Me cuesta cumplir horarios fijos aunque tenga voluntad
Te pones alarmas, te prometes que mañana será diferente, y vuelves a llegar tarde. No es falta de ganas. Tu cerebro puede tener un problema real con el tiempo.
Te pones tres alarmas. Sales de casa con tiempo. Llegas a la reunión con 5 minutos de margen.
Una vez.
Al día siguiente llegas 10 minutos tarde. Al siguiente, 15. A la semana ya estás en modo "perdona, es que me ha pillado el tráfico" cuando en realidad estabas sentado en el sofá a las 8:55 sin entender cómo habían pasado 40 minutos desde que te levantaste.
Y lo peor no es llegar tarde. Lo peor es que cada noche antes de dormir piensas "mañana me organizo mejor". Y lo piensas de verdad. No es una promesa vacía. Lo crees. Y al día siguiente, exactamente lo mismo.
¿Por qué no puedes llegar a tiempo si de verdad quieres?
Porque el problema no es la voluntad. Nunca lo ha sido.
El problema es que tu cerebro tiene una relación muy rara con el tiempo.
No estoy hablando de que seas despistado. Estoy hablando de algo más profundo. Para la mayoría de la gente, el tiempo es una cosa lineal. Saben que si tienen que estar en un sitio a las 10, tienen que salir a las 9:30, y tienen que empezar a prepararse a las 9:00. Y su cerebro les va diciendo "faltan 45 minutos", "faltan 30", "faltan 15", y actúan en consecuencia.
Para ti, el tiempo funciona de otra manera. Hay dos estados: "tengo tiempo de sobra" y "voy tarde". No hay nada en medio. No hay un proceso gradual de urgencia creciente. Hay un interruptor que está en "tranqui" hasta que de repente está en "pánico".
Y cuando el interruptor salta, ya es demasiado tarde.
La ilusión de que "me da tiempo"
Te cuento una cosa que me pasa constantemente.
Me despierto a las 8. Tengo que estar en un sitio a las 10. Son dos horas. Dos horas es un montón de tiempo. Y mi cerebro se relaja.
Y como se relaja, decido que me da tiempo a mirar el móvil un momento. Y a preparar un café con calma. Y a responder un mensaje que tengo pendiente. Y a ver ese vídeo de YouTube que dura 12 minutos. Y cuando levanto la vista del móvil son las 9:40.
No he desayunado. No me he duchado. Y tengo 20 minutos para hacer todo lo que mi cerebro calculó que haría en dos horas.
Esto no es pereza. Esto es ceguera temporal. Tu cerebro no percibe el paso del tiempo de forma precisa cuando no hay una señal externa que lo fuerce a medirlo. Es como intentar calcular distancias sin un metro. Puedes aproximar, pero vas a fallar. Mucho.
Las alarmas no funcionan como crees
"Ponte alarmas." Es el consejo universal. Y mira, sí, las alarmas ayudan. Pero no son la solución que la gente cree que son.
Porque una alarma suena y tu cerebro dice "vale, la oigo, pero espera que termine esto primero". Y terminar eso te lleva 20 minutos más. Y la alarma ya no está sonando. Y volvemos al punto de partida.
Las alarmas funcionan para gente que cuando suena la alarma, se levanta y actúa. Pero si tu cerebro no responde a las alarmas con acción inmediata - y ya te digo, si no te activas hasta que hay presión real, las alarmas se convierten en ruido de fondo.
Yo tengo configuradas 14 alarmas diarias en mi móvil. No es broma. 14. Y aun así llego tarde a cosas. Porque el problema no es recordar que tengo que ir. El problema es que entre el recordatorio y la acción hay un abismo que mi cerebro no sabe cruzar sin urgencia.
¿Y si no fuera solo "ser impuntual"?
A ver, que esto es lo que a mí me cambió la perspectiva.
Existe un concepto que se llama "ceguera al tiempo" o time blindness. No es un término coloquial que me he inventado. Es un fenómeno documentado en la investigación sobre TDAH. El Dr. Russell Barkley, que es probablemente el investigador más importante del mundo en TDAH, llama al TDAH "una discapacidad en la gestión del tiempo" más que un trastorno de atención.
Y tiene todo el sentido. Porque la impuntualidad crónica, la incapacidad para estimar cuánto tarda una tarea, la tendencia a subestimar siempre el tiempo necesario para hacer algo. Todos esos patrones son síntomas centrales del TDAH en adultos.
No es que seas mala persona por llegar tarde. No es que no respetes el tiempo de los demás. Es que tu cerebro procesa el tiempo de una manera diferente. Y hasta que no lo sabes, vives culpándote por algo que no controlas con pura voluntad.
Esto no lo digo como diagnóstico, que no me corresponde. Pero si llevas toda la vida peleando con los horarios y ninguna estrategia te funciona, quizá el problema no sea la estrategia.
Cosas que ayudan de verdad (no solo alarmas)
Lo que mejor me funciona es hacer que el tiempo sea visible. Literal. Tengo un reloj analógico en la pared de mi escritorio. No digital. Analógico. Porque el reloj analógico te deja ver el tiempo como una cosa física. Ves cuánto espacio queda entre ahora y la hora a la que tienes que salir. Eso es algo que un reloj digital no te da.
Otra cosa: preparar todo la noche anterior. No confiar en mi yo de la mañana para nada. Mi yo de la mañana es un desastre total que vive en una burbuja temporal. Si la ropa no está preparada, si la mochila no está hecha, si la dirección no está buscada, la mañana se va a complicar.
Y la tercera: sobreestimar siempre el tiempo. Siempre. Si creo que tardo 15 minutos, calculo 30. Si creo que tardo una hora, calculo hora y media. Porque mi estimación interna siempre, siempre, siempre se queda corta.
No es perfecto. Sigo llegando tarde a cosas. Pero la diferencia entre no saber qué te pasa y entender por qué te cuesta más que a los demás es enorme. Porque al menos dejas de pensar que eres un desastre y empiezas a pensar que necesitas adaptar tu sistema a cómo funciona tu cerebro.
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