No puedo hacer papeleos ni trámites aunque sean obligatorios
Los papeleos llevan semanas sobre tu mesa y no puedes empezar. No es dejadez. Hay una razón concreta por la que tu cerebro los evita como si fueran kryptonita.
El plazo lleva tres semanas encima de tu mesa. O de tu escritorio. O en esa carpeta que abriste una vez y cerraste antes de que tuvieras tiempo de leer el título.
Lo sabes. Lo tienes pendiente. Y no puedes empezar.
No porque no quieras. No porque no te importe. Sino porque cada vez que te sientas a hacerlo, tu cerebro hace algo que no tiene ningún sentido: se congela, busca cualquier excusa para escapar, y de repente te encuentras reorganizando el cajón de los bolígrafos o mirando el techo pensando en si los pingüinos tienen frío.
El trámite sigue ahí. Tú, sin haberlo tocado.
¿Por qué los papeleos son tan difíciles de empezar?
Mira, esto no te pasa con todo. Hay cosas que haces sin problema. Cosas que incluso disfrutas. Pero hay una categoría de tareas que tu cerebro trata como si fueran veneno activo: los trámites administrativos, el papeleo, la declaración de la renta, los formularios, los emails a gestorías, los papeles del banco, los seguros médicos, la renovación de no sé qué.
Y el patrón siempre es el mismo.
Lo dejas. Lo dejas más. Lo dejas hasta que ya no puedes dejarlo más. Y entonces, con la presión de la fecha límite respirándote en el cuello, lo haces en una especie de modo pánico a las once de la noche, sudando y maldiciéndote por haber esperado tanto.
O no lo haces. Y te toca pagar una multa o renovar en condiciones peores o llamar a alguien que te mira con cara de "pero si te avisé con un mes de antelación".
Sí. Ya sé. Ya lo sé.
Pero eso no explica por qué pasa. Solo describe lo que pasa.
El problema no es que seas un desastre (o no solo eso)
Esto es lo que me costó años entender. Yo pensaba que era mala persona de tipo administrativo. Que simplemente no estaba hecho para gestionar cosas de adulto. Que todo el mundo odia el papeleo pero lo hace, y yo era el único que lo odiaba y encima no lo hacía.
Spoiler: no era el único.
El asunto es que los trámites tienen una combinación de características que, para ciertos cerebros, resulta literalmente imposible de procesar sin ayuda externa.
Primera: no tienen recompensa inmediata. Cuando terminas, la recompensa es "no pasa nada malo". O sea, el premio es la ausencia de consecuencia negativa futura. Eso para tu cerebro no es un premio. Eso es nada. Tu cerebro quiere dopamina ahora, no la promesa de que dentro de seis meses no te llamará Hacienda.
Segunda: son aburridos de una forma específica. No es el aburrimiento de esperar el autobús. Es el aburrimiento activo de tener que procesar información que no te importa, en un formato que no te estimula, para conseguir un resultado que nadie celebrará. Es como pedirle a alguien que no sabe leer que revise un contrato de treinta páginas. Pero en lugar de no saber leer, lo que falta es el interés que hace que el cerebro se enganche.
Tercera: requieren función ejecutiva a raudales. Hay que reunir documentos. Hay que leerlos en orden. Hay que entender qué va antes. Hay que acordarse de qué falta. Hay que hacer llamadas. Hay que volver a los documentos. Todo eso necesita una cosa que en algunos cerebros no funciona igual que en otros: la capacidad de organizarse, priorizar y ejecutar pasos sin emoción ni urgencia que lo empuje.
Si te cuesta todo más que a los demás y nunca has entendido por qué, el papeleo suele ser el ejemplo más claro.
La trampa del "ya lo haré cuando esté de humor"
El problema de esperar a estar de humor para hacer un trámite es que ese humor no llega nunca.
Porque el humor viene de hacer cosas que te gustan. O de estar descansado. O de tener la cabeza despejada. Y resulta que el trámite que llevas semanas aplazando ocupa espacio mental aunque no lo estés haciendo activamente. Es como tener una ventana de Chrome abierta que no ves pero que consume RAM. Tu cabeza sabe que está ahí. Y eso pesa.
Entonces esperas a estar de humor para hacerlo. No llega el humor. El trámite sigue ahí consumiendo energía mental. Tienes menos energía. Menos ganas. Menos humor aún.
Es un bucle perfecto para no hacer nada.
Y la solución que normalmente se da es "hazlo aunque no tengas ganas". Sí, muy bien. Muchas gracias. Útilísimo. Como decirle a alguien con miedo a las alturas que se tire del trampolín más alto. Técnicamente correcto. Prácticamente inútil si no entiendes qué está pasando por dentro.
Si dejas todo para el último momento exactamente por esto, no es un problema de carácter. Es un patrón que tiene una lógica interna bastante coherente.
¿Por qué funciona la presión del plazo y no la razón?
Aquí está lo interesante.
Porque hay algo que sí funciona. Cuando el plazo es mañana. Cuando ya no hay escape. Cuando la consecuencia es real e inmediata. Ahí sí puedes hacer el trámite. De golpe. Con una concentración que en otras circunstancias no aparece.
Y entonces piensas: "Ves, si puedo. Solo necesito presión."
Y sí. Técnicamente es verdad. Pero eso no es una solución. Eso es sobrevivir. Porque llevar tu vida entera de trámite en trámite siempre al límite, siempre con la adrenalina del último momento, es agotador. Y a veces el último momento llega y ya se ha cerrado el plazo y hay consecuencias reales.
Lo que pasa es que la urgencia genera dopamina de emergencia. Y esa dopamina hace lo que en condiciones normales no ocurre: activa el sistema suficiente para ejecutar. No es que de repente tengas más voluntad. Es que tu cerebro por fin tiene el combustible que necesitaba todo el tiempo.
El problema es que depender de la urgencia para funcionar no escala. Y cansa. Y hay cosas que se hacen difíciles de una forma que no tiene sentido hasta que entiendes cómo procesa tu cabeza.
Quizá tu cerebro necesite otro tipo de arranque
Esto que te cuento no es solo "mala gestión del tiempo". Es un patrón muy concreto que tiene nombre.
Se llama dificultad en la activación de tareas. Y es uno de los síntomas nucleares de cómo funciona el TDAH en adultos. No el TDAH de los niños que se caen de la silla. El TDAH silencioso de adultos que sacan sus cosas adelante a fuerza de bruta, siempre tarde, siempre agotados, siempre preguntándose por qué a otros parece costarles menos.
Puede que sea tu caso. Puede que no. Yo no soy médico, y si sospechas que algo más profundo está pasando, lo correcto es hablarlo con un psicólogo o psiquiatra. No con un tío de internet.
Pero sí te puedo decir que entender por qué tu cerebro funciona así cambia las preguntas que haces. Y cambiar las preguntas es el primer paso.
Si quieres un punto de partida, tengo un test de 43 preguntas que te lleva unos diez minutos. Gratis. No es diagnóstico, pero te ayuda a entender si tu cerebro funciona con otras reglas. Puedes hacerlo aquí.
Sigue leyendo
No puedo ver una película entera sin mirar el móvil
Abres Netflix, pones la película, y a los diez minutos ya estás mirando el móvil sin saber por qué. No es vicio. Tiene otra explicación.
Reuniones con TDAH: tu cerebro se apaga a los 7 minutos
No es que no te importe la reunión. Es que tu cerebro con TDAH desconecta a los 7 minutos y el resto es supervivencia pura.
La disciplina no funciona conmigo y no sé qué usar en su lugar
Llevas años intentando ser disciplinado y no hay manera. No es falta de voluntad. Tu cerebro necesita otro combustible para arrancar.
Necesito que alguien me obligue a empezar para poder hacerlo
Si solo arrancas cuando alguien te presiona o hay una fecha límite, no eres vago. Tu cerebro necesita un empujón que no sabe generarse solo.