¿Tenía Fernando Alonso TDAH? La obsesión competitiva que no se apaga
44 años, sigue en la parrilla de F1. No se ha retirado. No puede. Karting desde los 3, memoria fotográfica de circuitos, incapacidad total de aceptar.
Fernando Alonso tiene 44 años y sigue compitiendo en Fórmula 1.
No en un campeonato de veteranos. No en un circuito de los domingos con coches antiguos y anécdotas. En la parrilla real, contra pilotos que nacieron cuando él ya era campeón del mundo. Contra chavales que ni se acordaban de él cuando empezaron a ver carreras.
Y ahí está. Sacando rendimiento de un coche que no merece el podio que él le arranca.
¿Por qué no se retira alguien que ya tiene todo lo que puede ganar?
Dos mundiales. El piloto más joven en ganar el campeonato cuando lo logró en 2005. Ha conducido para Ferrari, McLaren, Alpine. Ha corrido las 24 Horas de Le Mans y las ha ganado. Ha intentado las 500 Millas de Indianápolis. Ha competido en casi todo lo que existe con cuatro ruedas y un motor.
¿Qué le falta? La respuesta lógica es: nada.
La respuesta real es que la lógica no tiene nada que ver con esto.
Se retiró en 2018. Lo anunció con calma, con discurso preparado, con cara de hombre que ha tomado una decisión meditada. Y volvió en 2021. Sin hacer mucho ruido. Como si nunca se hubiera ido. Como si el cerebro hubiera aguantado dos años mirando el techo y hubiera dicho: vale, se acabó el experimento del retiro, volvemos al trabajo.
Eso no es una decisión racional de gestión de carrera. Eso es un cerebro que no acepta el off.
La memoria que no necesita GPS
Hay un detalle sobre Alonso que los ingenieros de los equipos para los que ha pilotado mencionan una y otra vez.
Puede reconstruir, vuelta a vuelta, exactamente qué pasó en una carrera de hace quince años. No a grandes rasgos. Con precisión. Qué frenada fue mal en la curva tres, qué comportamiento tenía el coche en el sector dos, qué temperatura había ese día y cómo afectó a los neumáticos.
Los ingenieros tienen telemetría. Tienen datos. Tienen vídeos.
Alonso tiene la carrera grabada en la cabeza como si la hubiera conducido ayer.
Eso es una memoria fotográfica aplicada a sistemas complejos. No recuerda listas de nombres o fechas de cumpleaños. Recuerda circuitos. Recuerda el comportamiento de los coches. Recuerda variables técnicas con una precisión que sus propios ingenieros a veces no tienen.
¿Y sabes cuál es el truco de ese tipo de memoria? Que no lo controlas. No decides recordar con ese nivel de detalle. Simplemente lo recuerdas porque tu cerebro capturó cada dato en tiempo real porque estaba absolutamente presente, absolutamente enfocado, absolutamente dentro de eso que le importaba.
Es hiperfoco. Pero aplicado a todo lo que tiene que ver con pilotar un coche.
¿Qué pasa cuando Fernando Alonso pierde al pádel?
Mal asunto.
Los que le conocen lo cuentan con esa mezcla de admiración y miedo que tienen los que han visto a alguien perder la compostura por algo que debería ser intrascendente. No acepta perder. En ningún sitio. En ningún deporte. En ninguna competición, por informal que sea.
Esto tiene un nombre: dificultad para regular la respuesta emocional ante la frustración.
Que en lenguaje de la calle significa que el cerebro tarda más en procesar que ha perdido y en mandarte la señal de que ya está, que esto era un partido amistoso, que no importa, que nos vamos a tomar algo y todos contentos.
Ese circuito de regulación emocional no está igual de bien conectado en todos los cerebros. Y en algunos, la señal de parar de importarle algo no llega nunca. O llega muy tarde. O no llega lo suficientemente fuerte.
No es mal perder por capricho. Es que el cerebro no tiene el interruptor de apagado para la competición igual de accesible que el resto de personas.
La obsesión técnica que sus mecánicos no olvidan
Alonso no es solo rápido. Es obsesivo con los detalles técnicos del coche.
Otros pilotos dicen qué sienten y dejan que los ingenieros traduzcan eso a datos. Alonso llega al box y te dice exactamente qué parámetro está mal, en qué punto del circuito, bajo qué condiciones. Los mecánicos que han trabajado con él cuentan que hay veces que ha llegado con una descripción del problema tan precisa que tardaban menos en encontrar el fallo que con la telemetría.
Eso no es talento. Bueno, sí es talento. Pero es un tipo específico de talento que necesita algo concreto para funcionar: atención extrema a los detalles durante periodos de alta intensidad. Un cerebro que en lugar de dispersarse bajo presión, se enfoca más.
Que es exactamente lo contrario de lo que hace un cerebro con TDAH en situaciones aburridas y cotidianas. Y exactamente lo que hace ese mismo cerebro cuando hay estimulación suficiente, cuando hay algo que le importa de verdad, cuando la adrenalina y la urgencia activan lo que el aburrimiento apaga.
En un coche de Fórmula 1, a 300 kilómetros por hora, con medio segundo de diferencia entre el podio y la zona de puntos, hay estimulación suficiente.
Fuera del coche, la historia puede ser otra.
Los múltiples proyectos de alguien que no puede estar quieto
Porque Alonso no solo pilota.
Tiene un equipo de eSports. Ha entrado en el mundo del ciclismo. Tiene un restaurante. Ha corrido en categorías completamente distintas a la F1 no porque lo necesitara para su carrera, sino porque un nuevo reto es un nuevo reto y su cerebro no sabe ignorarlos.
Las 500 Millas de Indianápolis las intentó en 2017, en plena temporada de F1, porque alguien le mencionó que podría ser interesante intentar ganar la Triple Corona del automovilismo y su cabeza no pudo dejar pasar la idea.
Spoiler: no ganó. Pero lo intentó. Y volvió a intentarlo en 2019.
Ese patrón, el de meterse en proyectos nuevos en paralelo, el de no poder ver un reto sin querer probarlo, el de tener varios frentes abiertos a la vez, es un patrón reconocible.
Como cuando Hamilton y Senna empujaban al límite hasta el punto de ruptura, hay algo en ciertos cerebros que no entiende de saturación. Que ve una nueva posibilidad y no puede no perseguirla.
El retiro que duró dos años
Volvamos al retiro de 2018, que es quizás la evidencia más clara de todo esto.
Alonso lo anunció. Lo explicó. Dijo que echaba en falta competir por victorias reales, que la F1 había dejado de ofrecerle esa posibilidad. Sonaba a decisión madura de un hombre que sabe cuándo ha terminado un ciclo.
Y entonces pasaron dos años.
Dos años en los que siguió en el mundo del motor. En los que corrió Le Mans, Indianápolis, el Dakar. En los que se mantuvo en forma como si fuera a volver. En los que nunca desconectó del todo.
Y volvió.
Nadie le obligó. Nadie le hizo una oferta que no pudiera rechazar. La F1 no había mejorado sustancialmente para él. Las opciones de luchar por el mundial no eran mucho mejores que en 2018.
Pero volvió.
Porque hay cerebros que necesitan la competición como otros necesitan el café por la mañana. No como motivación. Como regulación. Como la única forma en que el sistema funciona con normalidad.
Y estar dos años sin eso fue, probablemente, más difícil de lo que parecía desde fuera.
¿Disciplina extrema o un cerebro que no encuentra el freno?
Mira, Alonso tiene disciplina. Eso está claro. Lleva en el karting desde los 3 años. Tres años. Cuando la mayoría de los críos estamos intentando no caernos de la bici con ruedines.
Pero la disciplina sola no explica esto. La disciplina te permite hacer lo que tienes que hacer. No te genera una incapacidad de parar que te dura cuatro décadas.
Lo que explica esto, o al menos parte de esto, es un cerebro con un umbral de estimulación diferente. Un cerebro que en condiciones normales necesita más intensidad para funcionar a pleno rendimiento. Y que cuando encuentra esa intensidad, el freno se desconecta.
El mismo patrón que ves en Cristiano Ronaldo a los 40, optimizando cada variable de su cuerpo sin poder parar. El mismo patrón que aparece en el historial de deportistas famosos con TDAH cuando revisas sus carreras con lupa.
No es disciplina. La disciplina te dice que tienes que hacerlo.
Esto es diferente. Esto es no poder no hacerlo.
Lo que Alonso no ha dicho nunca
Alonso no tiene un diagnóstico público de TDAH. Que yo sepa, nunca ha hablado de eso.
Pero cuando miras el patrón completo, la cosa encaja demasiado bien para ignorarla.
Karting desde los 3 años porque en cuanto probó la velocidad no hubo manera de alejarlo. Memoria fotográfica de circuitos pero no de cosas que no le importan. Hiperfoco técnico brutal dentro del coche. Incapacidad de perder con calma en cualquier contexto. Múltiples proyectos en paralelo. Un retiro que duró dos años antes de que el cerebro dijera basta.
Especulado. Claro que es especulado. No tenemos acceso a su historial médico ni a sus pensamientos.
Pero los cerebros que funcionan así no son invisibles. Dejan rastro. Y el rastro de Alonso lleva décadas apuntando en la misma dirección.
Si reconoces algo en esto, si hay cosas que no puedes dejar de hacer aunque ya tengas todo hecho, si tu cerebro no encuentra el interruptor de apagado, puede que valga la pena entender por qué.
Identificar patrones en figuras públicas ayuda a normalizar el TDAH, pero no sustituye una evaluación profesional.
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