El hiperfoco de Alan Turing: resolver Enigma cuando nadie más podía
Alan Turing se encerró en Bletchley Park y no paró hasta descifrar Enigma. Esa capacidad de engancharse a un problema tiene nombre clínico.
Alan Turing se encerró en Bletchley Park y no paró hasta descifrar el código que los nazis creían indescifrable. No era perseverancia. Era un cerebro que cuando se enganchaba a un problema no sabía soltarlo. Y eso tiene un nombre clínico.
No estamos hablando de un tío disciplinado que seguía un plan milimetrado. Estamos hablando de alguien que se saltaba reuniones, ignoraba a sus superiores, se olvidaba de comer, y era capaz de pasarse días enteros pensando en una sola cosa mientras el resto del mundo le parecía ruido de fondo.
Si has sentido alguna vez que tu cerebro se engancha a algo y el resto del universo deja de existir, ya sabes de qué va esto.
¿Quién era Alan Turing más allá de las películas?
Todos hemos visto "The Imitation Game" o al menos sabemos que Turing fue el tío que descifró Enigma y que básicamente inventó la computación moderna. Pero la película se queda muy corta.
Turing fue un crío que con dieciséis años ya entendía los trabajos de Einstein sin que nadie se los explicara. Que en el colegio sacaba notas mediocres en todo lo que no le interesaba y notas brillantes en lo que le enganchaba. Que sus profesores escribían cosas como "sus ideas son confusas" mientras él estaba pensando en problemas que no se resolverían hasta décadas después.
Ese patrón lo conocemos bien.
Un cerebro que no responde al "tienes que estudiar esto porque toca". Que solo se enciende cuando el problema es lo suficientemente interesante. Que puede parecer vago, desorganizado, disperso, hasta que encuentra su cosa. Y entonces no hay quien lo pare.
¿Cómo funcionaba el hiperfoco de Turing?
Cuando llegó a Bletchley Park en 1939, el ejército británico tenía a los mejores matemáticos del país intentando descifrar Enigma. La mayoría trabajaba en equipo, con horarios, con estructura. Turing trabajaba a su manera.
Se aislaba durante horas. Perdía la noción del tiempo. Aparecía a reuniones con ideas que nadie entendía porque había dado saltos lógicos que el resto no podía seguir. No es que fuera más listo. Bueno, sí, era más listo. Pero lo que realmente marcaba la diferencia era cómo procesaba los problemas.
Su cerebro no seguía el camino lineal de "paso uno, paso dos, paso tres". Su cerebro saltaba. Conectaba cosas que aparentemente no tenían nada que ver. Veía patrones donde otros veían caos. Y cuando se enganchaba a una línea de pensamiento, era capaz de seguirla durante días sin que nada lo sacara de ahí.
Eso suena mucho a lo que le pasaba a Beethoven componiendo. Otro cerebro que se enganchaba a una idea y no la soltaba hasta exprimirla entera.
La máquina que Turing diseñó para descifrar Enigma, la Bombe, no nació de un proceso ordenado. Nació de un cerebro que se obsesionó con un problema imposible y no paró hasta encontrar una solución que nadie más había visto. Sus compañeros lo describían como alguien que vivía en su propio mundo. Que hablaba solo. Que garabateaba ecuaciones en cualquier superficie disponible. Que se ataba la taza de té al radiador con un candado porque se olvidaba de todo excepto del problema que tenía delante.
Eso no es excentricidad. Eso es un cerebro en hiperfoco.
La otra cara del hiperfoco que nadie celebra
Es fácil ver lo de Enigma y pensar "qué crack, qué capacidad de concentración". Pero el hiperfoco tiene una cara B que no sale en los documentales.
Turing era un desastre en lo social. No porque fuera mala persona, sino porque su cerebro no le dejaba espacio para las convenciones sociales cuando estaba metido en un problema. Era brusco. Directo hasta la incomodidad. Incapaz de hacer small talk. Se olvidaba de compromisos, de personas, de cosas básicas de la vida cotidiana.
Hay una anécdota conocida. Cuando la guerra terminó y el gobierno le concedió la Orden del Imperio Británico, él se la llevó a casa y la usó para sujetar cosas. Le daba exactamente igual el reconocimiento externo. Su cerebro no funcionaba con ese sistema de recompensas.
Es lo mismo que pasa con la obsesión de Marie Curie por su investigación. Un cerebro que cuando se engancha a algo, todo lo demás pierde importancia. Incluida tu propia salud. Incluido lo que los demás piensen de ti.
Y aquí va el matiz importante: nadie ha diagnosticado a Turing con TDAH. Murió en 1954 y el TDAH ni siquiera existía como concepto clínico tal y como lo entendemos hoy. Lo que podemos hacer es observar patrones. Y los patrones están ahí.
¿Qué nos dice el caso de Turing sobre el hiperfoco?
Que no es un superpoder. Es un modo de funcionamiento cerebral que puede producir resultados espectaculares cuando se alinean las condiciones. Cuando el problema es suficientemente estimulante. Cuando el entorno te deja trabajar a tu manera. Cuando nadie te obliga a seguir un horario que no tiene sentido para tu cerebro.
Turing tuvo la suerte de que había una guerra y necesitaban desesperadamente lo que su cerebro podía hacer. Le dejaron ser raro. Le dejaron aislarse. Le dejaron trabajar a las tres de la mañana si le daba la gana. Y el resultado cambió el curso de la historia.
Pero cuando la guerra acabó, ese mismo cerebro que había salvado millones de vidas fue perseguido, castigado y destruido por un sistema que no toleraba la diferencia.
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Lo que no te cuentan es que ese mismo cerebro, cuando no encuentra su estímulo, puede parecer el más vago, el más desorganizado, el más "desperdiciado" de la sala. Porque el hiperfoco no es un botón que pulsas cuando quieres. Es un modo que se activa solo cuando las condiciones son las correctas.
Y entender eso es entender por qué hay gente que descifra códigos de guerra pero se olvida de comprar leche.
Si alguna vez te has enganchado a un problema hasta perder la noción del tiempo mientras el resto de tu vida se iba al garete, puede que tu cerebro tenga algo que contarte.
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