Los hábitos que a todos les funcionan a mí no me funcionan
Meditar, journaling, rutina matutina. Les funciona a todos menos a ti. Y no sabes por qué.
Meditar 10 minutos al día. Escribir un diario de gratitud. Levantarse a las 6. Preparar la ropa la noche anterior. Hacer ejercicio por la mañana. Planificar la semana los domingos.
Todo esto les funciona a millones de personas. Lo dicen los libros. Lo dicen los vídeos. Lo dicen tus amigos. Lo dice hasta tu madre. Y tú los has probado todos. Todos. Sin excepción. Y ninguno se ha quedado.
No es que no lo hayas intentado. Es que lo has intentado con más ganas que la mayoría. Has comprado los libros, has descargado las apps, has puesto las alarmas, has comprado el puñetero cuaderno de gratitud con tapas bonitas. Y nada.
¿Por qué a mí no me funcionan los mismos hábitos?
Porque esos hábitos están diseñados para cerebros que funcionan con un nivel de dopamina estable.
A ver, no quiero ponerme técnico, pero es que es así. Los hábitos que recomiendan todos los gurús de productividad funcionan porque se basan en un principio simple: repite algo lo suficiente y se automatiza. Y eso es verdad. Para cerebros que pueden mantener la repetición sin necesitar un estímulo nuevo cada dos días.
Pero si tu cerebro necesita novedad para activarse, la repetición no genera automatización. Genera aburrimiento. Y el aburrimiento para ciertos cerebros no es "qué pereza". Es un muro. Es parálisis. Es tu cuerpo diciendo "no me da la gana moverme hasta que aparezca algo interesante".
Imagínate que los hábitos son zapatos. Hay zapatos que le quedan bien al 90% de la gente. Pero si tú tienes un pie de forma diferente, esos zapatos no te van a funcionar por mucho que sean los más vendidos de Amazon. Necesitas unos que se adapten a tu pie. No al pie del tío que escribe los libros de productividad.
El truco que nadie te cuenta
Lo que a mí me funciona no es copiar los hábitos de otros. Es modificar el formato.
La gente dice "haz ejercicio por la mañana". Yo no puedo hacer ejercicio por la mañana. Mi cerebro a las 7 de la mañana es un ladrillo con ojos. Pero a las 11 de la noche estoy como una moto. Así que hago ejercicio a las 11. ¿Es la hora "ideal" según los expertos? No. ¿Lo hago? Sí. Y eso es lo que importa.
La gente dice "medita 10 minutos sentado en silencio". Yo no puedo estar sentado en silencio ni 10 segundos sin que mi cerebro empiece a generar 47 pensamientos por minuto. Pero puedo caminar 15 minutos sin móvil. ¿Es meditación técnicamente? Me da igual. Me funciona.
El problema no es que los hábitos estén mal. Es que intentas meterlos en tu vida sin adaptarlos a cómo funciona tu cabeza. Y eso es como intentar ser constante con un sistema que no te representa.
¿Por qué funciona para todos menos para ti?
Parece una tontería, pero esta es la pregunta que más daño hace. Porque lleva implícita la conclusión de que el problema eres tú. Que si algo funciona para millones de personas y para ti no, claramente tú eres el defectuoso.
Pues no. No eres el defectuoso. Eres el diferente. Y ser diferente no significa que estés roto. Significa que necesitas instrucciones distintas.
Hay personas que pueden sentarse y seguir una lista de tareas de arriba a abajo. Y hay personas que necesitan saltar entre tareas como un gato entre estanterías porque su cerebro no puede quedarse quieto en una cosa más de 20 minutos. Ninguna de las dos está mal. Pero pretender que ambas funcionen igual es absurdo.
Y te digo más. Las personas que dicen "a mí me funciona todo" probablemente no se han enfrentado nunca a un cerebro que les sabotea activamente. No saben lo que es empezar y no terminar nada no por pereza, sino porque su propio sistema nervioso decidió que ya hay algo más interesante en otro sitio.
Cuando dejas de copiar y empiezas a diseñar tus propios hábitos, adaptados a tu ritmo, a tu horario raro, a tu necesidad de variedad, las cosas empiezan a funcionar. No perfectamente. Pero funcionan. Y eso ya es más de lo que tenías antes.
Esto no sustituye el diagnóstico de un profesional. Si esto te suena mucho, merece la pena hablarlo con un psicólogo o psiquiatra.
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