Me entusiasmo fácil y me canso igual de fácil
Tu entusiasmo es explosivo. Pero dura lo que dura un mechero. Y no entiendes por qué se apaga tan rápido cada vez.
Mi novia ya lo sabe. Cuando llego a casa con los ojos brillantes diciendo "tengo una idea increíble", ella sonríe y asiente. Pero no se emociona. Porque sabe que en dos semanas esa idea increíble estará en el mismo sitio que las anteriores: en ninguna parte.
Y lo peor es que tiene razón.
Porque mi entusiasmo es real. Genuino. Intenso. Cuando algo me emociona, me emociona a un nivel que la mayoría de gente no entiende. No es un "mola, voy a probarlo". Es un "esto es lo mejor que me ha pasado, esto va a cambiarlo todo, necesito empezar ahora mismo".
Y tres semanas después, nada. Cero. Como si nunca hubiera pasado.
¿Por qué soy tan intenso al principio?
Porque mi cerebro no tiene punto medio. Es todo o nada. On u off. Volcán o desierto.
Cuando algo me interesa, mi cerebro le dedica toda su atención. Toda su energía. Todas sus neuronas apuntan al mismo sitio. Es como si un foco de 10.000 vatios iluminara una sola cosa. Y en ese momento, esa cosa es lo único que existe en el mundo.
Eso, en la fase de inicio, es un superpoder. Aprendes rápido. Ejecutas rápido. Produces a una velocidad que asusta. La gente te mira y piensa "este tío es un animal".
Y lo eres. Durante exactamente el tiempo que dura la novedad.
Porque cuando la novedad se agota, el foco se apaga. No gradualmente. De golpe. Y te quedas a oscuras preguntándote qué ha pasado. Ayer estabas obsesionado. Hoy no puedes ni mirar la carpeta del proyecto.
No es que se te haya pasado el interés. Es que tu cerebro ha cortado el suministro de dopamina. Y sin dopamina, el foco no se enciende. Da igual cuánto quieras encenderlo.
El problema del mechero
Imagínate que tu entusiasmo es un mechero. Encenderlo es facilísimo. Una chispa y tienes llama. Pero la llama dura lo que dura el gas. Y tú tienes un mechero con muy poco gas.
Las primeras semanas, la llama es enorme. Ilumina todo. Calienta todo. Es impresionante. Pero se consume rápido. Y cuando se apaga, estás en la misma oscuridad que antes. Solo que ahora con un mechero vacío y la sensación de que has vuelto a fallar.
Y la solución que se te ocurre es buscar otro mechero. Una idea nueva. Un proyecto nuevo. Un hobby nuevo. Algo que encienda la chispa otra vez.
Y así vives. Saltando de mechero en mechero. De chispa en chispa. Sin que ninguna llama dure lo suficiente para terminar lo que empezaste.
Lo que la gente ve vs. lo que tú sientes
Desde fuera pareces un caprichoso. Alguien que se emociona con todo y se compromete con nada. Alguien inconstante. Alguien que va de flor en flor.
Desde dentro es muy diferente. Desde dentro hay frustración. Mucha. Porque tú sabes que cada entusiasmo era real. Que cada ilusión era genuina. Que no estabas jugando ni fingiendo.
Y lo que más duele es la pregunta: "¿Es que nada me importa lo suficiente?"
Sí. Te importa. El problema es que importar no es suficiente para tu cerebro. Tu cerebro necesita estímulo además de importancia. Y cuando el estímulo desaparece, la motivación se esfuma aunque el proyecto siga importándote.
Eso no es ser superficial. Es tener un sistema de recompensa que funciona con reglas distintas.
El patrón que se repite en todo
Entusiasmo explosivo. Ejecución brutal. Desaceleración. Abandono. Culpa. Nuevo entusiasmo para compensar. Repetir.
Si solo te pasara con una cosa, sería una anécdota. Pero te pasa con todo. Hobbies. Proyectos. Rutinas. Relaciones con actividades. A veces hasta con personas.
Y cuando un patrón se repite en todas las áreas de tu vida, no es un problema de las áreas. Es un problema del mecanismo que hay detrás. De la forma en que tu cerebro gestiona la motivación, el interés y el esfuerzo sostenido.
Ese mecanismo, en muchos adultos, tiene nombre: TDAH. No el de la hiperactividad. El del sistema de dopamina que funciona a explosiones. El de obsesionarse, devorar y abandonar en ciclo.
No soy tu médico. Esto no sustituye una evaluación profesional. Pero si tu vida entera es una secuencia de entusiasmos que mueren jóvenes, quizá merece la pena explorar por qué.
Lo que cambió para mí
Cuando entendí qué me pasaba, no dejé de entusiasmarme. Eso no se puede ni se debe apagar. Lo que cambié fue lo que hago con el entusiasmo.
Ahora, cuando me viene una oleada de emoción, no corro a ejecutar. Espero. Apunto la idea. Le doy 48 horas. Si al tercer día sigo con ganas, empiezo. Y empiezo sabiendo que en tres semanas voy a necesitar inyecciones de estímulo para no abandonar.
No es perfecto. Algunos proyectos siguen muriendo. Pero muchos menos que antes.
Entender por qué me cuesta todo más que a los demás me permitió dejar de luchar contra mi naturaleza y empezar a trabajar con ella. Y eso no tiene precio.
Si este post te ha resonado, hice un test de 43 preguntas. Diez minutos. Gratis. No es un diagnóstico, pero es un primer paso para entender por qué tu entusiasmo funciona así. Pruébalo aquí.
Sigue leyendo
No puedo controlar el llanto cuando me frustro
Te frustras y se te saltan las lágrimas sin querer. En el trabajo, en una discusión, haciendo algo simple. No es debilidad.
No puedo calcular cuánto tarda una tarea: siempre es el doble
Dices 'una hora' y tardas tres. No es que seas lento. Tu cerebro calcula el tiempo en una dimensión paralela donde los relojes no existen.
Los 21 días para crear un hábito no funcionan conmigo
Te dijeron que 21 días bastan para crear un hábito. Llevas años intentándolo y nunca has llegado ni al día 15.
Pierdo la concentración entera si me llega un solo mensaje
Un mensaje. Uno solo. Y tu cerebro abandona lo que estaba haciendo para irse a investigar quién te ha escrito y por qué.