La culpa de procrastinar me paraliza más que la tarea

Procrastinas, te sientes fatal por ello, y eso te impide ponerte. El bucle culpa-parálisis es real y tiene solución. No pasa por esforzarte más.

Llevas dos horas sin hacer nada. Y los últimos cuarenta minutos no los has pasado procrastinando. Los has pasado pensando en lo mucho que estás procrastinando.

Eso es lo importante aquí. No la tarea. El bucle.

Porque hay un momento en el que dejas de tener un problema de concentración y empiezas a tener un problema de culpa. Y la culpa, resulta, es mucho peor que la tarea original. La tarea al menos tiene un final. La culpa se retroalimenta sola hasta que no puedes ni mirarte a la cara.

¿Por qué la culpa te paraliza más que la propia tarea?

A ver, vamos por partes.

Cuando todavía no has procrastinado, la tarea da pereza, sí. Pero hay una parte de ti que sabe que si te pones cinco minutos, algo sale. Hay un camino visible. Hay una acción posible.

Cuando llevas una hora procrastinando, el problema ya no es la tarea. El problema eres tú. Y con "tú" como problema, no hay camino visible. No puedes hacer nada con "soy un desastre". No hay acción posible. Así que el cerebro sigue buscando salida, no la encuentra, y vuelve a flagelarte. Y tú ahí, en bucle.

Es como si en vez de resolver el agujero en la pared, te pasaras la tarde convenciéndote de que eres un albañil de mierda. El agujero sigue ahí. Y ahora encima estás hundido.

Te lo digo por experiencia. Hay días que he llegado a las siete de la tarde sin haber hecho nada, y en ese momento la culpa ya era tan grande que era literalmente más fácil no hacer nada que enfrentarme a lo que había dejado de hacer. O sea, el peso emocional de "mira todo lo que no has hecho hoy" pesaba más que cualquier tarea pendiente.

Y eso no es pereza. Es parálisis.

El error de pensar que sentirte mal te motivará

La lógica que usamos la mayoría es esta: si me siento suficientemente mal por procrastinar, dejaré de hacerlo.

No funciona así. Para nada.

Hay un estudio de Fuschia Sirois y Timothy Pychyl que lleva años circulando en el mundo de la psicología de la productividad y que dice algo que al principio suena contraintuitivo: la gente que más se perdona a sí misma después de procrastinar es la que menos repite el patrón. No la que más se castiga. La que se perdona.

O sea, la culpa no es el antídoto de la procrastinación. Es el combustible.

Y tiene todo el sentido del mundo cuando lo piensas. Cuando te sientes mal contigo mismo, tu cerebro entra en modo amenaza. Y en modo amenaza, lo último que quieres hacer es enfrentarte a algo difícil. Quieres escapar. Y escapar tiene un nombre muy concreto: mirar el móvil, poner una serie, buscar en Google algo que no necesitas. O sea, procrastinar más.

El ciclo es perfecto en lo horrible que es. Procrastinas, te culpas, la culpa te da más razones para escapar, escapas procrastinando, y vuelves al punto uno. Este bucle de procrastinar y odiarse por ello es de los más difíciles de romper precisamente porque tiene una lógica interna que parece tener sentido.

"Si me castico lo suficiente, aprenderé." Spoiler: no aprendes. Te hundes.

Lo que sí funciona (que no es lo que esperas)

Mira, no te voy a vender que hay un sistema mágico que elimina la procrastinación para siempre. Eso sería mentira y ya hay suficientes gurús de productividad haciéndolo.

Lo que sí puedo decirte es lo que me ha funcionado a mí cuando estoy metido en el bucle.

Primero: reconocer que estoy en el bucle. Parece una tontería, pero no lo es. Hay una diferencia enorme entre "llevo dos horas sin trabajar" y "llevo dos horas en el bucle culpa-parálisis y eso es un estado emocional, no un problema de productividad". El segundo te da información. El primero solo te da más razones para flagelarte.

Segundo: reducir la tarea a lo ridículo. No "tengo que escribir el informe". "Tengo que abrir el documento y escribir el título". Solo eso. Una cosa tan pequeña que la culpa no pueda acoplarse a ella. Porque la culpa necesita peso. Si la tarea pesa nada, la culpa no tiene dónde agarrarse.

Tercero: y esto es lo más raro de decir pero es lo más real, perdonarte. No porque seas especial o porque no hayas hecho nada malo. Sino porque la culpa no te sirve. No te hace mejor. No te hace más productivo. Solo te paraliza más. Y tú ya tienes suficientes obstáculos en la cabeza como para añadir uno más.

¿Y si el problema no es solo la procrastinación?

Aquí quiero ser honesto contigo.

Hay una diferencia entre procrastinar porque la tarea da pereza (le pasa a todo el mundo) y procrastinar de manera crónica, con una culpa que parece desproporcionada, y una parálisis que no cede aunque quieras ponerte.

Si lo segundo te suena más a tu caso, vale la pena que te lo preguntes. Por qué todo te cuesta más que a los demás tiene respuestas que van más allá de la fuerza de voluntad. Hay cerebros que necesitan cosas distintas para arrancar. Más estímulo. Más novedad. Urgencia real. Y cuando no las tienen, no procrastinan porque quieran. Procrastinan porque su sistema de regulación no arranca de otra manera.

A mí me diagnosticaron TDAH a los treinta y tantos. Y una de las cosas que más me costó aceptar era que mi procrastinación no era flojera. Era un síntoma de algo que funcionaba diferente en mi cabeza. Por qué procrastino todo aunque sé lo que tengo que hacer tenía una respuesta, y no era "porque soy un vago".

Esto no sustituye un diagnóstico profesional. Si sospechas que hay algo más detrás de tu procrastinación crónica, habla con un psicólogo o psiquiatra. Yo solo te cuento lo que me pasó a mí.

El agujero en la pared sigue ahí. Pero puedes empezar a taparlo.

La culpa no tapa agujeros. Solo te distrae de la herramienta.

Si llevas un rato en el bucle, para. Respira. Reconoce que estás en un estado emocional, no en un problema de productividad. Y dale a tu cerebro la tarea más pequeña que puedas imaginar. No para ser productivo. Solo para salir del bucle.

El resto ya viene solo.

Si todo esto te resuena más de lo que quisieras, puede que valga la pena que hagas el test de TDAH. Son 43 preguntas, gratis, y 10 minutos que pueden darte más claridad de la que esperas. No es un diagnóstico, pero es un buen punto de partida para dejar de pensar que eres vago y empezar a hacerte mejores preguntas.

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