¿Tenía Franz Kafka TDAH? La mente que no podía dormir ni dejar de escribir
Kafka dormía fatal, escribía de madrugada y no mantenía relaciones. ¿TDAH sin diagnosticar? Analizamos las señales que nadie vio a tiempo.
Kafka dormía mal, escribía de madrugada, odiaba su trabajo, no podía mantener relaciones estables y sentía que no encajaba en ningún sitio. Cualquier psiquiatra actual levantaría una ceja.
Y no una ceja de "qué interesante, cuéntame más". Una ceja de "siéntate, que vamos a hablar largo y tendido".
Porque la lista de cosas que le pasaban a Franz Kafka coincide punto por punto con lo que hoy cualquier especialista reconocería como señales claras de un cerebro que funciona diferente. No estoy diciendo que Kafka tuviese TDAH diagnosticado. Estoy diciendo que si leyeras su diario sin saber quién lo escribió, pensarías que es el testimonio de alguien en una sala de espera de neurología.
¿Quién era Kafka más allá de los libros?
Todo el mundo conoce a Kafka por "La metamorfosis". El tipo que escribió lo de despertarte convertido en un bicho. Pero lo que poca gente sabe es cómo era su vida real. Y ahí es donde la cosa se pone interesante.
Franz Kafka nació en Praga en 1883. Estudió Derecho porque su padre quería que estudiase Derecho. Trabajó en una compañía de seguros porque necesitaba dinero para sobrevivir. Y escribía. Escribía como si le fuese la vida en ello. Pero solo podía hacerlo de noche.
De día, oficina. Papeles. Informes. Un trabajo que le chupaba el alma pero del que no podía salir porque necesitaba el sueldo. De noche, cuando el mundo se callaba y su cabeza por fin encontraba una frecuencia donde podía funcionar, se sentaba a escribir. A veces hasta las tres, las cuatro, las cinco de la mañana.
Si eso no te suena a alguien con TDAH que solo puede concentrarse cuando desaparece el ruido externo, es que no conoces a suficiente gente con TDAH.
Las señales que nadie vio porque nadie las estaba buscando
Kafka dejó una cantidad absurda de escritos personales. Diarios, cartas, notas. Y en todos repite los mismos patrones.
La incapacidad de mantener rutinas. Intentaba una y otra vez establecer horarios, planificar su día, organizarse. Fracasaba siempre. No por falta de voluntad. Por falta de un cerebro que cooperase con la idea de hacer las cosas en orden.
La parálisis ante las decisiones. Su relación con Felice Bauer es el ejemplo perfecto. Se comprometieron. Rompieron. Se comprometieron otra vez. Rompieron otra vez. No porque no la quisiese. Porque tomar una decisión irreversible le generaba una ansiedad que lo bloqueaba por completo. Eso es disfunción ejecutiva con nombre y apellidos.
La hipersensibilidad al entorno. Kafka necesitaba silencio absoluto para escribir. Cualquier ruido lo descarrilaba. Se quejaba del ruido de su familia, de los vecinos, de la calle. No era manía. Era un sistema nervioso que procesaba cada estímulo a todo volumen, como le pasa a Van Gogh con su forma de percibir el mundo.
Los ciclos de hiperfoco y abandono. Escribía "El proceso" como un poseso durante semanas y luego lo dejaba tirado durante meses. No lo terminó. Tampoco terminó "El castillo". Su amigo Max Brod tuvo que publicar sus obras póstumamente porque Kafka no fue capaz de llevar ningún proyecto largo hasta el final. Eso no es pereza. Eso es un cerebro que se engancha a algo con una intensidad bestial y luego pierde la señal de golpe.
¿Habría sido diagnosticado Kafka si hubiera vivido hoy?
Depende del psiquiatra, pero las probabilidades son altas.
Mira la lista: problemas crónicos de sueño, incapacidad para mantener rutinas, dificultad extrema con las decisiones, hipersensibilidad sensorial, ciclos de hiperfoco seguidos de abandono, relaciones personales inestables, sensación constante de no encajar, procrastinación crónica a pesar de una motivación interna enorme.
Eso es básicamente el manual de TDAH en adultos con un par de fotos de Praga de fondo.
El problema es que en 1910 nadie estaba buscando eso. El TDAH no se describió formalmente hasta mediados del siglo XX, y hasta hace relativamente poco se pensaba que solo afectaba a niños hiperactivos que no paraban quietos en clase. Un adulto que funcionaba en su trabajo, escribía obras maestras y mantenía una vida social razonablemente normal no entraba en el radar de nadie.
Es parecido a lo que pasa con Lewis Carroll y las señales de TDAH que nadie identificó en su época. Cerebros brillantes que compensaban lo suficiente como para pasar desapercibidos, pero que por dentro libraban una batalla constante contra su propia forma de funcionar.
La escritura como regulación emocional
Aquí es donde la cosa se pone realmente interesante.
Kafka no escribía para publicar. De hecho, le pidió a Max Brod que quemase todo cuando muriese. Escribía porque necesitaba escribir. Era su forma de procesar el mundo. De poner orden en un cerebro que no sabía estar quieto.
En sus diarios hay entradas que son pura descarga emocional. Páginas y páginas de pensamientos encadenados sin estructura aparente, saltando de un tema a otro, mezclando reflexiones profundas con observaciones absurdas del día a día. Si eso no te suena a un cerebro con TDAH volcando todo lo que lleva dentro para poder funcionar al día siguiente, no sé qué te va a sonar.
La escritura era su mecanismo de regulación. Su forma de bajar el volumen interno. Y paradójicamente, esa misma necesidad compulsiva de escribir para sobrevivir emocionalmente es lo que produjo algunas de las obras más importantes de la literatura del siglo XX.
Es lo mismo que le pasaba a Beethoven con la música. Un cerebro caótico que encontró en el arte la única estructura donde podía funcionar a pleno rendimiento.
Lo que Kafka nos enseña sin pretenderlo
Que la persona que no encaja en el molde no está rota. Está en el molde equivocado.
Kafka fue un abogado mediocre y un empleado de seguros que odiaba su trabajo. Pero fue uno de los escritores más influyentes de la historia. No a pesar de su cerebro diferente, sino exactamente por eso. Su forma de ver el mundo, su intensidad, su incapacidad de aceptar la realidad tal como se la presentaban, su necesidad de reescribir las cosas hasta que encajasen con lo que sentía por dentro. Todo eso salía de un cerebro que no funcionaba como se suponía que debía funcionar.
Y resulta que ese cerebro que no funcionaba como se suponía es el que escribió "La metamorfosis", "El proceso" y "El castillo".
A lo mejor el problema nunca fue el cerebro. A lo mejor el problema siempre fue el sitio donde le dijeron que lo tenía que usar.
Si alguna vez has sentido que tu cabeza funciona de una forma que no encaja con lo que el mundo espera de ti, puede que no sea un defecto. Puede que solo necesites entender cómo funciona.
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