Las mañanas son mi peor momento del día y nadie me cree

Te levantas agotado aunque hayas dormido bien. No es pereza. Hay una razón neurológica por la que tus mañanas son un infierno.

Suena la alarma. La apago. Me quedo mirando el techo. Pasan diez minutos. Veinte. Cuarenta. No me he movido. No porque esté cómodo. Porque levantarme requiere un esfuerzo que a las ocho de la mañana no tengo.

No es sueño. He dormido siete horas. Ocho. Nueve. Da igual cuántas horas duerma. Las mañanas son un muro.

Y cuando por fin me levanto, tardo otra hora en ser funcional. Como si mi cerebro necesitara un tiempo de calentamiento que los demás no necesitan.

¿Por qué las mañanas son tan difíciles si dormiste bien?

Porque el cansancio de las mañanas no tiene que ver con el sueño. Tiene que ver con la activación.

Tu cerebro, cuando se despierta, necesita un cierto nivel de estimulación para ponerse en marcha. La mayoría de personas tienen esa estimulación de forma natural. El cortisol sube por la mañana, la dopamina se activa, y en media hora están funcionales.

Pero hay cerebros donde eso no pasa. El cortisol sube, sí. Pero la dopamina se queda dormida. Y sin dopamina, levantarte de la cama es como pedirle a un coche sin batería que arranque en una cuesta.

Y no es pereza. Porque a las once de la noche, cuando llevas quince horas despierto y deberías estar reventado, estás más activo que a las nueve de la mañana. ¿Eso es pereza? No tiene sentido.

Es un patrón. Y es mucho más común de lo que piensas.

¿Por qué nadie te cree?

Porque por fuera parece pereza. Sin más.

La gente ve que no te levantas y piensa "este tío no quiere madrugar". No ven que llevas cuarenta minutos peleándote con tu propio cerebro para poder poner un pie en el suelo. No ven la niebla mental. No ven que estás ahí, consciente, queriendo levantarte, y que tu cuerpo simplemente no responde.

Y cuando lo intentas explicar, suena a excusa. "Es que soy de los de tarde." "Es que me cuesta arrancar." Y la gente asiente con la cara de "ya, claro, a todos nos cuesta".

No. No es lo mismo. A ti te cuesta físicamente. Es como que todo te cueste más que a los demás, pero concentrado en las primeras tres horas del día.

Yo lo pasé durante años pensando que era un vago. Que todo el mundo se levantaba fresco y yo era el único que necesitaba una hora para ser humano. Hasta que empecé a hablar con más gente y descubrí que no, no era el único. Ni de lejos.

¿Qué tiene que ver esto con el TDAH?

Bastante más de lo que imaginas.

Hay un fenómeno que en inglés se llama "delayed sleep phase" y que es extremadamente común en personas con TDAH. Básicamente, tu reloj biológico está desfasado. Tu pico de energía no llega a las diez de la mañana como en la mayoría de personas. Llega por la tarde o por la noche.

Y no es porque te acuestes tarde (que también). Es porque tu ritmo circadiano funciona diferente. Según varios estudios publicados en el Journal of Sleep Research, hasta el 75% de adultos con TDAH tienen algún tipo de alteración del ritmo circadiano. El 75%. Eso no es casualidad.

El resultado: tus mañanas son un infierno y tus noches son tu mejor momento. Y la sociedad entera está diseñada para que rindas entre las nueve de la mañana y las cinco de la tarde, que es exactamente la ventana en la que peor funcionas.

No digo que tengas TDAH. No soy médico. Pero si las mañanas son consistentemente tu peor momento del día aunque duermas bien, a lo mejor vale la pena investigarlo. Con un profesional. No con un artículo en internet.

¿Hay algo que ayude?

No te voy a vender la rutina matutina milagrosa. Porque la he probado. Todas. Agua fría, meditación, ejercicio, luz solar. Y ayudan un poco. Pero no resuelven el problema de fondo.

Lo que a mí me funciona es aceptar que mis mañanas van a ser lentas y planificar en consecuencia.

No pongo tareas importantes a primera hora. Nunca. Mis mañanas son para cosas mecánicas. Cosas que no requieran pensar. Cosas que pueda hacer medio dormido.

Las tareas que requieren cerebro las pongo por la tarde o por la noche, que es cuando mi cerebro por fin decide aparecer a trabajar. Tres horas más tarde de lo que le toca, pero al menos aparece.

Y desde que dejé de intentar ser una persona de mañanas y empecé a trabajar con mi cerebro en vez de contra él, rindo más. Mucho más. No a las horas que la sociedad considera normales, pero rindo.

Parece una tontería. Pero la diferencia entre forzarte a rendir a las ocho de la mañana y rendirte a las once de la noche es la diferencia entre pasarlo fatal y pasarlo bien. Ya te digo.

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