Me cuesta aceptar feedback sin sentirme atacado

Mi jefe me dice que mejore algo y yo lo proceso como un ataque personal. No es que sea frágil. Es que mi cerebro amplifica las críticas a un volumen.

"Oye, este informe tiene algunos errores. ¿Puedes revisarlo?"

Eso fue lo que me dijo mi jefe. Seis palabras. Tono normal. Sin mala intención. Un feedback rutinario que cualquier persona procesa como "vale, lo reviso" y sigue con su día.

Lo que mi cerebro procesó fue: "Eres un incompetente. Has fallado. Todo el mundo lo ha visto. Probablemente piensan que eres un fraude. Deberías plantearte si este trabajo es para ti."

Todo eso en dos segundos. De "tiene algunos errores" a "soy un desastre como profesional" en un parpadeo.

¿Por qué el feedback me afecta tanto?

A ver, esto no es ser frágil. No es ser "demasiado sensible". No es generación de cristal ni ninguna de esas etiquetas que usa la gente que nunca ha sentido cómo un comentario rutinario te destroza por dentro.

Es que mi cerebro tiene el volumen de las emociones puesto al máximo. Todo el rato. Sin forma de bajarlo. Cuando algo bueno pasa, la alegría es gigante. Cuando algo malo pasa, por pequeño que sea, el impacto es desproporcionado.

Imagina que tienes un amplificador emocional dentro de tu cabeza. Cuando tu jefe dice "hay algunos errores", un cerebro normal lo procesa a volumen 3. El mío lo amplifica a volumen 47. Y a volumen 47, cualquier cosa suena a catástrofe.

El resultado es que me paso las siguientes dos horas (a veces el resto del día) dándole vueltas al comentario. Releyendo el email. Analizando el tono. Buscando significados ocultos. "Ha dicho algunos errores. ¿Cuántos son algunos? ¿Dos? ¿Veinte? ¿Ha puesto cara rara al decirlo? ¿Se lo habrá contado a alguien? ¿Piensa que soy un inútil?"

Y mientras mi cerebro está en ese bucle, no trabajo. No puedo. Toda mi energía cognitiva está ocupada procesando un feedback que mi compañero de al lado ya ha olvidado hace hora y media.

La espiral que nadie ve

Lo de fuera es un tío que dice "sí, lo reviso" con cara normal. Lo de dentro es un incendio.

Primero viene la punzada. Ese momento en que el feedback entra y duele. Físicamente. En el pecho.

Luego viene la defensa interna. Mi cerebro empieza a buscar excusas: "Es que me dieron poco tiempo. Es que las instrucciones no estaban claras. Es que nadie me explicó bien el formato." Todo automático. No lo elijo.

Después viene la culpa. Porque sé que las excusas son excusas. Sé que el feedback probablemente es justo. Y me siento mal por haberme puesto a la defensiva internamente.

Y finalmente viene la vergüenza. Porque un adulto profesional debería poder recibir un "revisa el informe" sin que le tiemble el suelo. Y yo no puedo. Y eso me hace sentir que hay algo fundamentalmente roto en mí.

Ese ciclo puede durar horas. A veces se activa en la cama, a las dos de la mañana, con un feedback que recibí hace una semana. Mi cerebro lo saca del archivo, lo amplifica de nuevo, y ahí estoy, dándole vueltas a algo que todo el mundo ha olvidado menos yo.

No es solo en el trabajo

Lo mismo me pasa con amigos, con pareja, con familia. Un comentario que no va con mala intención, mi cerebro lo convierte en un ataque. Y mi reacción, aunque la controle por fuera, por dentro es desproporcionada.

"Oye, llegas tarde." En mi cabeza: "Soy un desastre. No respeto el tiempo de los demás. Normal que la gente se canse de mí."

"Esto lo podrías haber hecho mejor." En mi cabeza: "Nada de lo que hago es suficiente. Siempre fallo."

Y lo peor es que sé que es irracional. Sé que la persona no quería decir eso. Sé que estoy sobredimensionando. Pero saberlo no lo para. Porque no es un problema de lógica. Es un problema de regulación emocional.

Es la misma razón por la que cometo errores tontos que no debería cometer y luego me machaco tres días por cada uno. No es el error lo que duele. Es la amplificación que hace mi cerebro del error.

¿Qué hice para sobrevivir a las evaluaciones de desempeño?

Las evaluaciones de desempeño eran mi pesadilla. Una hora entera recibiendo feedback. Bueno y malo. Pero da igual cuánto bueno hubiera, mi cerebro solo guardaba lo malo. Podían decirme nueve cosas positivas y una negativa, y yo salía de ahí rumiando la negativa durante una semana.

Lo que aprendí a hacer fue pedir el feedback por escrito. No porque sea más fácil de digerir (no lo es), sino porque al menos podía releerlo cuando mi cerebro se calmaba y procesarlo con perspectiva. En el momento, con la emoción a tope, todo me sonaba a "eres un desastre". Dos días después, podía leerlo y pensar: "Bueno, tiene sentido, lo puedo mejorar."

No es una solución perfecta. Pero es mejor que implosionar en directo delante de tu jefe.

Hay un nombre para esto

Lo que me pasa se llama disforia sensible al rechazo. No es un diagnóstico oficial del DSM-5, pero es un término que usan muchos profesionales para describir esta reacción emocional intensa y desproporcionada al rechazo (o a lo que el cerebro percibe como rechazo).

Y es extremadamente común en personas con TDAH. Porque el TDAH no es solo dificultad para concentrarte. Es también dificultad para regular emociones. Tu cerebro no tiene los filtros que moderan la intensidad con la que procesas las experiencias emocionales. Todo llega a volumen máximo. Lo bueno y lo malo.

Esto no sustituye a un profesional. Si sientes que el feedback te afecta de forma desproporcionada, que rumias durante horas o días, que un comentario casual te puede arruinar la semana, habla con un psicólogo o psiquiatra. No es fragilidad. Es que hay algo en tu cerebro que funciona diferente y merece ser investigado.

A mí entenderlo me dio herramientas para separar lo que sentía de lo que era real. No dejé de sentir la punzada. Pero aprendí a decirle a mi cerebro: "Ya, ya sé que duele. Pero no es lo que parece."

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