La gente piensa que paso de ellos pero no es verdad: mi cabeza no me deja estar presente
Tus amigos creen que pasas de ellos. Tu pareja dice que no escuchas. No es que no te importen. Es que tu cabeza no te deja estar donde quieres estar.
Mi mejor amigo me dijo una vez: "Tío, es que cuando hablas conmigo se nota que estás en otro sitio".
Y tenía razón.
Estábamos en un bar. Él me estaba contando algo importante. Algo de su trabajo, un lío con su jefe, no sé. Y yo estaba ahí, asintiendo, diciendo "ya, ya" cada tres frases. Pero mi cabeza estaba calculando si me daba tiempo a ir al supermercado antes de que cerrara. Y pensando en un email que no había contestado. Y recordando que tenía que llamar al dentista.
Todo eso mientras mi amigo me miraba a los ojos esperando que le dijera algo con sentido.
Y lo peor no es que no escuchara. Lo peor es que no me di cuenta de que no estaba escuchando hasta que él me lo dijo. Porque yo sentía que estaba ahí. Mi cuerpo estaba ahí. Mis ojos estaban ahí. Pero mi atención había salido por la puerta hacía diez minutos y yo ni me había enterado.
¿Por qué parece que paso de la gente?
Esto es algo que arrastro toda la vida. No con todo el mundo ni todo el rato. Pero sí con demasiada frecuencia.
Estoy cenando con mi novia y de repente me doy cuenta de que no he oído las últimas dos frases que me ha dicho. Me pregunta algo y le contesto algo que no tiene nada que ver. Y ella me mira con esa cara de "no estabas escuchando, ¿verdad?"
Y no. No estaba escuchando. Pero no porque no me importara. No porque prefiriera estar en otro sitio. Sino porque mi cerebro, sin permiso, sin aviso, decidió irse a pensar en otra cosa.
Es como tener un compañero de piso que pone la música altísima cuando tú intentas hablar por teléfono. No es que tú no quieras oír a la otra persona. Es que hay un ruido interno tan fuerte que tapa todo lo demás. Un ruido que nadie más puede escuchar. Un ruido que a veces ni tú eres consciente de que está ahí.
Y mis amigos dicen que no escucho. Y tienen razón. Pero la razón por la que no escucho no es la que ellos piensan.
¿Cuántas relaciones se joden por esto?
Te voy a ser sincero. Muchas.
He perdido amistades por esto. No de forma dramática. No hubo una pelea ni un portazo. Simplemente me fui distanciando. Dejé de contestar mensajes. No porque no quisiera contestar, sino porque los vi, pensé "ahora contesto" y mi cerebro se fue a otra cosa. Y cuando me acordé, habían pasado tres semanas. Y ya era raro contestar.
Y desaparezco de la vida de la gente sin querer. No es una decisión consciente. No me despierto un día y digo "voy a dejar de hablar con esta persona". Es que mi cerebro no gestiona el mantenimiento de relaciones como se supone que debería. Ojos que no ven, corazón que no siente. Literalmente. Si no estás delante de mí, mi cerebro puede olvidarse de que existes durante semanas. Y eso no significa que no me importes. Significa que mi sistema de recordatorios internos está roto.
Mi novia lo entiende. Ahora. Al principio no. Al principio pensaba que pasaba de ella. Que no me interesaban sus cosas. Que era egoísta. Y yo no podía explicarle lo que pasaba porque ni yo lo sabía. Solo sabía que algo no funcionaba.
¿Qué se siente cuando sabes que fallas y no puedes evitarlo?
Se siente fatal. Esa es la respuesta corta.
La larga es que vives con una culpa constante que te come por dentro. Porque sabes que la gente a tu alrededor se siente ignorada. Sabes que tu pareja quiere que estés presente y tú quieres estar presente. Pero te cuesta estar con la gente que quieres de la forma en que ellos necesitan. Y no es por falta de cariño. Es por algo que no puedes controlar.
Es como ser daltónico emocional. La gente te muestra colores y tú los ves, pero los ves diferente. Y por mucho que te digan "es rojo, míralo bien", tú sigues viéndolo marrón. Y te sientes roto porque todo el mundo ve una cosa y tú ves otra.
Solo que en tu caso no son colores. Son señales sociales. Conversaciones. Mensajes. Quedadas que olvidaste. Cumpleaños que se te pasaron. Esos pequeños gestos que mantienen viva una relación y que tu cerebro tira a la papelera sin que tú le des permiso.
¿Y si no fuera un problema de carácter?
Yo me pasé años pensando que era mala persona. O al menos una persona egoísta. Porque los datos estaban ahí: no escuchaba a la gente, olvidaba cosas importantes, desaparecía durante semanas. Todo apuntaba a que no me importaban los demás.
Pero me importaban. Mucho. Y esa contradicción entre lo que sentía y lo que hacía me estaba volviendo loco.
Hasta que un profesional me puso nombre a lo que pasaba. TDAH. Trastorno por Déficit de Atención e Hiperactividad. Y antes de que pienses "eso es de niños", déjame decirte que uno de los síntomas más invisibles y más destructivos del TDAH en adultos es exactamente esto: la dificultad para mantener la atención en interacciones sociales que agotan tu energía mental. No porque no quieras estar ahí. Sino porque tu cerebro necesita más dopamina de la que esa interacción le da para mantenerse enganchado.
Es el mismo mecanismo por el que no puedes concentrarte en una reunión aburrida. Pero aplicado a las personas. Y eso duele. Porque una reunión aburrida no tiene sentimientos. Tu pareja sí.
El DSM-5 habla de "dificultad para mantener la atención en tareas o actividades recreativas". Y sí, las conversaciones son una actividad. Tu cerebro las procesa como una tarea más. Y si no hay suficiente estímulo, se va. No porque esa persona no le importe. Porque no tiene la dopamina para quedarse.
Esto no es una excusa. Y esto no sustituye hablar con un profesional. Si crees que algo de esto te resuena, un psicólogo o psiquiatra especializado en TDAH adulto puede ayudarte a entender qué pasa.
No eres mala persona. Pero necesitas entender qué pasa.
Mira, saber que tengo TDAH no me convirtió en un oyente perfecto. Sigo desconectándome en conversaciones. Sigo olvidando contestar mensajes. Sigo teniendo que hacer un esfuerzo consciente y activo para estar presente cuando hablo con alguien.
Pero ya no pienso que sea un problema de carácter. Ya no creo que sea egoísta. Y lo más importante: ahora puedo explicárselo a la gente que me importa. "Oye, no es que pase de ti. Es que mi cerebro funciona así. Y estoy trabajando en ello."
No es una excusa. Es una explicación. Y las explicaciones cambian relaciones.
Porque a muchos de nosotros nos cuesta más que al resto mantener las relaciones. No porque no queramos. Sino porque nuestro cerebro no nos da las herramientas automáticas que otros tienen. Y una vez que sabes eso, puedes empezar a construir las tuyas.
Si llevas tiempo sintiéndote culpable por no estar presente con la gente que quieres, hice un test de 43 preguntas que puedes hacer en 10 minutos. No te va a dar un diagnóstico. Pero puede darte algo que llevabas mucho tiempo necesitando: una explicación que no sea "soy mala persona".
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