Jordan vs Biles: dos cerebros competitivos que no saben perder
Michael Jordan fabricaba enemigos. Simone Biles se retiró de una final olímpica. Dos cerebros competitivos, dos formas de gestionar la intensidad.
Michael Jordan hacía apuestas sobre cualquier cosa. Quién llegaba antes al aeropuerto. Quién encestaba más tiros libres en el entrenamiento. Quién comía más rápido. Le daba igual el qué. Lo importante era ganar.
Simone Biles se retiraba de una final olímpica para proteger su cabeza. En Tokio. Delante del mundo entero. Con la medalla de oro casi en la mano.
Dos cerebros competitivos. Dos formas completamente distintas de gestionar la intensidad.
Y aquí es donde la historia se pone interesante. Porque Biles tiene TDAH diagnosticado y lo ha defendido públicamente. Jordan nunca ha hablado de ello. Pero cuando miras cómo funcionaba su cabeza, la cantidad de rasgos compatibles con TDAH que aparecen es difícil de ignorar.
¿Qué pasa cuando un cerebro competitivo no tiene freno de mano?
Jordan no era simplemente competitivo. Era obsesivamente competitivo. De una forma que rozaba lo patológico.
Hay una anécdota que lo resume todo. En un partido contra los Suns, un jugador llamado LaBradford Smith le metió 37 puntos. Al día siguiente, Jordan le metió 47. Normal. Venganza deportiva. Lo que no es normal es lo que vino después: Jordan se inventó que Smith le había dicho algo provocador en el vestuario. Smith nunca dijo nada. Jordan fabricó el insulto para tener motivación extra.
Necesitaba un enemigo. Si no existía, lo creaba.
Eso no es competitividad estándar. Es un cerebro que necesita estímulo constante, que necesita sentir algo intenso para funcionar a tope. Un cerebro que se aburre con la victoria fácil y busca subir la apuesta todo el rato.
Michael Jordan mostraba rasgos compatibles con TDAH que van mucho más allá de la competitividad. La impulsividad con las apuestas (perdió millones jugando al golf, a las cartas, a lo que fuera). La incapacidad de desconectar. La necesidad de estímulo constante. El hiperfoco brutal durante los partidos y la dificultad para gestionar todo lo que pasaba fuera de la cancha.
¿Y si la competitividad tiene otro modo?
Simone Biles es la gimnasta más condecorada de la historia. 37 medallas entre Mundiales y Juegos Olímpicos. Ha inventado movimientos que llevan su nombre. Ha hecho cosas en una barra de equilibrio que desafían las leyes de la física.
Y tiene TDAH diagnosticado. Lo hizo público en 2016, cuando se filtraron unos documentos médicos que mostraban que tomaba medicación. En vez de esconderse, lo dijo directamente: tengo TDAH, tomo medicación, no tengo nada de lo que avergonzarme.
Pero aquí viene la diferencia que importa.
Biles no competía contra los demás. Competía contra sí misma. Su estándar no era "ser mejor que la siguiente gimnasta". Su estándar era hacer cada movimiento un poco más perfecto que la última vez. Subir la dificultad un punto más. Inventar algo que nadie haya hecho antes.
Eso también es un cerebro que busca estimulación. Pero la busca hacia dentro, no hacia fuera. No necesita fabricar enemigos. Necesita superarse a sí misma. Es la misma gasolina, quemada de otra forma.
Algo parecido a lo que vemos cuando comparamos a Phelps y Biles: dos atletas con TDAH, dos formas totalmente diferentes de dominar su deporte.
¿Se puede ser competitivo sin destruirse por el camino?
Tokio 2021. Final por equipos de gimnasia artística. Simone Biles hace su primera rotación en salto y algo falla. No físicamente. Mentalmente. Pierde la noción del espacio en el aire. Se llama "twisties" y para una gimnasta que hace piruetas a tres metros del suelo, es lo más peligroso que puede pasar.
Y Biles se retira.
La mejor gimnasta del mundo, en unos Juegos Olímpicos, con la medalla de oro al alcance, dice "no puedo seguir, mi cabeza no está bien".
El mundo se dividió en dos. Unos la llamaron cobarde. Otros la llamaron valiente. Pero lo que nadie discutió es que hizo algo que Jordan jamás habría hecho.
Porque Jordan nunca paró. Jugó con fiebre. Jugó lesionado. Jugó hasta que el cuerpo le dijo basta de una forma que no admitía negociación. Su competitividad no tenía un interruptor de apagado. Y eso, que le hizo ganar seis anillos de la NBA, también le hizo perder millones en apuestas, destruir relaciones personales y vivir en un estado de tensión permanente que no es sostenible para nadie.
La impulsividad de Jordan la canalizaba en el juego y en las apuestas. La impulsividad de Biles la transformaba en disciplina gimnástica. Mismo combustible, resultado completamente diferente.
Biles demostró que ser competitivo no significa autodestruirte. Que puedes ser la mejor del mundo y decir "hoy no". Que proteger tu cabeza no es rendirte. Es la jugada más inteligente que puedes hacer.
Y eso, viniendo de alguien con TDAH diagnosticado, tiene un peso brutal. Porque los cerebros con TDAH son especialmente propensos a no saber parar. A ir a tope hasta reventar. A confundir el hiperfoco con productividad y el agotamiento con rendimiento.
Lo que estos dos cerebros nos enseñan
Jordan nunca ha hablado públicamente de TDAH. Quizá no lo tiene. Quizá sí y nunca se planteó mirarlo. Quizá en los años 80 y 90 un chaval negro de Carolina del Norte no tenía exactamente fácil acceso a un diagnóstico que ni siquiera los profesionales entendían bien.
Lo que sí sabemos es que su forma de funcionar encaja con un patrón que muchos deportistas con TDAH reconocerían al instante: la necesidad de estímulo, la impulsividad convertida en combustible, el hiperfoco como arma secreta y la incapacidad de encontrar la paz fuera de la competición.
Biles sí tiene el diagnóstico. Y lo que ha hecho con él es más importante que cualquier medalla. Ha demostrado que puedes tener un cerebro hiperactivo que cambia la historia del deporte y al mismo tiempo ser lo suficientemente inteligente como para saber cuándo tu cabeza necesita un descanso.
Jordan ganó siendo imparable. Biles ganó siendo inteligente. Ambos cambiaron su deporte para siempre. Pero solo una de ellos encontró una forma de ser competitiva que no le costara todo lo demás.
Y esa es la lección que nadie te cuenta sobre la competitividad y el TDAH. Que no se trata de cuánta intensidad tienes. Se trata de qué haces con ella.
Si alguna vez te han dicho que eres "demasiado competitivo", "demasiado intenso" o "demasiado todo", puede que tu cerebro simplemente funcione de una forma que necesita entender. No para frenarte. Para conducir con los ojos abiertos.
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