Me despierto cansado todos los días sin importar cuánto duerma
Duermes 8 horas y te levantas destrozado. No es el colchón. No es la almohada. Tu cerebro lleva trabajando toda la noche sin tu permiso.
Ocho horas. Nueve si me pongo generoso. Y me despierto como si hubiera corrido una maratón durmiendo.
No es que me acueste tarde. No es que me desvele el móvil. Es que da igual lo que haga. Me da igual acostarme a las once, a las doce, o a las dos de la mañana. Me da igual dormir con tapones, sin luz, con la temperatura perfecta. El resultado es el mismo: me despierto hecho polvo.
Y lo peor no es el cansancio. Lo peor es no tener una explicación que darle a nadie.
¿Te has hecho analíticas y sale todo "bien"?
Porque eso es lo que pasa, ¿no? Vas al médico. Te miran. Te hacen un análisis de sangre. Sale todo perfecto. Hierro bien. Tiroides bien. Vitaminas bien. Y te dicen "pues descanse más" con una sonrisa que te dan ganas de enmarcarla.
Y tú piensas: "Tío, si duermo más me voy a despertar peor".
Porque ya lo has probado. Has probado dormir más. Has probado dormir menos. Has probado la melatonina, el magnesio, la infusión de valeriana que te recomendó tu madre con la fe ciega de quien recomienda un santo para el dolor de espalda.
Nada funciona.
Y empiezas a pensar que quizá eres tú. Que quizá eres una persona que nació para estar cansada. Que tu destino biológico es arrastrarte por las mañanas como un zombie en pijama.
¿Por qué estoy cansado si he dormido?
A ver, vamos a lo importante. Porque aquí hay algo que casi nadie te explica.
Dormir no es lo mismo que descansar. Puedes dormir ocho horas y que tu cerebro no haya descansado ni quince minutos. Porque hay cerebros que no paran. Ni durmiendo.
Me explico. Hay personas cuyo cerebro funciona como una lavadora en centrifugado constante. De día procesa 87 pensamientos por minuto. Y de noche, cuando debería apagarse, baja a 86. O sea, prácticamente nada.
Sueños vívidos. Microdespertares que ni recuerdas. Una actividad mental que sigue ahí, corriendo en segundo plano como esas pestañas de Chrome que llevas abiertas desde 2019.
El cuerpo duerme. El cerebro no.
Y te levantas sintiéndote como si no hubieras dormido. Porque tu cerebro, efectivamente, casi no ha parado.
¿Y si no es un problema de sueño sino de cómo funciona tu cabeza?
Mira, te lo digo por experiencia. Yo me pasé años pensando que tenía un problema de sueño. Probé de todo. Rutinas. Apps. Horarios fijos. Pantallas fuera una hora antes. El combo completo de consejos que te dan en cualquier artículo de salud.
Y nada. Seguía despertándome como si hubiera dormido con un martillo neumático al lado.
Hasta que entendí una cosa. Mi cansancio matutino no era un problema de sueño. Era un problema de regulación. Mi cerebro no regula bien la energía. No sabe cuándo parar, cuándo encenderse, cuándo bajar revoluciones. Es como un coche que tiene el acelerador pegado: puedes soltar el pie, pero sigue acelerando.
Y cuando descubrí que eso tenía nombre, que era un patrón típico en personas con TDAH, se me cayó la venda de los ojos de una manera que no te puedo explicar.
Porque no es pereza. No es que seas vago aunque sabes que no lo eres. Es que tu sistema de regulación no funciona como el de la mayoría.
El DSM-5 incluye las dificultades de regulación del sueño como algo asociado al TDAH en adultos. No es un efecto secundario raro. Es una de las cosas más comunes. Y casi nadie te lo dice.
La trampa de compensar con café
Aquí viene lo bueno. Porque claro, si te despiertas hecho polvo todos los días, ¿qué haces? Café. Dos cafés. Tres cafés. Energéticos. Lo que sea para funcionar.
Y al principio funciona. Pero luego necesitas más. Y más. Y llegas a un punto en que el café te mantiene despierto pero no te activa. Estás ahí, con los ojos abiertos, mirando la pantalla, técnicamente despierto pero sin poder hacer absolutamente nada productivo.
Y por la noche el café que te tomaste a las cuatro no te deja dormir bien. Y al día siguiente te despiertas peor. Y tomas más café. Y el ciclo sigue.
Es un bucle que se retroalimenta y que no se arregla con "dormir más" porque el problema nunca fue dormir poco.
¿Qué hago si me pasa esto?
No te voy a engañar. No hay un truco mágico que lo solucione de un día para otro.
Pero sí hay cosas que a mí me han ayudado.
La primera: dejar de luchar contra las mañanas. Si tu cerebro tarda en arrancar, no programes lo importante a las ocho. Pon lo fácil primero y lo que requiere energía cuando tu cerebro ya haya calentado. A mí me funciona meter las tareas que necesitan concentración a media mañana, no a primera hora.
La segunda: movimiento. No hablo de ir al gym a las seis de la mañana como un marine. Hablo de moverte un poco. Caminar. Subir escaleras. Lo que sea. El movimiento enciende cosas que el café no enciende.
La tercera, y esta es la más importante: aceptar que te cuesta más que a los demás hacer lo mismo. No porque seas débil. No porque te falte voluntad. Sino porque tu cerebro gasta más energía en tareas que a otros les salen en automático. Y eso se nota. Sobre todo por las mañanas.
Esto no sustituye el consejo de un profesional. Si te despiertas cansado todos los días de tu vida, habla con un psicólogo o psiquiatra. De verdad. No con tu madre, no con Google, con un profesional.
Pero al menos, si algo de esto te suena, ya sabes que no estás solo. Y que no es el puñetero colchón.
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