El día que mi hijo me dijo que siempre estoy con el teléfono
Un niño te dice la verdad que ningún adulto se atreve a decirte. Siempre estás con el teléfono. Y tiene razón.
No tengo hijos. Pero tengo una sobrina que me puso delante del espejo sin pedirme permiso.
Estaba en casa de mi hermana. Ella jugando en el suelo con sus muñecos. Yo sentado en el sofá, teléfono en mano, contestando un mensaje "rápido" que llevaba ya 20 minutos. Y de repente, sin levantar la vista de sus juguetes, con la naturalidad salvaje de un niño que dice lo que piensa:
"Tío, ¿por qué siempre estás mirando el teléfono?"
Y me quedé helado.
No porque fuera una acusación. Los niños no acusan. Constatan. Era una observación empírica de una persona de cuatro años que había notado un patrón: cada vez que estoy con ella, mi teléfono está en mi mano. Y tenía razón. Jodida razón.
Los niños no mienten. Y eso duele.
Un adulto te dice "oye, estás mucho con el móvil" y tu cerebro activa las defensas. "Es trabajo." "Es urgente." "Son solo cinco minutos." Tienes 47 excusas preparadas para cualquier adulto que cuestione tu relación con la pantalla.
Pero cuando te lo dice un niño, las excusas no funcionan. Porque el niño no está juzgando. Está describiendo la realidad. Y la realidad es que estás mirando una pantalla mientras una persona pequeña que te quiere está intentando enseñarte un dinosaurio de plástico.
Y el dinosaurio de plástico es más importante que cualquier email. Cualquiera. Sin excepción. Pero tu cerebro no lo ve así.
Tu cerebro TDAH ve el email como una tarea abierta. Un loop sin cerrar. Un estímulo incompleto que genera ansiedad hasta que lo resuelves. Y el dinosaurio de plástico no genera ansiedad. No tiene deadline. No tiene KPI. No pasa nada si no lo miras ahora.
Excepto que sí pasa. Pasa que un niño aprende que el teléfono es más interesante que él.
No es el teléfono. Es la adicción al estímulo.
Vamos a ser honestos. No miras el teléfono porque sea urgente. Lo miras porque tu cerebro necesita estímulos. Constantemente. Y el teléfono es el dispensador de dopamina más accesible que existe.
Una notificación. Un like. Un email. Un mensaje. Cada uno es una microdosis de novedad. Y tu cerebro TDAH, que busca novedad como un yonki busca su dosis, va a elegir la notificación sobre la conversación aburrida el 100% de las veces.
No porque la conversación sea aburrida. Sino porque el teléfono es más estimulante. Y tu cerebro prioriza estímulo sobre importancia. Siempre.
El resultado: estás físicamente presente y mentalmente ausente. En todas partes. En la cena con tu pareja. En la comida con tus padres. En el suelo jugando con tu sobrina. Tu cuerpo está ahí pero tu mente está en la pantalla de cinco pulgadas que tienes en la mano.
Lo que vi cuando dejé el teléfono una tarde entera
Después de lo de mi sobrina, hice un experimento. Un sábado por la tarde, teléfono en modo avión, en un cajón. Toda la tarde. Cuatro horas.
Las primeras dos fueron una tortura. Me pillé buscando el teléfono en el bolsillo como 30 veces. Un gesto automático. La mano iba sola. Como cuando buscas las llaves y las tienes en la mano. Mi cerebro generaba impulsos de "mira el teléfono" cada pocos minutos, y yo tenía que ignorarlos activamente.
A la tercera hora, algo cambió. Empecé a fijarme en cosas que no veía normalmente. El sonido de la calle. La textura del sofá. La cara de la persona que tenía delante cuando hablaba. Detalles que estaban ahí siempre pero que mi cerebro filtraba porque no eran tan estimulantes como una pantalla.
A la cuarta hora, no quería recuperar el teléfono.
Y cuando lo cogí, ¿sabes qué había pasado? Tres notificaciones de cosas que podían esperar perfectamente al lunes. Tres. En cuatro horas. La emergencia que mi cerebro anticipaba no existía.
El teléfono como chupete del emprendedor
No te voy a decir que dejes el teléfono. Sería hipócrita. Lo uso todo el día. Es mi herramienta de trabajo. Sin él no grabo reels, no contesto clientes, no gestiono el negocio.
Pero hay una diferencia entre usarlo y necesitarlo. Y cuando no puedes estar cuatro horas sin mirarlo, no lo estás usando. Te está usando a ti.
Lo que hago ahora es simple pero efectivo.
Cuando estoy con gente que me importa, el teléfono va boca abajo. No en silencio. Boca abajo. Porque si veo la pantalla iluminarse, voy a mirarlo. Mi fuerza de voluntad no es rival para una notificación.
Cuando quiero estar presente de verdad, el teléfono va a otra habitación. No al bolsillo. No a la mesa. A otra habitación. La distancia física crea una barrera que mi cerebro impulsivo no se molesta en superar la mayoría de las veces.
Y la regla más importante: si alguien pequeño me está enseñando algo, aunque sea un dinosaurio de plástico, el teléfono desaparece. Porque ese dinosaurio es más importante que cualquier factura. Y quiero que lo sepa.
No quiero ser el tío que siempre estaba con el teléfono. Y si tú tienes hijos, sobrinos, o cualquier persona pequeña que te mire con ojos grandes esperando tu atención, probablemente tú tampoco.
Con la pantalla apagada.
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