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La inercia del TDAH: el cuerpo que no arranca y el que no para

Si estás parado no puedes empezar. Si estás en movimiento no puedes parar. Tu cerebro no tiene primera marcha. Solo punto muerto y quinta.

tdah

Ayer me tiré 40 minutos en el sofá mirando el techo antes de poder levantarme a hacer la comida.

No estaba cansado. No estaba triste. Simplemente no podía arrancar.

Mi cuerpo pesaba como si la gravedad hubiera subido de nivel sin avisarme. Sabía lo que tenía que hacer. Veía la cocina desde el sofá. Pero la distancia entre el cojín y la encimera era la misma que entre aquí y Marte.

Y lo gracioso es que tres horas después, cuando por fin arranqué, no podía parar. Me puse a cocinar, y después a fregar, y después a reorganizar la despensa entera, y después a limpiar los cristales de la ventana de la cocina que no había tocado en meses. A las once de la noche seguía en movimiento. Completamente incapaz de sentarme.

Mi cerebro no tiene primera marcha. Solo tiene punto muerto y quinta.

¿Por qué cuesta tanto arrancar?

Porque arrancar no es una cuestión de ganas. Es una cuestión de dopamina.

Tu cerebro necesita un mínimo de activación para iniciar cualquier tarea. En un cerebro neurotípico, esa activación viene sola. Piensas "tengo que hacer la comida", tu cerebro suelta un poco de dopamina, y te levantas. Sin drama. Sin negociación interna. Sin esa sensación de que te han pegado al sofá con pegamento industrial.

En un cerebro con TDAH, esa dopamina no llega. O llega tarde. O llega cuando le da la gana, que casi nunca coincide con cuando la necesitas. Y sin ella, da igual lo mucho que quieras hacer algo. Tu cuerpo se queda clavado como si estuviera esperando una señal que no llega.

No es pereza. Es un motor sin chispa.

Y lo peor es que lo sabes. Sabes que en cuanto empieces te va a ir bien. Sabes que la tarea no es difícil. Sabes que solo tienes que levantarte. Pero "solo levantarte" se siente como empujar un coche cuesta arriba. En punto muerto. Con el freno de mano puesto.

¿Y por qué después no puedo parar?

Esto es la otra cara de la misma moneda.

Cuando por fin arrancas, tu cerebro entra en modo locomotora. Y una locomotora no tiene freno suave. Tiene "a toda velocidad" y "descarrilamiento".

Es lo que pasa con el hiperfoco, pero aplicado a cualquier cosa. No solo a las cosas que te gustan. Una vez que estás en movimiento, tu cerebro se engancha a esa inercia como si le fuera la vida. Porque en cierto modo le va la vida. Ha tardado tanto en arrancar que ahora tiene miedo de parar. Porque parar significa volver al punto muerto. Y volver al punto muerto significa otra hora mirando el techo intentando arrancar de nuevo.

Tu cerebro ha aprendido que arrancar es carísimo. Así que cuando por fin está en marcha, se aferra a esa inercia con uñas y dientes. Aunque sean las once de la noche. Aunque estés agotado. Aunque la tarea ya esté hecha y estés limpiando cristales que no necesitan limpiarse.

Mejor seguir haciendo algo innecesario que arriesgarse a parar y no poder volver a empezar.

¿Esto le pasa a todo el mundo?

Sí y no.

Todo el mundo tiene días en los que le cuesta arrancar. Todo el mundo ha tenido un domingo de sofá en el que no le apetecía hacer nada.

Pero hay una diferencia brutal entre "no me apetece" y "no puedo". No me apetece es una elección. No puedo es una pared. Y con TDAH, esa pared aparece a diario. No los domingos. No cuando estás enfermo. A diario. Con tareas que quieres hacer. Con cosas que te importan. Con planes que tú mismo has hecho.

Es ducharte sabiendo que te va a sentar bien y no poder levantarte a hacerlo. Es tener hambre y no poder ir a la cocina. Es querer contestar un mensaje de alguien que te importa y tardar tres días porque tu cerebro no encuentra la chispa para abrir la conversación.

Y luego viene alguien y te dice "es que tienes que ponerte y ya está". Como si el problema fuera la voluntad. Como si no te hubieras dicho eso mismo 400 veces mientras mirabas el techo.

La trampa de los dos extremos

Lo peor de la inercia del TDAH es que los dos extremos se retroalimentan.

No puedes arrancar, así que cuando arrancas, te pasas. Te pasas, te agotas. Te agotas, y al día siguiente no puedes arrancar otra vez. Y la rueda sigue.

Es como si tu cerebro solo supiera funcionar en sprints. Nada de trote constante. Nada de ritmo sostenible. Todo o nada. Parado tres horas y después a tope seis horas sin respirar. Y luego otra vez parado.

Esto es lo que hace que empieces 10 cosas y no termines ninguna. No es falta de interés. Es que cada proyecto necesita que arranques de cero cada vez que lo retomas. Y arrancar de cero es el momento más caro de todo el proceso. Si tu cerebro supiera que puede parar y volver sin pagar el peaje de arranque, pararía. Pero no lo sabe. Así que o lo hace todo de golpe o no lo hace.

¿Qué puedo hacer con esto?

No voy a decirte que "con fuerza de voluntad se supera". Si tu cerebro funciona con dopamina y no con disciplina, la solución no es más disciplina. Es darle a tu cerebro lo que necesita para arrancar sin tener que mover una montaña.

Cosas que a mí me funcionan.

Reducir el coste de arranque. Si la tarea es "limpiar la casa", mi cerebro dice que no. Si la tarea es "coger la bayeta", mi cerebro dice que vale. Una vez que tengo la bayeta en la mano, la inercia hace el resto. No le pidas a tu cerebro que planifique todo el viaje. Pídele solo que dé el primer paso.

Cambiar de posición física. Suena ridículo, pero levantarte del sofá y ponerte de pie ya es medio arranque. Tu cuerpo le manda señales al cerebro. Si estás tumbado, tu cerebro entiende "modo descanso". Si estás de pie, entiende "modo acción". No siempre funciona. Pero funciona más veces de las que crees.

No parar del todo. Esto es contraintuitivo. Pero si estás en racha, no pares para "descansar 5 minutos" porque esos 5 minutos se van a convertir en una hora de punto muerto. Cambia de tarea si necesitas un cambio, pero no pares. Mantén la inercia. Baja de quinta a tercera, pero no pises el freno.

Y aceptar que vas a tener días de punto muerto. Días en los que la chispa no llega. Días en los que el sofá gana. Y que esos días no significan que seas vago, ni que estés fallando, ni que no puedas. Significan que tu cerebro no ha encontrado la dopamina hoy. Mañana puede ser diferente.

El problema no eres tú

La inercia del TDAH es uno de esos síntomas que nadie ve.

Nadie ve las tres horas en el sofá antes de poder arrancar. Solo ven que llegaste tarde. Nadie ve el sprint de seis horas sin parar. Solo ven que a las once de la noche sigues liando en la cocina. Nadie ve la lucha interna. Solo ven el resultado.

Y el resultado, desde fuera, parece pereza o descontrol. Desde dentro, es un cerebro sin regulador de velocidad intentando funcionar en un mundo que espera un ritmo constante.

No tienes un problema de actitud. Tienes un cerebro que funciona a base de inercia. Y la inercia, por definición, resiste al cambio. Cuesta empezar. Cuesta parar. No porque no quieras. Porque así está cableado.

Entender esto no lo soluciona. Pero te quita la culpa. Y sin la culpa, empiezas a buscar trucos en vez de castigarte. Que es exactamente donde empieza a mejorar la cosa.

Si esto te suena demasiado familiar y nunca has sabido por qué, igual es hora de dejar de darle vueltas. Hice un test de TDAH con 43 preguntas basadas en escalas clínicas reales. No es un diagnóstico. Es un punto de partida. 10 minutos y una respuesta menos en la cabeza.

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