Si tu cerebro funciona como el de Conor McGregor, no eres agresivo: eres impulsivo
Esa reacción que no puedes frenar no es agresividad. Es un cerebro sin freno de mano. La diferencia importa más de lo que crees.
Alguien te dice algo que te molesta y antes de terminar la frase ya estás contestando. No sabes exactamente qué has dicho, pero por la cara del otro, no era nada diplomático.
Te arrepientes tres segundos después. Siempre tres segundos después. Nunca antes.
Y piensas: "Soy un borde. Soy agresivo. Tengo un problema de carácter."
Pero no. Probablemente no tengas un problema de carácter. Probablemente tengas un problema de inhibición de respuesta. Y la diferencia entre las dos cosas es gigante.
¿Eres agresivo o tu cerebro no tiene freno de mano?
Cuando escribí sobre Conor McGregor y su impulsividad, mucha gente me escribió diciendo lo mismo: "Rubén, yo hago eso. No tiro sillas contra autobuses, pero contesto antes de pensar, exploto por tonterías, y luego me siento fatal."
Y eso es justo lo que quiero que entiendas hoy. No desde la teoría. Desde el espejo.
McGregor en una rueda de prensa es un espectáculo. Abre la boca y lo que sale, sale. Sin filtro, sin guion, sin ese medio segundo donde una persona neurotípica piensa "¿debería decir esto?". Para cuando su cerebro procesa que tirarse a por Khabib fuera de la jaula no es buena idea, ya está saltando la valla.
Tú no saltas vallas. Pero contestas un mensaje de WhatsApp en caliente y te cargas una amistad. Le sueltas algo a tu pareja que no piensas de verdad pero que ya no puedes borrar. Mandas un email al jefe que tu yo del futuro habría escrito muy diferente.
El mecanismo es el mismo. La escala es distinta. El sufrimiento posterior, idéntico.
La diferencia entre agresividad e impulsividad importa (y mucho)
La agresividad es intencional. Quieres hacer daño. Planeas el golpe. Disfrutas el impacto.
La impulsividad no tiene nada que ver con eso. La impulsividad es que tu cerebro actúa antes de que tú decidas actuar. No hay plan. No hay intención. Hay una reacción que ocurre a una velocidad que tu corteza prefrontal no puede gestionar.
En el TDAH, la corteza prefrontal, que es básicamente el freno de mano del cerebro, funciona con retraso. No es que no tengas freno. Es que cuando lo pisas, el coche ya se ha llevado tres conos por delante.
McGregor le pegó un puñetazo a un anciano en un bar de Dublín porque el hombre rechazó probar su whiskey. Eso no es un plan malvado. Eso es un impulso que llega, se ejecuta, y tres segundos después el cerebro dice "¿pero qué acabas de hacer?".
Y tú lo reconoces. Porque llevas años viviendo versiones más pequeñas de lo mismo. Portazos que no querías dar. Frases que no querías decir. Decisiones que tomaste en dos segundos y tardaste meses en reparar.
¿Por qué nadie te explicó esto antes?
Porque en el colegio, al niño que contesta mal se le castiga. No se le evalúa. Se le dice "eres maleducado" y se pasa al siguiente tema.
Y ese niño crece pensando que es mala persona. Que tiene un defecto de carácter. Que los demás pueden controlarse y él no, porque es peor que los demás.
No. Es que los demás tienen un freno de mano que funciona a tiempo. El tuyo funciona con tres segundos de delay. Y en tres segundos pasan muchas cosas.
La diferencia entre tomar decisiones impulsivas y ser una mala persona es abismal. Pero nadie te la enseña. Te la tienes que descubrir solo, normalmente después de años de sentirte culpable por reacciones que no elegiste.
¿Cómo gestionas un cerebro sin freno sin un octágono?
McGregor tiene un octágono. Una jaula literal donde su impulsividad es una ventaja competitiva. Los reflejos sin filtro que fuera son un desastre, dentro le ganan peleas.
Tú no tienes un octágono. Pero necesitas algo equivalente.
Primero: reconoce la señal. La impulsividad tiene un patrón físico. Calor en el pecho. Tensión en la mandíbula. Aceleración del pulso. Tu cuerpo te avisa antes de que tu boca actúe. El problema es que nunca te han enseñado a escuchar esa señal porque te han dicho que el problema era tu carácter, no tu neurología.
Segundo: crea espacio. No necesitas meditar treinta minutos. Necesitas tres segundos. Literalmente tres. El tiempo que tu freno de mano necesita para activarse. Beber agua. Respirar. Contar hasta cinco. Levantarte. Cualquier microacción que ponga distancia entre el impulso y la acción.
Tercero: deja de castigarte después. El arrepentimiento constante no es productivo. Si ya sabes que eres impulsivo, deja de tratarlo como un fallo moral y empieza a tratarlo como lo que es: una característica de tu cerebro que puedes gestionar, no eliminar.
Muchos deportistas con cerebros extremos han aprendido a canalizar su impulsividad en entornos donde funciona. McGregor dentro de la jaula. Phelps en la piscina. Bolt en la pista. El truco no es matar el impulso. Es elegir dónde soltarlo.
No eres McGregor. Pero tu cerebro hace lo mismo
No necesitas pelear en la UFC para entender lo que es vivir con un cerebro que actúa antes de pensar. Lo vives cada día. En cada discusión que escaló sin querer. En cada compra que no necesitabas. En cada palabra que salió dos segundos antes de que pudieras frenarla.
Y lo peor no es el impulso. Lo peor es la historia que te cuentas después. "Soy agresivo." "Soy tóxico." "Soy insoportable."
No. Eres impulsivo. Y eso se gestiona. No se cura, pero se gestiona. Con estrategias, con entorno, con entender de una vez por qué tu cerebro hace lo que hace.
McGregor probablemente nunca sepa que su cerebro funciona así. Tiene dinero suficiente para que sus impulsos sean "excentricidades de famoso" en vez de problemas reales. Tú no tienes ese lujo. Pero tienes algo mejor: la posibilidad de entender qué pasa dentro de tu cabeza y dejar de tratarte como si fueras un desastre humano.
Porque no lo eres. Eres una persona con un cerebro rápido y un freno lento. Y cuando entiendes eso, todo cambia.
Si llevas años pensando que eres "demasiado intenso", "demasiado reactivo" o que "siempre la lías", puede que tu cerebro simplemente funcione a otra velocidad. Entender cómo es el primer paso para dejar de culparte.
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