La obsesión de Gaudí: la Sagrada Familia como hiperfoco de una vida
Gaudí dedicó 43 años a la Sagrada Familia y murió atropellado por ir distraído. Su obsesión con un solo proyecto es hiperfoco llevado al extremo absoluto.
Antoni Gaudí llevaba 43 años construyendo la misma iglesia cuando murió.
No es una metáfora. No es una exageración. Cuarenta y tres años trabajando en un único proyecto. Lo cogió con 31 años y no lo soltó hasta el día que dejó de respirar, a los 73.
Y cuando digo que no lo soltó, lo digo en serio: los últimos años de su vida se fue a vivir directamente al taller de la Sagrada Familia. Dejó su casa. Dejó sus pertenencias. Se instaló dentro de la obra porque la distancia entre su casa y la basílica le parecía inaceptable.
Ese hombre murió atropellado por un tranvía porque iba tan abstraído en sus pensamientos que no lo vio venir.
¿Qué es exactamente el hiperfoco?
Antes de entrar en Gaudí, necesito que tengas claro de qué hablo cuando digo hiperfoco.
Porque mucha gente confunde hiperfoco con disciplina. Y son cosas completamente distintas.
La disciplina es hacer algo aunque no quieras. Es fuerza de voluntad. Es decidir activamente ponerte a trabajar aunque tu cerebro preferiría estar en otro lado.
El hiperfoco no funciona así.
El hiperfoco es cuando tu cerebro decide, sin consultarte, que algo es lo más importante del universo. Y a partir de ese momento no hay fuerza en el mundo que te arranque de ahí. No sientes el hambre. No sientes el cansancio. El tiempo deja de existir. Llevas seis horas trabajando en algo y te parece que han pasado veinte minutos.
No lo controlas tú. Te controla a ti.
Y eso, en el contexto del TDAH, tiene doble filo. Porque el mismo cerebro que entra en hiperfoco con algo también es incapaz de concentrarse en nada que no le enganche. No hay término medio. Es todo o es nada.
Gaudí encontró su todo con 31 años. Y ya no salió.
¿Por qué Gaudí encaja tan bien en el perfil?
Hay que ser claro: Gaudí no tiene un diagnóstico. Murió en 1926. El TDAH como categoría diagnóstica no existía entonces. Nadie le hizo ningún test.
Lo que sí hay son décadas de documentación sobre cómo funcionaba su cabeza. Y el patrón es bastante claro.
Pensamiento completamente visual. Gaudí no diseñaba en papel con planos convencionales. Construía maquetas. Usaba sistemas de cuerdas con pesos colgantes para calcular estructuras, colgadas del techo, que luego fotografiaba al revés para ver cómo quedaría el arco. Su mente procesaba el espacio en tres dimensiones con una facilidad que dejaba a sus contemporáneos completamente perdidos.
Cuando los arquitectos convencionales veían sus bocetos, no entendían qué querían decir. Gaudí lo veía todo acabado en su cabeza. El problema era trasladarlo a un lenguaje que los demás pudieran seguir.
Eso es pensamiento no lineal. Y es uno de los rasgos más consistentes en cerebros que funcionan de forma atípica.
Además, tenía una relación con el tiempo y las tareas que no funcionaba como en el resto de la gente. Los proyectos que le enganchaban absorbían todo. Los que no le enganchaban los dejaba a medias o los gestionaba de forma caótica. A lo largo de su carrera diseñó casas, parques, farolas, bancos, iglesias... pero la Sagrada Familia era diferente. Con la Sagrada Familia no había distracción posible.
¿Cómo se vive con 43 años de hiperfoco?
La respuesta corta es: mal, si eres cualquier otra persona en su vida.
Gaudí fue dejando todo lo demás de forma progresiva. No de golpe. Poco a poco, la Sagrada Familia fue ocupando más espacio hasta que no quedó espacio para nada más.
Nunca se casó. Tuvo un romance importante en su juventud con Josefa Moreu, pero ella le rechazó. Algunos biógrafos apuntan a que la decepción fue tan grande que Gaudí dirigió toda esa energía hacia el trabajo. Puede ser. O puede ser que un cerebro como el suyo simplemente no tenía capacidad de gestionar el nivel de atención que requiere una relación cuando ya había encontrado su proyecto.
Los últimos años de su vida son los más reveladores. Se fue a vivir al taller. Comía poco. Se dejó la barba y el pelo sin cortar. Vestía con ropa vieja. Cuando murió, los taxistas que pasaron junto a él atropellado ni se pararon porque pensaron que era un mendigo.
El hombre que diseñó la obra más ambiciosa de la arquitectura española de los últimos dos siglos fue confundido con un vagabundo en sus últimas horas de vida.
El hiperfoco extremo tiene ese coste. No te cuida. Solo te alimenta el proyecto.
¿Qué tiene que ver esto con el cerebro disperso?
Mucho.
La paradoja del TDAH es que el cerebro que parece más disperso en la vida cotidiana puede ser el más concentrado del mundo cuando encuentra su frecuencia.
Un cerebro neurotípico distribuye la atención de forma más o menos equitativa. Puede concentrarse en lo que tiene que concentrarse, más o menos cuando quiere. No perfectamente, pero sí de forma funcional.
Un cerebro con TDAH no. La atención no es un grifo que puedes abrir y cerrar. Es un volcán. Cuando entra en erupción, entra en erupción. Y cuando no entra en erupción, da igual cuánto esfuerzo hagas para que explote.
Gaudí encontró su volcán. Y lo mantuvo en erupción durante cuatro décadas.
Lo que no encontró fue la forma de gestionar el resto de su vida mientras el volcán ardía. Eso es lo que diferencia a alguien que aprovecha el hiperfoco de alguien que se consume en él. No la intensidad de la obsesión. La capacidad de mantener algo de estructura alrededor.
Gaudí no la tenía. O la perdió por el camino. El resultado fue una obra maestra y una vida personal que se fue desintegrando pieza a pieza hasta que lo único que quedó fue la iglesia.
¿Qué podemos aprender de esto?
Primero: no romantices el hiperfoco.
Es tentador ver a Gaudí y pensar "qué pasada, ojalá yo pudiera obsesionarme así con algo". Pero Gaudí murió solo, confundido con un mendigo, en una ciudad que construyó y que no le reconoció en sus últimas horas.
El hiperfoco sin gestión destruye todo lo demás.
Segundo: el hiperfoco dice algo sobre cómo funciona tu cerebro.
Si tienes momentos en los que el tiempo desaparece, en los que nadie puede sacarte de lo que estás haciendo, en los que sientes que finalmente tu cabeza está trabajando al cien por cien... eso no es aleatoriedad. Es información sobre cómo procesas la atención. Y esa información se puede usar.
Tercero: la distracción de Gaudí el día que murió no fue un accidente de personalidad.
Era la misma característica que le hizo pasar 43 años construyendo lo que nadie más habría podido construir. El mismo cerebro que no podía soltar la Sagrada Familia tampoco podía soltar el pensamiento que llevaba en la cabeza cuando cruzó las vías del tranvía.
No hay interruptor.
O lo gestionas. O te gestiona a ti.
Como Beethoven componiendo sordo o como Marie Curie con su obsesión por la ciencia, Gaudí es otro caso de lo que pasa cuando un cerebro atípico encuentra su proyecto y no lo suelta. Puedes ver más ejemplos de este patrón en las obras de arte que no existirían sin un cerebro disperso.
La Sagrada Familia se va a terminar en los próximos años. Más de un siglo después de que él muriera.
Eso sí que es hiperfoco con legado.
Si quieres entender cómo funciona tu propio cerebro, he preparado un test de TDAH con 43 preguntas basadas en escalas clínicas reales. No es un diagnóstico, pero es el mejor punto de partida que conozco.
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