La búsqueda de riesgo de Francis Drake: pirata, explorador y caballero
Francis Drake necesitaba riesgo para funcionar. Atacar puertos, circunnavegar el globo, desafiar armadas. Un patrón que encaja con la búsqueda de sensaciones del TDAH.
Francis Drake fue pirata, corsario, explorador y caballero. Todo a la vez, todo al máximo. No era ambición. Era un cerebro que necesitaba riesgo para sentirse vivo.
Y cuando digo riesgo, no me refiero a apostar veinte euros en una partida de póker. Me refiero a asaltar un puerto español con tres barcos mientras te superan en número cinco a uno. A cruzar el estrecho de Magallanes con una flota que se iba deshaciendo por el camino. A mirar a la Armada Invencible de frente y decir "bueno, antes voy a terminar esta partida de bowls".
Ese nivel de riesgo.
¿Por qué algunos cerebros necesitan el riesgo para funcionar?
Hay un patrón neurológico que se repite en muchos cerebros con TDAH. Se llama búsqueda de sensaciones, o novelty seeking si te mola el término técnico. Básicamente, el cerebro necesita un nivel de estimulación más alto de lo normal para activarse, para sentir que está funcionando de verdad.
Un cerebro neurotípico se activa con estímulos normales. Planificar un proyecto. Organizar una agenda. Seguir un plan paso a paso.
Un cerebro que busca sensaciones necesita más. Necesita novedad. Necesita intensidad. Necesita ese punto de peligro que le enciende todas las luces. Sin eso, se aburre. Y cuando se aburre, se apaga.
Drake mostraba rasgos compatibles con este patrón de una forma casi de manual. Cada misión tenía que ser más arriesgada que la anterior. Cada objetivo más imposible. Cada apuesta más alta. No porque fuera un inconsciente. Sino porque su cerebro probablemente funcionaba así.
El patrón de escalada que nadie para
Fíjate en la progresión.
En 1572, Drake ataca Nombre de Dios, un puerto español en Panamá. Con un puñado de hombres. En territorio enemigo. A miles de kilómetros de cualquier refuerzo. El resultado: herido de bala, pero con información sobre las rutas del tesoro español. Un tipo normal habría dicho "vale, casi me matan, me vuelvo a casa".
Drake dijo "siguiente".
Después, asaltó recuas de mulas cargadas de plata en el istmo de Panamá. Luego volvió a Inglaterra, y en vez de retirarse con lo ganado, planificó algo más grande. Siempre más grande.
En 1577 se lanzó a la circunnavegación del globo. No porque quisiera ver mundo. Sino porque de camino podía saquear los puertos españoles del Pacífico, donde nadie esperaba un ataque inglés. Nadie había cruzado desde el Atlántico al Pacífico para atacar por sorpresa. Nadie excepto alguien cuyo cerebro necesitaba exactamente eso.
Y funcionó. Robó el cargamento del Nuestra Señora de la Concepción, un galeón español cargado de oro, plata y joyas. Fue como atracar un banco que ni siquiera tenía guardia de seguridad porque nadie imaginaba que alguien estaría tan loco como para llegar hasta allí.
Otros exploradores con posibles rasgos de TDAH muestran patrones similares. La exploración como necesidad neurológica, no solo como ambición.
La partida de bowls que lo explica todo
Hay una escena que resume a Drake mejor que cualquier biografía.
1588. La Armada Invencible española se acerca a las costas de Inglaterra. Es el momento más peligroso de la historia naval inglesa. Los mensajeros llegan a Plymouth con la noticia. Los capitanes ingleses corren a preparar sus barcos.
Drake estaba jugando a los bowls.
Y según la historia, cuando le dijeron que la Armada Invencible estaba a la vista, respondió algo así como: "Hay tiempo de sobra para terminar la partida y derrotar a los españoles después".
Puedes leer eso como frialdad estratégica. O puedes leerlo como un cerebro que necesita la adrenalina del último momento para activarse. Que no se pone en marcha hasta que la amenaza es real, inmediata, tangible. Que funciona mejor bajo presión porque la presión es lo que enciende el motor.
Cualquiera que haya dejado un proyecto para el último día y luego lo haya clavado en tres horas de hiperfoco reconoce ese patrón. La diferencia es que Drake lo hacía con flotas navales.
Un cerebro que no se jubila del riesgo
Lo más revelador de Drake no son sus victorias. Es que no paró nunca.
En 1595, con 55 años, un hombre rico, un caballero nombrado por la reina, con propiedades y prestigio de sobra para vivir tranquilo el resto de su vida, se embarcó en otra expedición al Caribe. Otra vez contra los españoles. Otra vez contra todo pronóstico.
Esta vez no salió bien. La expedición fue un desastre. Y Drake murió de disentería frente a las costas de Portobelo, en Panamá. En el mar. Con la armadura puesta, según algunas crónicas.
No murió retirado en una mansión inglesa. Murió buscando el siguiente riesgo.
Eso no es avaricia ni sed de gloria. Un hombre que ya lo tiene todo y sigue lanzándose a expediciones suicidas con 55 años está siguiendo un impulso que va más allá de la lógica. Es el mismo impulso que empuja a otros cerebros inquietos a dejarlo todo por una idea absurda. A espías y aventureros a meterse en situaciones donde cualquier persona sensata habría dicho que no.
La diferencia entre valiente y necesitado de riesgo
Drake era valiente. Eso no se discute. Pero la valentía sola no explica la escalada constante. No explica por qué cada misión tenía que superar a la anterior. No explica la incapacidad de parar cuando ya tenías todo lo que necesitabas.
La búsqueda de sensaciones sí lo explica.
Es el mismo mecanismo que hace que un emprendedor con TDAH monte un negocio, lo haga funcionar, se aburra, y monte otro. Que un deportista con TDAH necesite deportes extremos porque los normales no le activan. Que alguien como Magallanes cruzara océanos desconocidos porque quedarse en tierra no era una opción que su cerebro pudiera procesar.
Drake mostraba rasgos compatibles con ese patrón de búsqueda de riesgo que hoy asociamos con el TDAH. No podemos diagnosticarlo con cinco siglos de distancia. Pero el patrón está ahí. Claro como el agua. Cada decisión importante de su vida apunta en la misma dirección: necesitaba la siguiente dosis de intensidad para funcionar.
Y mientras la consiguió, fue imparable.
Si lees esto y te suena familiar esa necesidad de intensidad, de novedad, de que las cosas tengan un punto de riesgo para que tu cerebro se encienda, puede que no sea un defecto. Puede que tu cerebro simplemente funcione así. El primer paso es entenderlo.
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