso. Lo que te falta es un cerebro que mantenga el interés cuando la novedad se acaba.

Hay personas que pueden pasar de la fase de emoción a la fase de constancia sin despeinarse. Su cerebro les da suficiente energía base para seguir incluso cuando ya no hay subidón. El tuyo no. El tuyo funciona a base de picos: todo o nada. Intensidad máxima o abandono total.

Y no es algo que elijas. Es como tener más inicios que finales en todo lo que haces. No es una decisión consciente. Es que tu sistema de recompensa tiene unas reglas que no se alinean con la constancia a largo plazo.

Si llevas años saltando de obsesión en obsesión con este patrón tan marcado, vale la pena mirarlo con un profesional. No para justificarte. Para entender qué está pasando ahí dentro y qué puedes hacer con ello. Esto no sustituye un diagnóstico, pero reconocer el patrón es el primer paso.

¿Se puede hacer algo cuando llega el apagón?

No te voy a engañar. No puedes evitar que el apagón llegue. Pero puedes prepararte para él.

Lo que a mí me funciona es reducir todo a lo mínimo cuando noto que la emoción baja. Si estaba haciendo dos horas al día, paso a quince minutos. Si estaba investigando como un poseso, paso a hacer una sola cosa pequeña. El objetivo no es mantener la intensidad del día 1. Es no desaparecer del todo.

Porque el problema no es que baje la intensidad. El problema es que cuando baja, tú interpretas que "ya no te interesa" y lo dejas por completo. Y a lo mejor sí te interesa. Solo que ya no tienes el subidón para demostrártelo.

Quince minutos feos valen más que cero minutos bonitos. Ya te digo.

Y una cosa más: deja de juzgarte por el patrón. El patrón existe. No va a desaparecer porque te enfades con él. Pero si dejas de gastarte energía en culparte, te queda más energía para entender por qué todo te cuesta más que a los demás.

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