La injusticia me altera de forma desproporcionada

Ves algo injusto y te hierve la sangre. No puedes dejarlo pasar. Mientras otros se encogen de hombros, tú llevas horas dándole vueltas.

Estás en el supermercado. Alguien se cuela en la cola. Nadie dice nada. Tú tampoco dices nada. Pero por dentro estás ardiendo. Llevas cinco minutos repasando mentalmente lo que le dirías. Diez minutos después, ya en el coche, sigues pensando en ello. Y por la noche, en la cama, tu cerebro decide que es un buen momento para revisitar la escena con tres finales alternativos.

Por alguien que se coló en la cola del supermercado.

Y lo sabes. Sabes que es una tontería. Sabes que no merece ni un segundo de tu energía. Pero tu cerebro no opina lo mismo. Tu cerebro ha decidido que eso es un crimen contra la humanidad y no va a parar hasta que se haga justicia. Justicia que, por cierto, no va a llegar, porque ya estás en casa en pijama.

¿Por qué me afecta tanto algo que a los demás no les importa?

Esto va más allá de tener un "sentido de la justicia muy fuerte". Eso es lo que te dicen. "Es que eres muy justiciero". Como si fuera un rasgo bonito que elegiste. Y no. Esto no es una decisión. Esto es tu cerebro enganchándose a algo y no pudiendo soltarlo.

Es como uno de esos perros que coge un palo y no lo suelta por nada del mundo. Da igual que le des una chuche. Da igual que le llames. Él y su palo. Pues tu cerebro con la injusticia igual. Se agarra y no hay quien lo mueva.

Y no es solo con cosas que te afectan directamente. Puedes ver una noticia sobre algo injusto que le pasa a alguien al otro lado del mundo y sentir la misma rabia. La misma impotencia. El mismo bucle de pensamiento que no se para. Porque no se trata de lo que te pasa a ti. Se trata de que tu cerebro detecta algo que no cuadra con cómo deberían ser las cosas y entra en cortocircuito.

La rabia que no sabes dónde meter

El problema no es enfadarte. El problema es que la intensidad no corresponde con la situación. Que un comentario injusto en una reunión te tenga tres días sin dormir. Que un amigo que cancela planes de forma poco elegante te haga replantearte toda la amistad. Que una decisión política te tenga el estómago revuelto una semana.

Y como la intensidad no corresponde, la gente no te entiende. "Pero tío, tampoco es para tanto." Y tú sabes que no es para tanto. Pero tu cuerpo no se ha enterado. Tu cuerpo sigue en modo combate. Pecho tenso, mandíbula apretada, pensamientos a mil por hora.

Es como si tu cerebro no tuviera un regulador de volumen emocional. Todo va al máximo. No hay punto medio entre "me da igual" y "esto me consume". Y cuando se trata de injusticias, va directo al máximo.

Si además te pasa que reaccionas primero y piensas después, sabes lo peligroso que es este combo. Porque la rabia no se queda dentro. A veces sale. Y luego viene la culpa.

El bucle que no para

Enfado. Rumiación. Más enfado. Búsqueda de justicia que no llega. Frustración por no poder hacer nada. Culpa por seguir dándole vueltas a algo que "no es para tanto". Más enfado por sentirte culpable de algo legítimo.

Ese es el bucle. Y no se para con lógica. No se para con "déjalo estar". No se para con respiraciones profundas, aunque a veces ayudan un poco. Se para solo, cuando tu cerebro se cansa. Que puede ser en dos horas o en dos días.

Y mientras tanto, lo demás se para. El trabajo. Los planes. Las cosas que tenías que hacer. Porque tu cerebro está ocupado montando el juicio del siglo contra un señor que se coló en la cola del Mercadona.

Quizá no es solo tu carácter

Pues mira, te voy a ser honesto. Esa intensidad emocional, esa incapacidad de soltar las cosas, esa rabia desproporcionada ante la injusticia. No es simplemente que seas "apasionado" o "intenso". Hay cerebros que funcionan así. Que procesan las emociones sin filtro. Sin atenuador. Sin esa cosa que la mayoría de gente tiene que les permite decir "bueno, no merece la pena" y realmente sentirlo.

Y eso tiene una explicación neurológica. Se llama TDAH. Y no, no es solo falta de atención. Es también un sistema emocional que va sin frenos. Que siente todo más fuerte. Que se engancha a lo que no cuadra y no puede soltarlo.

No estoy diciendo que sea lo tuyo. Esto no sustituye ir a un profesional. Pero si además de esto sientes que todo te cuesta más que a los demás y no entiendes por qué, a lo mejor merece la pena explorarlo.

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