¿Tenía Lewis Carroll TDAH? La evidencia escondida en Alicia
Los diarios de Carroll, su tartamudez, sus colecciones obsesivas y los pasajes de Alicia revelan un patrón que hoy reconoceríamos al instante.
Todo el mundo conoce Alicia en el País de las Maravillas. Pocos saben que su autor era un hombre que no podía concentrarse en una sola cosa, que tartamudeaba, que coleccionaba obsesiones y que construyó un mundo literario que funciona exactamente como un cerebro con TDAH.
Pero una cosa es decirlo y otra es demostrarlo.
Ya existe un perfil general de Lewis Carroll y su relación con el TDAH. Este post es otra cosa. Aquí vamos a abrir los diarios de Charles Dodgson, releer pasajes concretos de Alicia, y rastrear la evidencia biográfica y textual que hace que tantos especialistas en neurodivergencia levanten la ceja cuando oyen su nombre.
Aviso importante antes de seguir: Carroll nunca fue diagnosticado. Vivió en el siglo XIX. Todo lo que viene a continuación es análisis retrospectivo, no un diagnóstico. Nivel de evidencia: especulado. Dicho esto, las pistas son difíciles de ignorar.
¿Qué dice Alicia en el País de las Maravillas sobre el cerebro de Lewis Carroll?
Hay un momento en el capítulo VII, la famosa merienda del Sombrerero Loco, donde Alicia intenta mantener una conversación lógica y fracasa estrepitosamente. El Sombrerero le hace un acertijo sin respuesta. La Liebre de Marzo le corrige con frases que no significan nada. El Lirón cuenta una historia que se interrumpe a sí misma.
Leído como cuento infantil, es divertido.
Leído como mapa de un cerebro que no puede seguir un hilo, es revelador.
La merienda nunca avanza. Los personajes cambian de tema sin transición. Nadie responde a lo que le preguntan. Y Alicia, que representa la lógica lineal, se frustra porque las reglas del juego cambian cada treinta segundos. Eso no es fantasía aleatoria. Es una recreación precisa de cómo funciona una conversación dentro de una cabeza que salta de rama en rama sin pedirte permiso.
Y no es el único pasaje.
En el capítulo II, Alicia cambia de tamaño sin control. No sabe si es grande o pequeña, si es ella misma o alguien diferente. Le pasan cosas que no ha decidido y no puede parar. Si has tenido alguna vez la sensación de que tu estado emocional cambia de escala sin previo aviso, sin motivo aparente, ese pasaje te va a sonar más a biografía que a ficción.
En el capítulo IX, la Reina de Corazones dicta sentencias antes de los juicios. La conclusión llega antes que el razonamiento. Eso es exactamente lo que hace un cerebro impulsivo: actúa primero, procesa después, y el resto del mundo se queda mirando sin entender el orden de las cosas.
Carroll no necesitaba conocer el TDAH para describirlo. Solo necesitaba escribir cómo funcionaba su propia cabeza.
Los diarios de un cerebro que no podía elegir
Charles Dodgson llevó un diario durante la mayor parte de su vida adulta. No como costumbre relajada, sino como sistema de supervivencia. Registraba todo. Cada carta que enviaba y recibía. Cada persona que visitaba. Cada comida con invitados. Cada sermón que escuchaba. Se conserva un registro de más de 98.000 piezas de correspondencia catalogadas a mano.
Eso, a primera vista, parece lo contrario del TDAH. Parece el cerebro más organizado del mundo.
Pero cualquiera que conviva con la dispersión sabe la verdad: los sistemas más rígidos suelen construirlos las personas que, sin ellos, se pierden. No catalogas 98.000 cartas porque te guste el orden. Lo haces porque si no lo haces, desaparece todo. Es una estrategia de compensación. Un dique que construyes tú mismo porque sabes que el río de tu cabeza se desborda si no lo contienes.
Los diarios también revelan otra cosa: los cambios de interés. Dodgson pasaba temporadas obsesionado con la fotografía, donde llegó a ser uno de los fotógrafos más destacados de su época. Luego la abandonó de golpe. Se sumergía en la lógica simbólica durante meses. Después inventaba juegos de mesa. Luego diseñaba el nyctograph, un aparato para escribir en la oscuridad. Luego volvía a las matemáticas. Luego a la literatura.
No era versatilidad ordenada. Era un patrón de hiperfoco seguido de abandono. Te metes de lleno en algo, lo devoras, produces a un nivel que deja a todos boquiabiertos, y un día te despiertas y ya no te importa. Sin explicación. Sin transición. Tu cerebro ha decidido que eso ya no le interesa y se ha mudado a otra obsesión sin avisarte.
Los escritores con TDAH famosos conocen bien ese ciclo. La diferencia con Carroll es que dejó un registro escrito de cada uno de esos saltos.
La tartamudez como pista inesperada
Dodgson tartamudeaba. Eso está documentado. Le costaba hablar en público, se trababa con adultos, y sus clases en Oxford eran conocidas por ser monótonas precisamente porque evitaba improvisar para no tartamudear.
Pero con niños era diferente.
Cuando contaba historias a los hijos de sus amigos, la tartamudez se suavizaba. Las palabras fluían. Los testigos de la época lo describían como una persona completamente distinta: animado, rápido, divertido, con una energía que no aparecía en ningún otro contexto de su vida.
La tartamudez no es un síntoma del TDAH. Pero la conexión entre fluidez verbal y nivel de interés sí es un patrón documentado. Muchas personas con TDAH hablan peor cuando están aburridas o ansiosas, y se vuelven increíblemente elocuentes cuando algo les apasiona. El cerebro necesita el combustible del interés para funcionar a pleno rendimiento. Sin él, todo se traba. Con él, todo fluye.
Carroll tartamudeaba en las aulas de Oxford. Y era un narrador brillante cuando le dejabas hablar de lo que le importaba. Eso no prueba nada por sí solo. Pero sumado al resto del patrón, es una pieza que encaja.
Las colecciones obsesivas que nadie le pidió
Además de las cartas y los diarios, Carroll coleccionaba cosas. Muchas cosas.
Acertijos. Puzzles. Juegos de palabras. Anagramas. Trucos de magia. Inventos propios. Gadgets. Tenía una colección de cajas musicales. Coleccionaba también termómetros y barómetros. Registraba datos meteorológicos por diversión.
No era un coleccionista convencional. Era alguien cuyo cerebro necesitaba estímulos constantes y los buscaba activamente, en cualquier formato, en cualquier dirección. Cuando un tema se agotaba, encontraba otro. Cuando un objeto le llamaba la atención, necesitaba tenerlo, catalogarlo, entenderlo, y luego pasar al siguiente.
Esa necesidad de novedad constante, esa incapacidad de conformarse con una sola área de interés, es uno de los rasgos más reconocibles en cerebros dispersos que dejaron huella en la literatura. No es que Carroll fuera curioso. Es que su cerebro no tenía un interruptor de "suficiente".
Entonces, ¿tenía TDAH?
No lo sabemos. No podemos saberlo. No había diagnóstico posible en la Inglaterra victoriana. Y afirmar que Lewis Carroll tenía TDAH sería irresponsable.
Lo que sí podemos decir es esto:
Un hombre que cambiaba de obsesión como quien cambia de canal. Que construyó sistemas de registro obsesivos para compensar un cerebro que sin estructura se perdía. Que tartamudeaba excepto cuando hablaba de lo que le apasionaba. Que creó una obra literaria donde la lógica se rompe cada tres párrafos, los personajes saltan de tema sin avisar, y la protagonista no puede controlar ni su propio tamaño.
Eso no es prueba. Pero es un patrón. Y es un patrón que, si hoy entrara por la puerta de un especialista, haría que le pusieran un cuestionario delante antes de que terminara de sentarse.
Carroll no necesitaba una etiqueta para crear lo que creó. Pero entender cómo funcionaba su cerebro nos ayuda a entender algo más grande: que los mundos más originales no salen de cabezas tranquilas. Salen de cabezas que no pueden parar. Que necesitan inventar un País de las Maravillas para que todo ese ruido interno tenga un sitio donde aterrizar.
Si alguna vez has sentido que tu cerebro funciona con reglas que nadie más sigue, que salta de tema sin pedirte permiso y que necesita más estímulo del que el mundo le ofrece, puede que no sea un fallo. Puede que solo necesites saber cómo funciona.
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