La tarea crece en mi cabeza hasta ser monstruosa aunque sea pequeña
Responder un email se convierte en una montaña. No es pereza. Es algo que le pasa a tu cerebro cuando una tarea parece enorme sin serlo.
Tienes que responder un email. Un email. Dos frases. Probablemente ni eso.
Y llevas tres días sin hacerlo.
No porque lo hayas olvidado. Lo recuerdas perfectamente. De hecho, lo has pensado unas 47 veces. Pero cada vez que estás a punto de abrirlo, algo en tu cabeza convierte ese email en una tarea que parece enorme, en algo tan pesado que no sabes ni por dónde empezar.
Así que no empiezas. Y al día siguiente pesa más.
¿Por qué una tarea simple se vuelve monstruosa?
No es que seas dramático. No es que exageres. Es que tu cerebro está haciendo algo muy concreto: está acumulando.
Cada vez que ves la tarea en la lista y no la haces, tu cerebro le añade capas. La culpa de ayer. La ansiedad de hoy. La historia de "llevas días con esto" que ya empieza a pesar como si fuera importante. Y encima está el bucle de "ya que no la he hecho, tiene que ser perfecta cuando la haga, porque si no, ¿para qué esperar tanto?"
O sea, ya no estás gestionando una tarea. Estás gestionando la tarea más el peso emocional de no haberla hecho más la expectativa de hacerla perfecta más la vergüenza de que alguien vea que tardaste tanto.
Todo eso junto. Por un email de dos frases.
Y así, claro. Todo parece enorme.
La analogía que más me ha cuadrado
Imagínate que tienes que mover una caja. Una caja normal. Mediana. De las que no pesan nada.
Pero en vez de moverla, la dejas en el pasillo. Y cada día que pasa, alguien le pone encima otra cosa. Un libro. Una lámpara. El chaquetón de invierno. Ese trípode que compraste y nunca has montado. Y al final tienes una pila tan inestable que no sabes ni cómo agarrarla.
La caja de debajo sigue siendo la misma. No ha cambiado. Sigue pesando lo mismo que el primer día. Pero ahora la ves como si fuera imposible de mover.
Eso es exactamente lo que le pasa a tus tareas cuando no las atacas. No crecen de verdad. Las creces tú, en tu cabeza, añadiéndoles capas cada vez que las esquivas.
El problema no es la tarea. Es lo que la rodea.
A ver, esto es importante y quiero que te quede claro.
Hay dos cosas distintas aquí. Está la tarea real, que a veces es pequeña de verdad. Y está el ruido alrededor de la tarea: la historia que te cuentas sobre ella, la culpa acumulada, el perfeccionismo que se activa justo cuando llevas tiempo sin hacer algo.
La tarea real la podrías hacer en diez minutos. El ruido te puede tener paralizado días.
Y la gracia es que cuanto más tiempo pasa, más ruido hay. Porque cada día que no la haces, añades un nuevo episodio de "sigo sin hacerlo" a la historia. Y eso pesa.
Por eso te cuesta tanto hacer cosas simples
¿Y qué hago con esto?
La solución más obvia no es "esfuérzate más". Eso ya lo sabes. Ya lo has intentado.
Lo que me funciona a mí es separar físicamente la tarea real del ruido. Antes de sentarme a hacer algo que llevo evitando, me pregunto una cosa: ¿cuánto tiempo me llevaría esto si lo hiciera ahora mismo, sin preparación, de forma imperfecta?
No el tiempo ideal. El tiempo real. El tiempo de "lo hago en modo cutre y lo mando".
Casi siempre la respuesta es ridícula. Cinco minutos. Diez. A veces dos.
Y esa respuesta me ayuda a ver que lo que tengo delante no es la tarea monstruosa que mi cabeza ha construido. Es la tarea pequeña con un disfraz enorme que ella misma le ha puesto.
A veces basta con nombrarlo para que el disfraz se caiga un poco.
El bucle que nadie te cuenta
Aquí viene la parte que más me jode de este patrón.
Cuando finalmente haces la tarea, ves que era pequeña. Que tardaste diez minutos. Y piensas: "No era para tanto". Y te sientes bien. Alivio. Casi euforia.
Pero entonces tu cerebro guarda esa experiencia como: "Oye, las tareas que parecen enormes a veces son pequeñas". Y la próxima vez que una tarea parece enorme, hay una parte de ti que sospecha que también es pequeña. Que también podrías hacerla.
Pero no la haces igual. Porque el ruido emocional vuelve a ganar.
Y así el bucle se repite. No porque seas incapaz de aprender. Sino porque la culpa de no haber hecho algo antes ya te paraliza más que la tarea misma. Y eso es algo que no se arregla solo con saber que la tarea es pequeña.
Esto tiene más explicación de lo que parece
Si esto te pasa con cierta frecuencia, no solo con una tarea suelta, vale la pena entender por qué.
Porque hay cerebros que tienen más tendencia a esto. A magnificar antes de empezar. A acumular peso emocional alrededor de lo que no se ha hecho. A necesitar más energía para iniciar algo que para hacerlo.
No es un defecto de carácter. Es una forma de procesar. Y a mucha gente le cuesta todo más que a los demás precisamente porque su cerebro no gestiona el inicio de las tareas igual que el de otras personas.
Esto no sustituye el diagnóstico de un profesional. Si sospechas que hay algo más detrás de este patrón, lo mejor que puedes hacer es consultarlo con un psicólogo o psiquiatra. Pero entender que existe el patrón ya es un buen primer paso.
---
Si te reconoces en esto y quieres saber cómo funciona tu cerebro en ese sentido, hice un test de 43 preguntas. Diez minutos, gratis. No es un diagnóstico, pero sí un punto de partida para dejar de pensar que eres vago y empezar a hacerte las preguntas correctas.
Sigue leyendo
La injusticia me altera de forma desproporcionada
Ves algo injusto y te hierve la sangre. No puedes dejarlo pasar. Mientras otros se encogen de hombros, tú llevas horas dándole vueltas.
Me cuesta quedarme callado aunque sepa que debo
Sabes que lo mejor es no decir nada. Tu cerebro lo sabe. Pero tu boca ya empezó a hablar y no hay vuelta atrás.
No puedo mantener la misma calidad de trabajo todos los días
Lunes: trabajo brillante. Martes: mediocre. Miércoles: desastre. Tu calidad fluctúa sin que tú decidas nada.
El trabajo más difícil no es hacerlo: es empezarlo
No es pereza ni falta de disciplina. Lo más difícil no es hacer el trabajo: es dar ese primer paso. Y hay una razón concreta por la que te cuesta tanto.