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Halloween y TDAH: la noche de sobreestimulación que no pediste

Ruidos, disfraces, luces, multitudes. Halloween es sobreestimulación pura. Y tu cerebro TDAH ya venía saturado de serie.

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Ruidos, disfraces, multitudes, luces, niños corriendo, música a tope. Halloween es la noche de sobreestimulación perfecta. Y tu cerebro TDAH ya estaba saturado antes de salir de casa.

El año pasado fui a una fiesta de Halloween. Una de esas que organizan en un local enorme, con niebla artificial, luces estroboscópicas, gente disfrazada de cualquier cosa y música tan alta que tenías que gritar para pedir una cerveza. Pensé que iba a molar.

Duré cuarenta minutos.

No porque la fiesta fuera mala. La fiesta estaba genial. El problema era mi cabeza. A los diez minutos ya estaba procesando demasiadas cosas a la vez: la conversación del grupo de al lado, el tío disfrazado de payaso que pasaba cada treinta segundos, el bajo de la música que me vibraba en el pecho, las luces que cambiaban de color sin parar. Mi cerebro intentaba registrarlo todo. Todo a la vez. Sin filtro.

A los veinte minutos dejé de escuchar a la persona que me estaba hablando. No porque no me interesara. Sino porque mi procesador se había saturado. Asentía como un muñeco de dashboard mientras por dentro solo pensaba "quiero irme a casa".

A los cuarenta minutos me fui.

Y no me fui enfadado ni triste. Me fui agotado. Como si hubiera corrido una maratón pero sin moverme del sitio.

¿Por qué Halloween es tan agotador con TDAH?

Porque Halloween es un buffet libre de estímulos. Y tu cerebro TDAH no sabe decir que no en un buffet.

Un cerebro neurotípico tiene un filtro. Entra en una fiesta de Halloween y automáticamente decide qué es relevante y qué no. Los gritos de fondo, ruido blanco. La decoración, la ve una vez y la archiva. La música, baja el volumen interno y se centra en la conversación.

Tu cerebro no hace eso.

Tu cerebro lo capta todo. El grito del niño de tres mesas más allá. El parpadeo de la calabaza led. El olor a palomitas mezclado con el de la niebla artificial. La textura rara del disfraz que llevas puesto. Todo entra. Nada se filtra. Es como tener el volumen emocional al máximo sin botón de bajar.

Y lo peor es que no es solo el estímulo en sí. Es la acumulación.

Un ruido fuerte, lo aguantas. Dos, también. Pero Halloween no es un ruido fuerte. Es cien estímulos pequeños, constantes, simultáneos, que van llenando un vaso que ya venía medio lleno del resto del día. Del resto de la semana. Del resto del mes.

Porque seamos honestos: no es que tu cerebro llegue a Halloween descansado y fresco. Llegas ya con el medidor en amarillo. Y Halloween lo pone en rojo.

¿Es solo sobreestimulación o hay algo más?

Hay más. Siempre hay más.

Halloween tiene un componente social que complica las cosas. Fiestas con mucha gente. Conversaciones en grupo. Tener que disfrazarte, lo cual ya es una decisión que tu cerebro TDAH lleva aplazando desde septiembre. Planes que cambian tres veces en la misma noche. "Quedamos aquí." "No, mejor allí." "Espera, que fulano dice que vayamos a otro sitio."

Cada cambio de plan es una recarga para tu cerebro. Porque tienes que reconfigurar todo: la ruta, las expectativas, el nivel de energía social que vas a necesitar. Es como las reuniones familiares pero con disfraces y volumen multiplicado por tres.

Y luego está el tema de la noche. Halloween es nocturno por definición. Y los cerebros TDAH y la noche tienen una relación complicada. Tu regulación del sueño ya es un desastre de serie. Tu cerebro se activa cuando debería apagarse. Y ahora le metes una fiesta con estímulos visuales y sonoros a las once de la noche.

Es la receta perfecta para acabar a las 3 de la mañana con los ojos como platos, el cerebro frito y el cuerpo pidiendo cama pero sin poder dormirse.

¿Qué puedes hacer para sobrevivir Halloween?

No voy a decirte que no vayas. Ni que te quedes en casa con Netflix y una manta. Bueno, si quieres hacer eso, perfecto, es un plan fantástico. Pero si quieres salir, hay cosas que ayudan.

Elige tus batallas. No tienes que ir a todas las fiestas. Ni quedarte hasta el final en ninguna. Permítete llegar tarde, irte pronto, o simplemente decir "paso de esta y voy a la siguiente". Tu energía social es un recurso limitado. Gástalo donde merezca la pena.

Ten tu escape plan. Antes de salir, decide cuál es tu señal de "me estoy saturando" y qué vas a hacer cuando llegue. Puede ser salir cinco minutos a la calle. Puede ser ir al baño a respirar. Puede ser mandarte un mensaje a ti mismo que diga "me voy en quince minutos" para darte permiso. El truco es decidirlo antes, cuando todavía piensas con claridad.

El disfraz importa. Si las texturas te molestan, no te pongas un disfraz incómodo por quedar bien. Si la máscara te agobia, no la lleves. Si el maquillaje te pica, pasa del maquillaje. Nadie en la historia de Halloween ha muerto por ir con un disfraz cómodo.

Controla lo que puedas controlar. No puedes bajar el volumen de la fiesta. Pero puedes elegir dónde te colocas. Las esquinas y los laterales tienen menos estímulos que el centro de la pista. La terraza tiene menos ruido que el interior. El grupo pequeño tiene menos caos que el grupo grande.

La trampa del "debería disfrutarlo"

Esto es lo que más me fastidia de todo.

La sensación de que Halloween es divertido y tú deberías estar pasándolo bien. Todo el mundo lo pasa bien. Las fotos de Instagram son geniales. Los stories de la gente son geniales. Y tú estás en una esquina del bar deseando teletransportarte a tu sofá.

Y te sientes culpable.

Culpable por no aguantar. Por ser "el raro" que se va pronto. Por necesitar esos cinco minutos en la calle mientras los demás siguen bailando como si nada. Es la misma historia de la Nochevieja: una fiesta que "debería" ser increíble y que para ti se convierte en un ejercicio de supervivencia.

Pero no eres raro. Ni aburrido. Ni antisocial.

Tu cerebro simplemente procesa el mundo de manera diferente. Y eso no es un defecto. Es una característica. Una que hace que necesites gestionar tu energía de forma distinta a la mayoría.

Halloween seguirá ahí el año que viene. Y el siguiente. Y tu cerebro seguirá funcionando como funciona. La diferencia es que ahora puedes dejar de pelearte con él y empezar a trabajar con él.

Que al final, esa es siempre la diferencia.

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