Tu familia piensa que juegas con el ordenador todo el día
Tu madre dice que juegas con el ordenador. Tu padre pregunta cuándo vas a buscar un trabajo de verdad. El precio invisible de emprender.
Cena familiar. Domingo. Todo bien hasta que alguien hace la pregunta.
"¿Y tú qué tal? ¿Sigues con lo del ordenador?"
Lo del ordenador. Así lo llaman. Como si tuvieras una afición curiosa y no un negocio que paga tu alquiler. "Lo del ordenador" es tu empresa, tus clientes, tus productos, tus noches sin dormir y tus mañanas de ansiedad. Pero para tu familia es "lo del ordenador".
Y sonríes. Porque explicarlo otra vez es más agotador que la propia cena.
El problema no es que no les importe. Es que no lo entienden.
Tu madre no está siendo mala. Tu tío no te está faltando al respeto a propósito. Es que no tienen un marco de referencia para lo que haces.
En su mundo, trabajar es ir a un sitio, fichar, hacer cosas, volver a casa. Hay un jefe, un horario, una nómina. Todo es tangible. Si les dices que has facturado 3.000 euros este mes vendiendo un curso online, su cara es la misma que si les dijeras que has encontrado petróleo en el balcón.
"¿Pero eso se puede? ¿Eso es legal? ¿Y quién te paga? ¿Y no te pueden estafar? ¿Y la Seguridad Social?"
No preguntan por curiosidad genuina. Preguntan porque necesitan clasificar lo que haces en alguna categoría que entiendan. Y como no encaja en ninguna, lo archivan en "cosas raras que hace mi hijo con el ordenador".
Las frases que te persiguen
"Cuando vas a buscar un trabajo de verdad." Esta es la clásica. La que te llega como un puñetazo suave pero constante. No duele mucho una vez. Duele a la centésima.
"Es que tú tienes suerte de no tener jefe." Claro. Suerte. Ojalá supieran que mi jefe soy yo y que es el más exigente, irracional e inestable que he tenido nunca.
"¿Pero te da para vivir?" Dicha con tono de preocupación genuina y ojos de "pobrecito mi hijo". Te da para vivir, para pagar impuestos, para ahorrar, pero la pregunta va a seguir viniendo porque facturar no es algo que entiendan si no ven una nómina.
"Tu primo se acaba de comprar un piso." Ah. El primo. El primo con su trabajo de funcionario, su hipoteca, su coche financiado y sus vacaciones en agosto. El primo es el benchmark. El éxito tangible que tu familia puede señalar y decir: "ves, eso sí es un trabajo".
Por qué duele más de lo que debería
Aquí hay un tema profundo que no se habla mucho.
Cuando emprendes, renuncias a la validación social que da un trabajo normal. Nadie te dice "buen trabajo" al final del día. No hay revisión de rendimiento. No hay compañeros que te palmeen la espalda. Tu validación viene de ti mismo, de tus números, de tus clientes.
Y entonces llegas a la cena de domingo esperando, aunque sea inconscientemente, algo de reconocimiento. Un "qué bien que te va" o un "estoy orgulloso". Y en vez de eso recibes "¿sigues con lo del ordenador?"
Para un cerebro TDAH esto es doblemente jodido. Porque ya de por sí tienes una relación complicada con la autoestima. El síndrome del impostor te dice que eres un fraude. Y encima tu familia, sin querer, le da la razón.
No la tiene. Pero tu cerebro se la compra.
Lo que aprendí a hacer (y lo que dejé de hacer)
Dejé de explicar. En serio. No es rendirse, es estrategia emocional.
Antes intentaba que entendieran. Les contaba las métricas, los proyectos, los clientes. Les mostraba la web. Les explicaba qué es un curso online, qué es una newsletter, qué es una automatización. Y veía sus ojos. Vidriosos. Amables pero vidriosos. Como cuando le explicas a alguien el fuera de juego y asiente sin saber de qué le hablas.
Ahora digo: "Me va bien. Estoy contento. ¿Más patatas?" Y cambio de tema.
¿Es triste? Un poco. Pero es mucho menos desgastante que intentar traducir tu vida a un idioma que no hablan. Y la energía que te ahorras la puedes poner en el negocio, que es donde realmente necesitas ponerla.
Lo que sí hago es tener gente que SÍ entiende. Otros emprendedores. Gente que sabe lo que es mandar una factura a las 11 de la noche o perder un cliente un viernes. Esa gente es tu tribu real. Tu familia te quiere, pero no te entiende. Tu tribu te entiende, aunque no te conozca de nada.
Y eso, cuando emprendes con TDAH, se siente el doble.
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