Lloro con anuncios de televisión y me da vergüenza admitirlo

Un anuncio de Navidad te destroza. Una canción te rompe. Sientes todo a volumen máximo y no sabes por qué. No eres dramático.

El otro día vi un anuncio de una compañía de seguros.

Un anuncio. De una compañía de seguros. De las que te cobran 80 euros al mes por un seguro de hogar que luego no cubre nada. De esas.

Salía un abuelo que le hacía un regalo a su nieta. Algo con una carta. Una música de piano. Una sonrisa. Y yo. En el sofá. Con los ojos llenos de lágrimas. Incapaz de hablar.

Por un anuncio de seguros.

Mi pareja me miró. "¿Estás llorando?". Y yo, con toda la dignidad que me quedaba, dije: "No, es que me ha entrado algo en el ojo". En los dos ojos. A la vez. Justo durante la parte de la carta.

Cuando todo te emociona más de lo normal

No lloro solo con anuncios. Lloro con canciones. Con películas. Con vídeos de gente que se reencuentra en aeropuertos. Con noticias de personas que superan cosas difíciles. Una vez lloré porque vi un perro que estaba contento de ver a su dueño en un vídeo de TikTok. Un perro. Moviendo la cola.

Y no es un llanto suave. No es "ay, qué bonito, se me escapa una lagrimita". Es una ola emocional que me golpea sin aviso. Que me llena los ojos, me aprieta la garganta y me deja sin palabras durante treinta segundos. Por un perro moviendo la cola.

Y después viene la vergüenza. Porque nadie más a mi alrededor parece afectado. Todos ven el mismo anuncio, la misma película, la misma canción, y siguen con su vida. Y yo estoy ahí. Intentando que no se me note. Fingiendo que no me ha afectado. Escondiéndome en el baño para recuperarme de un tráiler de Pixar.

¿Por qué siento todo tan fuerte?

Porque hay cerebros que procesan las emociones a un volumen normal. Y hay cerebros que las procesan a volumen máximo. Sin regulador. Sin dial. Todo o nada.

Mis emociones son todo o nada. No existe el "un poco triste". Existe "hundido". No existe "algo contento". Existe "eufórico". Y no existe "un poco emocionado por un anuncio". Existe "llorando como si me hubiera dejado alguien por un anuncio de seguros de hogar".

Es lo que los profesionales llaman desregulación emocional. Tu cerebro no tiene un buen sistema de filtrado. Las emociones entran sin proceso previo. Sin amortiguación. Sin el paso de "esto es un anuncio, no es real, no me afecta". Entran directas. A toda velocidad. Y te explotan dentro.

Lo que me avergüenza de verdad

No me avergüenza llorar. Me avergüenza llorar por cosas que "no lo merecen".

Porque si lloro en un funeral, nadie me juzga. Si lloro en una despedida, es normal. Pero si lloro con un anuncio de televisión, con una canción random de Spotify o con un vídeo de un gato haciendo algo bonito, la gente me mira raro. "Es solo un anuncio". "Es solo una canción". "¿Estás bien?".

Y lo peor es que tienen razón. Es solo un anuncio. Yo lo sé. Mi cerebro lo sabe. Pero mis emociones no lo saben. Mis emociones responden a la señal sin filtrarla primero. Y cuando quiero darme cuenta, ya estoy con los ojos rojos intentando disimular.

Es la misma razón por la que me frustro por cosas pequeñas y cuando algo me sale mal me hundo el día entero. No es que las cosas sean más graves para mí. Es que mi cerebro las procesa como si lo fueran.

No eres dramático, tu cerebro tiene el volumen emocional roto

Llevo años pensando que era demasiado sensible. Demasiado dramático. Demasiado intenso. Que tenía que "endurecerme". Que la gente normal no llora por anuncios. Que algo estaba mal en mí.

Y algo estaba mal. Pero no era lo que pensaba. No era debilidad. No era dramatismo. Era un cerebro con un sistema emocional que no regula bien la intensidad de lo que entra.

Esto no sustituye un diagnóstico profesional. Pero si sientes todo a volumen máximo - la tristeza, la alegría, la frustración, la ternura, todo - y no sabes por qué, hay una conversación que puedes tener con un profesional que podría cambiarte la perspectiva. No para que dejes de sentir. Para que entiendas por qué te cuesta todo más que a los demás, incluido regular tus propias emociones.

Lo que he aprendido

No intento dejar de llorar. Porque no puedo. Y porque ya me he cansado de intentarlo.

Lo que hago es no castigarme por ello. Lloro con el anuncio. Vale. Pues lloro. No voy a esconderme en el baño. No voy a fingir que no me ha afectado. Lloré. Se me pasó. Seguimos.

Y he aprendido que la sensibilidad extrema también tiene una cara buena. Siento la tristeza más fuerte, sí. Pero también siento la alegría más fuerte. Y la conexión con la gente. Y la belleza de las cosas pequeñas. Mi cerebro no filtra nada. Y eso, a veces, es un regalo.

Un regalo que viene con llorar por anuncios de seguros. Pero un regalo al fin y al cabo.


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