Me cuesta filtrar los ruidos de fondo: oigo todo y no puedo ignorar nada
El frigorífico, la conversación de al lado, un grifo. Los oyes todos a la vez y no puedes hacer nada por evitarlo.
Estoy sentado en una cafetería intentando trabajar.
A mi izquierda hay una pareja discutiendo sobre si la tortilla de patata lleva cebolla o no. A mi derecha, una tía hablando por teléfono con su madre sobre los precios del dentista. Detrás de mí, el sonido de la cafetera haciendo ese ruido de vapor que parece que va a despegar. Y en el fondo, una canción de Rosalía que lleva repitiéndose desde que llegué.
Todo a la vez. Todo al mismo volumen. Todo compitiendo en mi cabeza por el primer puesto.
Y mientras tanto, yo aquí, delante del portátil, leyendo la misma línea de código por cuarta vez porque no consigo que mi cerebro la procese. Porque mi cerebro está demasiado ocupado procesando la polémica de la cebolla, los precios del dentista y el estribillo de Rosalía. Todo a la vez. Sin que yo lo haya pedido.
Bienvenido a mi filtro de sonido. O sea, a mi falta de filtro de sonido.
¿Alguna vez alguien te ha dicho "yo no oigo nada"?
Porque esa frase me vuelve loco.
Estás con alguien, concentrado en algo, y de repente dices: "¿No oyes eso?" Y la otra persona te mira como si estuvieras inventando sonidos. "¿El qué?" El grifo. El grifo que gotea en la cocina. Llevamos aquí treinta minutos y el grifo ha estado goteando todo el tiempo y yo no he podido pensar en otra cosa.
Y la otra persona no lo oye. O lo oye y no le importa. Porque su cerebro ha decidido, automáticamente, sin esfuerzo, que ese sonido no es relevante y lo ha puesto en segundo plano. Como el sistema de cancelación de ruido de unos auriculares. Detecta lo que no importa y lo silencia.
Pues yo no tengo eso.
Mi cerebro no tiene cancelación de ruido. Todo entra. Todo se procesa. Todo compite por atención. El frigorífico, el reloj de la pared, un coche pasando por la calle, el vecino cerrando una puerta tres pisos más arriba. Para mi cerebro, todos esos sonidos son igual de importantes que la voz de la persona que me está hablando.
Y antes de que alguien diga "eso es tener buen oído": no. No es tener buen oído. Es no poder decidir qué escuchas y qué ignoras.
¿Por qué unas personas filtran y otras no?
Esto tiene una explicación que va más allá de "eres sensible a los ruidos".
La mayoría de las personas tienen un sistema de filtrado de estímulos que funciona de forma automática. Es como un portero de discoteca para tu cerebro: decide qué entra y qué se queda fuera. Lo relevante pasa. Lo irrelevante no. Y todo esto ocurre sin que tú hagas nada.
En algunos cerebros, ese portero no funciona bien. O está de vacaciones permanentes. O deja entrar a todo el mundo sin mirar la lista. Y el resultado es que tu cerebro tiene que procesar todo. Cada sonido, cada estímulo, cada variación del ambiente. Sin filtro. Sin prioridad.
Imagina que estás en un restaurante y puedes oír todas las conversaciones de todas las mesas a la vez, con el mismo volumen, como si todas te estuvieran hablando a ti. Mientras intentas tener tu propia conversación. Mientras intentas decidir qué pedir del menú. Mientras la música del restaurante suena al mismo nivel que todo lo demás.
Eso es mi día a día.
Y no es solo el sonido. Es cualquier estímulo. El movimiento de alguien en la periferia de mi visión. La etiqueta que me roza el cuello. La temperatura de la habitación. El olor del café del compañero de al lado. Todo compite. Todo entra. Y mi capacidad de concentrarme en nada disminuye con cada estímulo que se suma a la fiesta.
¿Las soluciones obvias?
Auriculares con cancelación de ruido. Sí, ayudan. Mucho. Los míos son probablemente la mejor inversión que he hecho en productividad. Pero no siempre puedes llevarlos. No puedes llevar auriculares en una reunión. No puedes llevarlos en una cena con amigos. No puedes llevarlos mientras hablas con alguien que te está contando algo importante.
"Trabaja en un sitio silencioso." Genial consejo. Pero el silencio total tampoco funciona. Porque en el silencio, los sonidos pequeños se amplifican. Un silencio absoluto y de repente el tic-tac de un reloj suena como un martillo pilón. Y encima, en el silencio perfecto, mi propio cerebro se convierte en el generador de ruido, como le pasa a la gente que se distrae con sus propios pensamientos.
Así que ni mucho ruido ni poco ruido. El punto ideal es un ruido constante, uniforme, sin picos, sin sorpresas. Ruido blanco. El ruido de una cafetería llena pero sin voces distinguibles. Eso funciona. Porque le da al cerebro un fondo estable que tapar y entonces sí puede concentrarse en lo que importa.
Pero, de nuevo, eso es un parche. Funciona, sí. Pero no trata la raíz de por qué tu cerebro procesa los estímulos así.
¿Qué tiene que ver esto con algo más grande?
Cuando descubrí por qué me pasaba esto, me sentí un idiota por no haberlo visto antes.
Todo tenía sentido. La sensibilidad al ruido. La incapacidad de filtrar. La sobrecarga sensorial. La fatiga mental de estar en sitios con mucha gente. Todo era parte del mismo paquete.
Se llama dificultad de procesamiento sensorial, y es uno de los rasgos menos conocidos del TDAH. Sí, TDAH otra vez. Que no es solo no poder estar quieto ni despistarte. También es que tu cerebro no filtra estímulos como el de los demás. Según estudios recientes, hasta un 70% de adultos con TDAH reportan hipersensibilidad a estímulos sensoriales, especialmente auditivos.
Y esto no es "ser especial" ni "tener superpoderes". Es agotador. Es ir por la vida con el volumen del mundo puesto al máximo sin poder bajarlo. Es llegar a casa después de un día normal y estar destrozado porque tu cerebro ha estado procesando cuatro veces más información que el de cualquier otra persona a tu lado.
Pero también es la explicación de por qué sientes que te cuesta todo más que a los demás. Porque literalmente estás haciendo más esfuerzo. Más procesamiento. Más gestión interna. Y nadie lo ve.
Esto no es un diagnóstico. Es mi experiencia y la de mucha gente que conozco. Si te ves reflejado, el paso correcto es hablar con un profesional.
¿Y ahora?
Si mientras leías esto has oído el frigorífico de tu casa, o el ruido de un coche, o esa tubería que hace un sonido raro cuando nadie está usando el agua, bienvenido.
No eres raro. No eres exagerado. Tu cerebro simplemente no tiene filtro de ruido. Y ahora ya sabes por qué.
Si quieres entender un poco mejor cómo funciona tu cabeza, hay un test rápido que puede ser un buen primer paso. No es un diagnóstico, pero puede ayudarte a ver cosas que llevan mucho tiempo sin nombre.
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