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La impulsividad de JFK: decisiones bajo presión con un cerebro que no frena

JFK gestionó la crisis de los misiles de Cuba con una mezcla de carisma, impulsividad y búsqueda de estímulos. Su cerebro no frenaba. A veces eso salvó al mundo.

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John Fitzgerald Kennedy tenía treinta y cinco años cuando se convirtió en el presidente más joven de la historia de Estados Unidos.

No dormía bien. Se aburría con facilidad. Buscaba estimulación constante, ya fuera intelectual, física o de cualquier otro tipo. Tenía una energía que los que lo rodeaban describían como difícil de seguir. Y tomaba decisiones con una velocidad que a veces dejaba a sus asesores con el café a medias.

Nada de eso quiere decir que tuviera TDAH. No hay forma de saberlo.

Pero si lees su biografía con atención, hay momentos en que algo hace clic. No tanto en lo político como en lo humano: en cómo funcionaba su cerebro, en los patrones que se repiten, en la forma en que gestionaba la presión extrema con una mezcla de calma e impulsividad que todavía intriga a los historiadores.

Eso es lo que me interesa explorar aquí.

¿Por qué JFK encaja en el perfil de alguien con TDAH?

Primero, la búsqueda constante de estímulos.

JFK era incapaz de estar quieto. Leía cuatro periódicos antes de desayunar. Mantenía varias conversaciones simultáneas. Cambiaba de tema en mitad de una reunión si algo más interesante cruzaba su radar. Su ritmo en las discusiones intelectuales era tan rápido que muchos asesores reconocían que simplemente no podían seguirle el paso.

Eso no es ambición. Eso es un cerebro que necesita más input del que el entorno normal puede proporcionar.

Luego está la energía. A pesar de los graves problemas de salud que lo acompañaron toda su vida, la gente que trabajaba cerca de él describía una intensidad constante. Una presencia eléctrica. Alguien que, incluso en sus peores días físicos, irradiaba una actividad mental que no se apagaba.

Y después está la impulsividad. No la irresponsabilidad, que es la versión simplificada. Sino la verdadera: la intolerancia a la espera, la preferencia por actuar aunque la información no sea perfecta, la dificultad de frenar cuando el cerebro ya ha tomado una dirección.

JFK tomaba decisiones rápido. A veces demasiado rápido. Y a veces esa velocidad era exactamente lo que la situación necesitaba.

¿Qué fue la crisis de los misiles de Cuba?

En octubre de 1962, aviones de reconocimiento estadounidenses fotografiaron misiles soviéticos en Cuba.

Misiles. Nucleares. A 145 kilómetros de Florida.

El mundo estuvo trece días al borde de una guerra nuclear. Literalmente. No es hipérbole. Hubo momentos en que un fallo de comunicación, una decisión impulsiva del bando equivocado o simplemente mala suerte podría haber desencadenado el fin de todo.

JFK fue el eje de esa crisis. Y lo que hizo, o más bien lo que no hizo, es lo que muchos historiadores consideran que salvó al mundo.

Sus generales le pedían bombardear Cuba de inmediato. Algunos querían una invasión directa. Los halcones dentro de su propio gobierno presionaban para actuar con fuerza y rapidez, antes de que los misiles estuvieran operativos.

JFK frenó.

No completamente. Ordenó una cuarentena naval. Mantuvo la presión. Pero resistió la urgencia de atacar primero.

Y luego negoció.

¿Cómo funcionó su cerebro bajo esa presión?

Aquí es donde el patrón se vuelve interesante.

Porque JFK no tomó esa decisión desde la calma racional de quien tiene todos los datos sobre la mesa y los analiza con frialdad académica. La tomó desde un estado de activación extrema, con información incompleta, con presiones contradictorias de todos los flancos, en tiempo real.

Eso es lo que hace la gente con cerebros que procesan bajo presión de una manera diferente a la media. No se paralizan. Se activan. El caos externo, en lugar de bloquearles, les da la energía que necesitan para funcionar.

Lo que desde fuera parece carisma o liderazgo natural, desde dentro a veces es simplemente que tu cerebro necesita ese nivel de estimulación para funcionar a pleno rendimiento. Que sin la presión, las reuniones rutinarias te aburren hasta el punto de ser casi insufribles. Pero ponlo en el centro de una crisis existencial y de repente aparece la claridad.

Eso resuena mucho con lo que se describe en el TDAH en adultos: el rendimiento en situaciones de alta intensidad que no se replica en la vida cotidiana de bajo estímulo.

El problema, claro, es que no siempre funcionó así.

¿Cuándo la impulsividad le falló?

Bahía de Cochinos. Abril de 1961.

Cuatro meses después de llegar a la presidencia, JFK aprobó una invasión de Cuba organizada por la CIA y compuesta por exiliados cubanos. El plan era un desastre desde el primer momento. Mal diseñado, mal ejecutado, con supuestos que no se sostuvieron ni cinco minutos en contacto con la realidad.

Fracasó por completo. Fue una de las mayores humillaciones de la política exterior estadounidense del siglo XX. Y JFK lo asumió públicamente: "La victoria tiene mil padres, pero la derrota es huérfana."

Lo que resulta difícil de entender, visto desde fuera, es por qué aprobó algo que los propios informes internos ya señalaban como problemático. La respuesta que da la historia es que no quiso aparecer como alguien que frenaba los planes heredados de Eisenhower. Que le pudo la presión política. Que quizás no leyó todos los informes con la atención que merecían.

O quizás, simplemente, había tomado ya la decisión antes de que el análisis completo llegara a su mesa.

Eso también es impulsividad. No la heroica de la crisis de los misiles. La otra. La que actúa antes de tener toda la información porque esperar se siente insoportable.

El mismo mecanismo. Resultados opuestos.

¿Se puede decir que JFK tenía TDAH?

No.

Y esto importa decirlo con claridad, igual que importa decirlo cuando hablamos de Churchill o de Napoleón o de cualquier figura histórica.

JFK murió en 1963. El TDAH como categoría diagnóstica no existía en esa forma. Y aunque existiera, diagnosticar a alguien a partir de registros históricos, biografías y anécdotas es exactamente lo contrario de la medicina.

Lo que sí podemos decir es que su perfil presenta rasgos que hoy reconocemos como asociados al TDAH: la búsqueda constante de estimulación, la impulsividad, la energía que no se apaga, el rendimiento excepcional bajo presión y los puntos ciegos en situaciones de análisis pausado.

Igual que con otros grandes de la historia, no se trata de ponerle una etiqueta. Se trata de entender un patrón de funcionamiento. Y de preguntarse: si ese patrón existía en alguien que cambió el curso del siglo XX, ¿qué dice eso de los cerebros que funcionan así?

¿Qué nos lleva JFK?

Que un cerebro que no frena puede ser, dependiendo del momento, exactamente lo que el mundo necesita o exactamente lo que te va a meter en el mayor problema de tu vida.

La crisis de los misiles necesitaba a alguien capaz de aguantar trece días de presión extrema sin romperse, sin huir hacia la acción impulsiva, sin capitular ante los que pedían bombardear primero y preguntar después. JFK aguantó.

Bahía de Cochinos necesitaba a alguien capaz de parar, leer los informes completos, cuestionar los supuestos, esperar. JFK no esperó.

No es que fuera mejor o peor presidente por eso. Es que era un ser humano con un cerebro que tenía ventajas brutales en ciertos contextos y puntos ciegos igual de brutales en otros.

Como pasa con todos los cerebros que funcionan diferente.

La clave no es si tu cerebro frena o no frena. La clave es saber cuándo necesitas el freno y cuándo el acelerador. Cuándo la velocidad es una ventaja real y cuándo es lo que te va a llevar a Bahía de Cochinos.

Y eso no se consigue ignorando cómo funciona tu cabeza. Se consigue entendiéndola.

Si reconoces alguno de estos patrones en ti mismo, el primer paso es saber con qué tipo de cerebro estás tratando.

Hacer el test de TDAH

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